lunes, 26 de enero de 2009

Aprendizaje

La vereda empolvada seguía cuesta arriba, pero nada más podía hacerlo seguir, su cuerpo se había vuelto el mayor obstáculo; cuesta abajo un anciano con el atuendo de la provincia descendía sin reclamo. Según lo que le habían dicho, era una sola casa en esa subida tan forzosa, por lo que pudo suponer que aquel hombre era el que buscaba. Se arrodilló contra él, aunque el otro siguió de largo, sin hacerle caso a quien no podía liberarse de las necesidades más simples, que son las físicas. No obstante, él era consciente de estar al límite del cuerpo y le dijo que esperaba en esa posición hasta que volviera del pueblo que estaba a medio día de camino. El hombre obedeció bajo el sol potente de las regiones asiáticas... Sin darse cuenta permaneció la noche entera en ese lugar, despierto, algo le había hecho pernoctar con los ojos abiertos por toda la noche, y no se dio cuenta de que el viejo había vuelto y que lo esperaba en su casa con un recipiente con sopa. La fuerza que lo tuvo así por horas mutó hacia las fuerzas que lo elevarían hasta un habitáculo de madera muy seca, extrañamente resistente al calor que freía la piel de los extraños. Cuando entró el viejo le alcanzó la sopa, él la bebió de un sorbo y fue feliz, dentro de sí la extraña sensación que tenía se iba desenvolviendo para ser una verdad personal e innegable; y así empezó a entender que su camino sería terrible, pero feliz.

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