sábado, 31 de enero de 2009

Estómago inflado

El conductor y el que le toma de la mano le gritan, agitados, de que aguante, que ya van a llegar; él grita y maldice todos los cielos que conoce, se arrepiente de la vida, como nunca. Un patrullero quiere detenerles, ellos alegan desde la ventana de su auto que si no se apuran su amigo morirá: el policía, al ver desde su lugar el estado del chico, se convence; como nunca. Son escoltados hasta la parte de emergencias, ahí los médicos le ven y saben que está en lo peor, que las opciones son pocas y que, felizmente, no arriesgan sus vidas. Luego de ponerlo en la camilla tratan de meterlo al hospital; el movimiento ha sido demasiado brusco y el tipo ha empezado a soltar los sonidos de perro, cuando éste es apaleado, junto a los balbuceos y a la saliva con sudor de su boca; la sangre bota lejos de sus labios y todos se alejan: dos enfermeros toman a los conocidos de la víctima y los cubren de la explosión estomacal de su compañero; no hace falta decir las diferencias entre el antes y el después del espectáculo. Un cuerpo frío, ya más tranquilo, permanece en la camilla, donde los demás buscan recuperar nervios y consciencia.

Truncando sueños

Uno nunca es buen fotógrafo, y su tesón siempre está a la mala, siempre en algún recodo, metido en el carro con el sol que te trata como a una salchicha. Hoy es una estrella, mañana será un marido y una esposa; marido es una palabra muy particular, ahora que caigo en la cuenta: no tiene una palabra equivalente que exprese lo femenino... Eso a diferencia de Kaede, vaya nombre, a pesar de ese vestido que le sienta tan bien camina como el ser más feliz de este mugroso orbe; bien ahí, con lo mal que la pasamos algunos.

No hay duda de que es una tramposa, solamente me faltan las fotos y acabo, un cheque y la privación de ese trasero que no alcanzaría a pagar ni con tres de los mismos cheques. Hombres, siempre listos a una cosa bonita y tan poco para entregar: ¿qué hace con un despensero? No debería desdeñar de su pericia, pues recuerdo aquel crucero griego y aquel mozo que se las arreglaba con un cinturón para disimular con la pierna... Tan popular ese camarero.

¿Ha pasado mucho tiempo? Mi reloj de pulso es un fracaso tan igual que yo, cuando cobre compraré uno nuevo; no me puedo dar el lujo de trabajar tiempo extra, por más satisfacciones que me alcance. Está feliz, pobre, no sabe la que la espera; su esposo va a matarla; oh, el Viejo Larry, ese tipo es una bestia, yo también lo sería si fuese el hijo negado de uno de los que manejan el gobierno; mañana veré en los periódicos el rostro desfigurado de la chica y me diré que ya no es tan lindo ese rostro, o tal vez lo diga por su vientre partido o por su piel arrugada, extraída del lago... Consolaré mi tedio con una justificación a un amor que sé que no existe, vaya tragedia si existiera...

Compran mucha ropa para una habitación, qué extraño; a pesar de eso, puedo asegurar que no planean fugarse, sería poco probable sin que hayan dicho algo. Sin embargo, ella lo sabe, puede que no sea tan tonta como me la pintan, y se va a la estación con mi cheque, mi prestigio y mis deseos: esto no lo puedo tolerar.


Se acerca a la caseta telefónica y llama al Viejo Larry, le suelta todo de improviso; promete que llegará.

viernes, 30 de enero de 2009

El espectador

-Ya, campeón, hagámoslo; tengo que levantarme temprano mañana.

