domingo, 1 de febrero de 2009

Luego de una noche en Asia

Sin duda era uno de los tipos más fríos con el que había estado luego de una noche sin culpa, y vaya que era apuesto, pero su carácter frío lo derretía como a una pared de nieve. Era una sensación húmeda y desapacible, pensaba que en cualquier momento, si no se movía y persistía en aprisionarlo, su compostura se iba a volver débil y acuosa, igual que el contenido de un vaso. Ella tosería al soltarse el agua de esa apariencia tan atractiva. ¿Qué le hizo acabar con él? No lo recordaba perfectamente; un baile, la primera en la pista, sus amigas buscando un trago, poca gente y ninguna más cerca que su alrededor; deseaba que sus amigas estén bien y que no le hayan puesto nada para aprovecharse de ella, posiblemente de todas. Se imaginaba que esa habitación con buen gusto era una fachada y que en realidad era prostíbulo de lujo con prostitutas costosas, únicamente accesibles a los inversionistas. El hombre que a su lado miraba sin parpadear el techo era una máquina, un producto automatizado de alguna escuela de primer nivel; seguramente, no comía, no rezaba, no iba al baño por no comer y su cuerpo se había adaptado a una limpieza automática; su único detalle era el sexo: hora tras hora trabajando con mujeres dispuestas a todo por escalar posiciones y él, impávido, resistiéndose a los trajes neutros y a la provocaciones. No hay nada mejor para eso que sistematizar el acto, volverlo disponible y a la entera disposición, igual que comprar algo, de ahí que se encuentre en una casa de putas. Por otro lado, no se estaba quejando, lo que era una señal clara de que mal no la había pasado... Quizá era sólo un departamento, quizá ella la pasó bien y terminaron como se termina cuando la pasas así. Todo era muy raro, era hora de marcharse.

Al ponerse de pie el hombre reaccionó de inmediato: le pidió que se quedara, le amaba mucho.

-Me tengo que ir, ¿qué hora es? Mis amigas me deben estar esperando, creo que no les dije nada... ¿cuál es tu nombre?

En los ojos descongelados se deslumbraba rastros tenues de humanidad; ella no lo notó.

- Bueno, qué más da, tal vez nos veremos luego, en otro lugar. Sabes, siento esto como la primera vez... No esa primera vez, no vayas a pensar mal... Hablo de conocernos, siento que apenas te conozco, o sea, que recién y cruzo unas palabras contigo; perdón, tal vez estuve muy beoda.
- ¿En verdad me vas a dejar? ¿No me amas?
- Sí... Me tengo que ir, lo otro, pues, no creo... No te conozco, lo siento si te hice entender mal.

Sus párpados desbordan lágrimas sin emitir sonidos, está de espaldas vistiéndose y no lo notan, sigue pensando que algo está mal. Un viento con sal le golpea hoscamente el perfil, haciendo que sus cabellos se separen y vayan a un solo lado; es el olor y el ruido del mar lo que que la sacan de ese encantamiento. Descubre que lo que se está poniendo son jirones de su ropa destruida, que hay un cangrejo dentro de sus sandalias sorteando las amarillas correas, que la decoración no existe y que las paredes están rotas y oscuras, que a su alrededor huele mal y que hay luz porque falta poco para mediodía, que tiene un dolor entre sus muslos ensangrentados, que le faltan sus cosas, que cerca de ella, tiradas en el suelo e inconscientes, están sus amigas, que un trozo del conjunto de casas construidas en el cerro le dicen que están cerca de una zona de playa; finalmente, nota el rostro de aquel hombre insensible en una foto en blanco y negro enmarcada en la pared. No cree en apariciones y piensa en la droga y en cuantas veces la pueden haber violado.

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