sábado, 31 de enero de 2009

Estómago inflado

El conductor y el que le toma de la mano le gritan, agitados, de que aguante, que ya van a llegar; él grita y maldice todos los cielos que conoce, se arrepiente de la vida, como nunca. Un patrullero quiere detenerles, ellos alegan desde la ventana de su auto que si no se apuran su amigo morirá: el policía, al ver desde su lugar el estado del chico, se convence; como nunca. Son escoltados hasta la parte de emergencias, ahí los médicos le ven y saben que está en lo peor, que las opciones son pocas y que, felizmente, no arriesgan sus vidas. Luego de ponerlo en la camilla tratan de meterlo al hospital; el movimiento ha sido demasiado brusco y el tipo ha empezado a soltar los sonidos de perro, cuando éste es apaleado, junto a los balbuceos y a la saliva con sudor de su boca; la sangre bota lejos de sus labios y todos se alejan: dos enfermeros toman a los conocidos de la víctima y los cubren de la explosión estomacal de su compañero; no hace falta decir las diferencias entre el antes y el después del espectáculo. Un cuerpo frío, ya más tranquilo, permanece en la camilla, donde los demás buscan recuperar nervios y consciencia.