Su pareja le da un par de manotazos a la parte que ha dejado descubierta el pantalón y se la lame; puesto de pie, se quita el calzoncillo y le saca de un jalón la prenda de su chica. Mientras, revisa de refilón el terreno donde soltará la carga. Calcetines afuera, se tumba y ella se lo para con la izquierda, le pasa la lengua, cuando está lo suficientemente dura, se encaja con ella; luego es silencio. Unos cinco minutos de silencio se caen y se rompen de la cama al momento en que ella le dice que le duele un poco el cuello; es ahí cuando sale como un relámpago de la cama y se coloca detrás suyo, la acerca y, ya dentro, se acomoda. Ahora el silencio no es el mismo, hay un ruido de pieles chocando que lo altera, al cabo de un rato la respiración es un resuello y el golpe de pieles, una batería de jazz repetitiva y sin descanso. Uno muge, o eso es lo que parece, la otra no dice nada, guarda silencio como si éste significara algo.

- ¿Puedo usar tu ducha?

No responde, se acomoda en su lugar y se relaja, mantiene su mente en blanco, despejada. Durante la caída del agua y la tos acuosa del tipo que parece de 40 años, ella duerme... Y una persona extraña la observa con obsesión desde afuera, por la ventana...

Un anónimo menos

Todos somos anónimos hasta que hacemos algo realmente bueno u horrible para que los demás se den cuenta de que pueden insistir con tus hábitos, tus costumbres y hasta con tus deseos para volverte lo que les plazca. Curiosamente, eso le pasó a un hombre como a nosotros, casi de la nada su mujer le pidió el divorcio, lo botaron del trabajo, le cerraron las puertas -cualquier semejanza con un experimento es pura coincidencia-, etc. Recordando el comportamiento de los animales se exaspera y agrede, pero este mundo está hecho para no hacerlo, por tanto eso no lo satisface, y lo repite una vez tras otra, intentando no dañarse, pues, normalmente, lo último es la autodestrucción. Un día la gente se da cuenta de aquel hombre, no se compadece del sentimiento que debería generar su situación, solamente se fijan de que se haya vuelto loco y haya arrojado a su hija por un puente con altura de cincuenta metros.

Impersonal

Olvidarse de referirse a sí mismo.
Ahí alguien clava esos ojos
que son esquirlas de sol reluctante
en su autarquía de celeste cubo.
Toda perfección nuestra no será un redondo
complejo, más lejano de paredes lisas
en conjunción matemática o arqueológica;
ese hueso no será más que un tonto hueso
enterrado bajo la arena
formando un albornoz que de noche se desquita
o desnuda a los pies de una calavera
circular y perfecta:
así es el mundo,
o por lo menos la perfección.

jueves, 29 de enero de 2009

Los monstruos

- Oye, ¿leíste los periódicos? ¿Qué hacemos?
- Nosotros nada, es cosa del ministro...
- Pero van a cortar cabezas, y no la del ministro, pues, seguramente seremos nosotros los degollados...
- Calma, no pasa nada, antes se friega él que nosotros; ni que fuera el primero...
- Está metido hasta las últimas... ¿Has visto que hasta el diario comprado por el gobierno exige su renuncia? Eso viene de la bancada, y es que no lo quieren, hermano...
- A nosotros siempre nos querrán.
- Bueno, sí, no les queda otra a esos maricones, ¿verdad?
- No pues, si eres político, agacha la cabeza y no jodas, carajo... ¡Ja, ja, ja!
- ¡Sí, pues, hablas con los dueños del Perú! Si no nos gustas, te vas mudando...
- ¡Aún te acuerdas de Gonzalo!
- Ja, ja, ja, ja, ja, ja; sí, pobre, aunque no se queja; total, lo mandamos a Suiza...
- Y con recomendaciones, no somos tan monstruos como nos pintamos.
- No, no. Hablaré con el imbécil a ver cómo quedamos.
- Ya, yo me voy con los mineros a ver qué quieres.
- Nos vemos.
- Sí.

