martes, 27 de enero de 2009

Ciruela pomposa

Un sol que no quema se cierne sobre los caminantes, absortos de tanta vegetación en el camino. La brisa fresca provenía de la cima blanca de la montaña, detrás del espacio silvestre por el que vacacionaban. La comitiva avanzaba risueña hacia la casa del duque, con el que debían conversar para poder aplicar un acuerdo mutuo entre sus propiedades. La mujer recordaba que antes había estado ahí, en invierno, y que el clima era tan desastroso que lo mejor fue la recepción de un hombre tan apuesto y dedicado; ay, si era cosa de verla suspirar cuando rememoraba en leves movimientos los bailes con él, capaces de simular o de competir con la elevación de algunas aves con penacho. En el portal, una variedad de árboles verdes y exuberantes ocultaba casi todo el sol de la mitad del camino para entrar a la residencia. Al cabo de un momento, una fruta de una tonalidad intensa descendió en las palmas de la risueña con dulzura, como si arrojar algo ya no fuera una cuestión vulgar, sino más bien un tema de diálogo divino... Acercó su mano y disfrutó del olor intenso de la ciruela, un olor que invitaba a la calma a pesar de ser silvestre. Al momento, el duque apareció y les hizo una filial reverencia, la cual contestaron todos con igual interés. Él no pudo evitar darse cuenta de la fruta que llevaba en su mano, así que preguntó sobre su procedencia. "Es de su jardín..."; "imposible, aquí no prenden las ciruelas".

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