jueves, 29 de enero de 2009

Hoy te llamas Francisca

Ella estaba enamorada, eso nadie se lo podía negar; las veces que todos la hubieron visto flotando a su alrededor como una abeja por los escaparates de una pastelería lo afirmaban; ¿y eso desde cuándo? ¡Quién sabe! Uno no cuenta años cuando está realmente en la cárcel del amor... No hubiera podido negar lo difícil de estar al margen de su existencia más inmediata, la chica que solía cambiar cada febrero o diciembre, eso hasta que conoció al amor de su vida, con quien hubiera cumplido tres años sino se hubieran lastimado inútilmente aquella ambivalente noche. Eso fue terrible, y su sonrisa de perlas se quebró para vociferar su terrible condición de no ser amada por alguien que tenía modos disímiles de hacerlo... Después del pequeño escándalo, las miradas compasivas de los vestidos elegantes y los trajes serios de amigos que le consolaban, aunque en el fondo él no estaba mortificado por su ruptura más que por la sensación indescriptible de no sentir roto absolutamente nada de su cuerpo y su esencia siempre grácil... Al cabo de unas horas ella se encontraba en una nube y, al lado, su Zeus se distraía con una petaca con adornos en relieve que parecía estimar con sumo agrado. Cuando el lugar estaba casi vacío, ella permanecía a su lado, rompiendo de algún modo ese silencio que era alejarse y estar cerca de una persona a la que quieres. De pronto él arrojó lo que tenía en su mano y la jaló hasta su habitación; adentro la dejó sobre la cama, ligeramente borracha, para buscar un paquete comprado en la mañana, que era originalmente para su novia; estaba envuelto entre sábanas de papel blanquecino y con una pita con un nudo sencillo. Le alcanzó y le dijo que lo abra; adentro un albornoz azul y delicado se mostraba, por la situación, sin mayor encanto; le ordenó que desvistiera y lo usara. Al volver del baño, que por ser de una casa elegante estaba pulcro, su atuendo interactuaba con la luz mortecina de la lámpara de pared al costado de la puerta, dejando paso libre a los ojos de un amargado hacia un par de pechos morenos con areolas regularmente dilatadas y hacia un cuerpo esbelto y estimable. Se ordenó que descansara la mitad de su cuerpo en una mesa barnizada, donde un florero con margaritas permanecía; furioso arrojó las flores de un movimiento, el agua por el borde opuesto de la mesa aún caía; con la corbata en el hombro y el pantalón abajo, la camisa desabotonada, abusaba de la resistencia de su, hasta hace unas horas, mejor y secreta confidente. No obstante, ella no se quejaba, e incluso estaba feliz de alcanzar una imagen bizarra de su sueño. Él dijo unas palabras que ella en sus cavilaciones no pudo escuchar, entonces él la penetra más fuerte y reacciona: le pide que repita su nombre, ella lo hace, los puños se hunden en la carne blanca cada vez que ella lo repite y él la desaprueba. Finalmente grita que no se llama así, que su nombre es Francisca, su apellido es tal y su vida es la suya, le pertenece y, al parecer, no le importa, por eso la trata como basura, no la besa ni la excita, simplemente obra en un terreno árido... Las lágrimas no pueden empeorar en el instante que se repite entre dolor, desilusión y congoja que por solamente esa noche será Francisca, y, si todo sale bien, lo será por varias noches más.

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