Hoy te llamas Francisca

Ella estaba enamorada, eso nadie se lo podía negar; las veces que todos la hubieron visto flotando a su alrededor como una abeja por los escaparates de una pastelería lo afirmaban; ¿y eso desde cuándo? ¡Quién sabe! Uno no cuenta años cuando está realmente en la cárcel del amor... No hubiera podido negar lo difícil de estar al margen de su existencia más inmediata, la chica que solía cambiar cada febrero o diciembre, eso hasta que conoció al amor de su vida, con quien hubiera cumplido tres años sino se hubieran lastimado inútilmente aquella ambivalente noche. Eso fue terrible, y su sonrisa de perlas se quebró para vociferar su terrible condición de no ser amada por alguien que tenía modos disímiles de hacerlo... Después del pequeño escándalo, las miradas compasivas de los vestidos elegantes y los trajes serios de amigos que le consolaban, aunque en el fondo él no estaba mortificado por su ruptura más que por la sensación indescriptible de no sentir roto absolutamente nada de su cuerpo y su esencia siempre grácil... Al cabo de unas horas ella se encontraba en una nube y, al lado, su Zeus se distraía con una petaca con adornos en relieve que parecía estimar con sumo agrado. Cuando el lugar estaba casi vacío, ella permanecía a su lado, rompiendo de algún modo ese silencio que era alejarse y estar cerca de una persona a la que quieres. De pronto él arrojó lo que tenía en su mano y la jaló hasta su habitación; adentro la dejó sobre la cama, ligeramente borracha, para buscar un paquete comprado en la mañana, que era originalmente para su novia; estaba envuelto entre sábanas de papel blanquecino y con una pita con un nudo sencillo. Le alcanzó y le dijo que lo abra; adentro un albornoz azul y delicado se mostraba, por la situación, sin mayor encanto; le ordenó que desvistiera y lo usara. Al volver del baño, que por ser de una casa elegante estaba pulcro, su atuendo interactuaba con la luz mortecina de la lámpara de pared al costado de la puerta, dejando paso libre a los ojos de un amargado hacia un par de pechos morenos con areolas regularmente dilatadas y hacia un cuerpo esbelto y estimable. Se ordenó que descansara la mitad de su cuerpo en una mesa barnizada, donde un florero con margaritas permanecía; furioso arrojó las flores de un movimiento, el agua por el borde opuesto de la mesa aún caía; con la corbata en el hombro y el pantalón abajo, la camisa desabotonada, abusaba de la resistencia de su, hasta hace unas horas, mejor y secreta confidente. No obstante, ella no se quejaba, e incluso estaba feliz de alcanzar una imagen bizarra de su sueño. Él dijo unas palabras que ella en sus cavilaciones no pudo escuchar, entonces él la penetra más fuerte y reacciona: le pide que repita su nombre, ella lo hace, los puños se hunden en la carne blanca cada vez que ella lo repite y él la desaprueba. Finalmente grita que no se llama así, que su nombre es Francisca, su apellido es tal y su vida es la suya, le pertenece y, al parecer, no le importa, por eso la trata como basura, no la besa ni la excita, simplemente obra en un terreno árido... Las lágrimas no pueden empeorar en el instante que se repite entre dolor, desilusión y congoja que por solamente esa noche será Francisca, y, si todo sale bien, lo será por varias noches más.

miércoles, 28 de enero de 2009

Boquita pintada

- Bien, así, más abajo, mírame, mírame aquí, levanta la barbilla, eso, ahora dobla un poco la pierna, ponte sexy, sí, la boca... Me encanta... ¿Un descanso?

La modelo se incorpora y no dice nada, camina con el atuendo de gasa transparente hacia la mesa y abre una botella, está fresca el agua.

- Las fotos están buenas, no hará falta seguir con lo mismo, puedes cambiarte.

La modelo se va, aún sin decir nada, a un biombo que forman cuatro rectángulos y que apenas deja sus tacones a la vista de todos, aunque en ese lugar además de ellos no hay nadie. Presiona para que las fotos pasen por la pantalla del tamaño de una caja de fósforos; es muy guapa, piensa, lástima que deba ser profesional en el trabajo. Un atuendo de seda violeta transparente cae por error al piso que no cubre el biombo y una mano hermosa lo recoge y lo deja a un lado; esa misma mano se adelanta del límite que sugiere la madera y tantea el piso deshabitado, no es buena idea ponerse de rodillas.

- Qué pasa, ¿te falta algo?

Interrumpe el proceso para entender su cigarrillo cuando hace la pregunta, la cerilla es arrojada al suelo, consumida e inerte. Ve la prenda que los dedos blancos buscan perchada en el espaldar de una silla, junto a una carda. Tenida en su mano, se acerca, cada paso decidido y cuidadoso.

- Toma.

Como un rayo le sustrae la prenda. EL silencio es tan total que el ruido de los pasos es lo mismo; y de pronto ella sale con la prenda en la mano, preciosa, ufanándose de que no le merece esa tela.

Un acto de maldad

La madona dormida, y yo que no puedo encontrar a Onetti; hay que desvivirse por ella, no hay otra forma. ¿Qué tan seguida se da una oportunidad así? ¡Nunca! Ni a los padres de cualquier religión, ¡a ellos la imagen y después la nada! Mejor no grito, la despertaré, ¿y por qué yo? No hay que ser inteligente para darse cuenta que no soy una buena persona, a Dios gracias, y que no rezo ni disfruto de servir a mi prójimo cuando se sirve de mí; tal vez es posible pensar en que en el Paraíso tiene una libertad parecida a la nuestra, y que ésta, virgen y todo, anda por ahí como si todo esto fuera su casa. Si duerme, bien por mí, así tendré que saltarme lo más horrible de ser malo: la piedad del otro a punto de ser agredido. Al diablo con Onetti.

Después de unos minutos, el ser divino llora sobre la cama, ultrajado por un ser terrenal y limitado.

martes, 27 de enero de 2009

Sacrificio de intereses

- ¿Esta es la casa?
- Sí, no hay duda, aquí se oye más fuerte.
- Pobre perro.
- Si pudiera, a ellos les daría veneno.
- No creo que haga falta; el ruido no les molesta, es increíble.
- Así son los políticos: sordos para las quejas.
- Me rompe el corazón oírlo más, oírlos a todo cada vez que venimos a esto.
- Descuida, no podremos cambiar la ideología de la gente, pero al menos presionaremos en su presupuesto; de un par de perros más no pasan.
- Eso espero.

Tira con fuerza la bola de carne con el veneno; solamente piensa en que sea verdad que esos compuestos hacen que no sufra...

Soneto a los guarismos

También goza de la astrología
el caminar humilde, desalmado;
que si el fuego mantiene rotando,
haría mejor en parar la orgía:

la gula, el hambre y la codicia,
¿hace cuánto tiempo nos las mandaron?
Hoy cómodas ordenan de lo alto
sin cetro y con mucha más valía.

No se negará que en los gobiernos
se dejó de mandar por todo hombre,
ahora bien se busca en el cohecho...

Apretuja a ricos en el orbe
la gravedad de elefantes yermos,
uno a uno chupa hueco enorme...

Ciruela pomposa

Un sol que no quema se cierne sobre los caminantes, absortos de tanta vegetación en el camino. La brisa fresca provenía de la cima blanca de la montaña, detrás del espacio silvestre por el que vacacionaban. La comitiva avanzaba risueña hacia la casa del duque, con el que debían conversar para poder aplicar un acuerdo mutuo entre sus propiedades. La mujer recordaba que antes había estado ahí, en invierno, y que el clima era tan desastroso que lo mejor fue la recepción de un hombre tan apuesto y dedicado; ay, si era cosa de verla suspirar cuando rememoraba en leves movimientos los bailes con él, capaces de simular o de competir con la elevación de algunas aves con penacho. En el portal, una variedad de árboles verdes y exuberantes ocultaba casi todo el sol de la mitad del camino para entrar a la residencia. Al cabo de un momento, una fruta de una tonalidad intensa descendió en las palmas de la risueña con dulzura, como si arrojar algo ya no fuera una cuestión vulgar, sino más bien un tema de diálogo divino... Acercó su mano y disfrutó del olor intenso de la ciruela, un olor que invitaba a la calma a pesar de ser silvestre. Al momento, el duque apareció y les hizo una filial reverencia, la cual contestaron todos con igual interés. Él no pudo evitar darse cuenta de la fruta que llevaba en su mano, así que preguntó sobre su procedencia. "Es de su jardín..."; "imposible, aquí no prenden las ciruelas".

lunes, 26 de enero de 2009

Soneto al problema de ser un aficionado mercante

Ánimo de musas, falto de calle,
aun con este viento que atosiga
de tanta insistencia por la lira
sobran los ánimos de elevarte

al grado de estrella o almirante,
da igual, a saber que la corrida
siempre pide bajo la pleitesía
de soltar escarcha o tripulantes.

Y si al decir amor me enredo
tornaré el precio del metal lindo
en pago justo para mi provecho.

No seré docto culpable por listo,
pero habrá pan sobre mi lecho,
y aquello es siempre preferido.

Soneto a un futuro sin letras

Y luego de que escuchar con ojos
sea una costumbre perdida
podremos guardar entre la barriga
lo que a muchos pareció estorbo;

de ellos nadie extrañará tampoco
el peso útil para el que pisa,
esto siempre fue cosa merecida
por tener sobre tierra a los doctos,

tan fugitivos ellos en el mundo
que no busca otro oro en barro
que oro de joyería y de laya.

Es culpa del presente lo absurdo
por ser efecto crudo del pasado;
no importa, no da buen uso el habla.

Aprendizaje

La vereda empolvada seguía cuesta arriba, pero nada más podía hacerlo seguir, su cuerpo se había vuelto el mayor obstáculo; cuesta abajo un anciano con el atuendo de la provincia descendía sin reclamo. Según lo que le habían dicho, era una sola casa en esa subida tan forzosa, por lo que pudo suponer que aquel hombre era el que buscaba. Se arrodilló contra él, aunque el otro siguió de largo, sin hacerle caso a quien no podía liberarse de las necesidades más simples, que son las físicas. No obstante, él era consciente de estar al límite del cuerpo y le dijo que esperaba en esa posición hasta que volviera del pueblo que estaba a medio día de camino. El hombre obedeció bajo el sol potente de las regiones asiáticas... Sin darse cuenta permaneció la noche entera en ese lugar, despierto, algo le había hecho pernoctar con los ojos abiertos por toda la noche, y no se dio cuenta de que el viejo había vuelto y que lo esperaba en su casa con un recipiente con sopa. La fuerza que lo tuvo así por horas mutó hacia las fuerzas que lo elevarían hasta un habitáculo de madera muy seca, extrañamente resistente al calor que freía la piel de los extraños. Cuando entró el viejo le alcanzó la sopa, él la bebió de un sorbo y fue feliz, dentro de sí la extraña sensación que tenía se iba desenvolviendo para ser una verdad personal e innegable; y así empezó a entender que su camino sería terrible, pero feliz.

domingo, 25 de enero de 2009

Bla, bla, bla

Hueso truena
hueso cruje
dentro de las cabezas podridas
se arman sonidos blandos
y uno sólo quiere
dormir

Soneto al destino

Nací para solo y mendicante,
nací, ¿y qué se nos va a hacer?,
no se viene al mundo por querer,
tampoco se es para arrastrarse...

Unos dicen lo que a otros tañen,
¡cuánto idiota se apropia saber
que no corresponde con mala fe!,
o bien los errores conjuran parte...

A veces acezante se empapa
el mundo ideal de ideas cortas,
pues son tales dignas de toda maña;

¿Cuál es la razón entre estas notas
sino hacerme del mar en montaña?
Los que lo leyeron bien lo sondan.

El que la debe

Me alegra que vengas, estaba casi seguro de que no lo harías, ¿para qué? Bueno, supongo a que termine mi parte y podamos vivir tranquilos... Esa palabra, ¡tranquilidad!, muchas veces no la entiendo... Siéntate, no estés de pie como un espantapájaros. Se que no vuelves jamás, y me alegro, es tan triste volver al encierro cuando has salido; créeme, lo sé bien; antes mi caso no era tan malo, era un poco más vivo y más abierto, hasta toleraba al resto; tolerar... Ay... Nunca pensé meterte en esto, nunca fue en verdad mi culpa, esa es tu parte, lo entiendes, ¿verdad? Yo en todo momento fui para ti una casa abandonada que, de pie, contrastaba dinámicamente con mi rostro derruido. Tú fuiste un extraño que se atrevió a no seguir a los demás, a sortear inadvertido las preocupaciones que te soltaban en tu entorno; un gesto tan dulce y tonto de tu parte que no agradezco, sabes que llevo demasiadas culpas. A pesar de todo, tú pudiste salir, cual visitante en una correccional para menores; no te quedaste a ver la violencia del ambiente solo, pues tú, yo, no cuentas, eres un cero al dejar fluir el resto de cosas que te aprietan... Tendrías que saber o hacer de tu soledad una idea de cómo es hacer de ti una celda perpetua que te absorbe cuando sacas la cabeza para seguir el curso libre de esa recta luz blanquecina. Tendrías que saber lo que es vivir con una celda portátil. Aff, no importa, cuánto de todo esto ignoras, y lo harás toda la vida, mas no es importante, especialmente cuando debes irte de aquí y te haces tarde oyéndome sin decir una palabra o darme un gesto de compasión, o bien merecido, o bien necesario... ¿Trajiste el arma? Espero que hayas tenido especial cuidado con ella, no quiero que te echen la culpa de nada... Bien, tu silencio se parece a un policía corrupto dándole una golpiza a un drogadicto, que en este caso sería yo. ¡Hazte a un lado, maldición! ¿¡Ya!? ¡Bang!

Y cae el cuerpo de costado. El otro, que no se ha inmutado, suspira al saber el final del ese largo asunto y la paz que éste precede; toma el arma con un par de guantes de cocina, la mete en un sobre para documentos. Afuera sube a un vehículo que lo espera y se marchan; después de dar vueltas por la ciudad escogen un buzón y la dejan. Sabe que el vuelo parte a las nueve, es un poco tarde, aun así se alegra.

Topless

- Hace calor.
- Me estoy quemando.
- Se te van a freír las tetas, igual que los huevos en la sartén, o bien te da fibroma...
- Ay, cállate, aún estoy blanca...
- Deberías decirles a los que están frente a nosotros que se aparten; a mí me tapan la luz para leer; a ti, para tostarte...
- No sé, son tan lindos... Me hacen sentir superbién...
- Bueno, se derretirán con nosotros entonces...

sábado, 24 de enero de 2009

No sonnet

Un minuto de llanto y me retiro,
solamente eso para darme cuenta
que dejé de ser un hombre vivo
y que no volverá de esa puerta...

No volveré a ser un gran niño
que ignoraba todos sus problemas,
no tendré el verso gongorino
para hacerme un futuro de yedras.

Un llanto invisible y silencioso
junto a la voz distante, amiga,
pronto abandonará intento amoroso...

Mas es cruel que me haga herida
con el mismo puñal que ventajoso
clava en flanco débil de la vida.

La anécdota

- Marco, el hermano de mi mujer, supo de inmediato lo que estaba pasando y no dudo jamás en hacerse a un lado; a ella la mando para atrás, hacia la pared de ladrillos rojos, ¿usted ha notado que esos ladrillos casi no los venden? Ahora son todos de un anaranjado espantoso, ¡y eso que se veían muy nuevos! En fin, le decía que todos se habrían liberado la bragueta y estaban con el sexo colgando, no sé qué tan cierto lo sea, mas yo le creo a Marco, que es boxeador y no por eso mala persona. Él sabía que si se quedaba iba a estar en más desventaja, pues ya es bastante el asunto numérico, eso sin mencionar a mi esposa, ya usted se puede imaginar lo que le habría pasado... Al venir el primero actúo rápido: le dio una patada en las bolas que lo dejó tirado en el piso, a los demás les dio en toda cara, pienso que con ánimos de imaginar el recuerdo de sus mejores años en el circuito profesional; de todo eso resultó estirado, aun así le agradezco y le admiro.
- Vaya, mi estimado, sí que tuvo suerte, pero más la tuvo su esposa... No me ha dicho cómo todo eso había empezado.
- Eso, mi estimado Zavala, no lo sé muy bien. Cuando terminó de contármelo yo le pregunté de lo mismo; apenas dijo que él solamente pasaba...
- ¿Y su mujer?
- Ella se quedó callada, mirando a su hermano con una mezcla curiosa de complicidad y miedo. Presumo de que estaba por dentro mortificada, no es para menos, imagine que un hecho similar ocurra tantas veces...

El señor Zavala entorna los para ver si no está fingiendo, si en verdad es tan idiota como dicen, y al parecer no se da cuenta de lo evidente, que es su esposa la más querida de esa parte del pueblo...

Ya saben

Volaron temerosos por diez minutos, antes que uno de los motores fallara y cayeran en el fondo del lago; lo siguiente que supieron fue que una de las aeromozas les ordenaba avanzar hacia la cabina del piloto sin pensar siquiera en abrir las salidas de emergencia más a la mano. Mujeres, abogados, niños; todos notaron que estaba subiendo el agua, no obstante, guardaron el orden debido. Los de rescate del aeropuerto se encontraban a cien metros del lugar, desde donde podían ver cómo algunos se refugiaban en el ala derecha del avión que se hundía y elevaba su cabeza de metal. El piloto recorría al mismo tiempo el avión de cabo a rabo para asegurarse de no abandonar a las aguas heladas alguna posible víctima. Al concluir fue el último en escapar; no sabría que eso era el inicio de inacabables días de fama y reconocimiento hacia él.

viernes, 23 de enero de 2009

Colmillos

Entre sus luces y sus sombras entran los vampiros de la segunda venida, los primeros son polvo porque eso eres y en eso te convertirás, lo mismo repite el padre mientras bendice a sus hombres y a sus corderos: una madre que aprieta a su hija por si la debe matar, un ebrio que duda en sufrir por la necesidad de vivir o de un trago, un escritor, que es el único que lee a Donoso en ese pueblo ruso, etc. Los otros gastan en balas miserablemente, cual si éstas fueran minutos que soltaran de a montones al estar más acá de lo inminente; porque saben todos que eso es lo inminente, y que nadie sabrá que ellos les liberaron, si quitarle a alguien sus cadenas es alguna libertad.

El destino de la fecha

Cansado de decir que sueño
mi cuerpo se devasta
al ritmo de un diálogo milenario
entre cielo y montañas.

Mi corazón late cerrado
en un cofre que descansa
bajo la cabellera rubia
de ninfa, mujer y hada,

y nadie tiene candado
para las llaves rizadas,
pero en sueño iterativo
músculo y venas se sacan...

En la palma temblando
por una flecha dorada
exponen al fuego de sangre
como una sibilina estatua:

"inmóvil devora luz
se abre obscenamente roja
es la detestable perfección
de lo efímero
infesta la poesía
con su arcaico perfume"

No daga, sino arco
rompe peldaños de plata
y da en el rosado mármol
do perfora la calma.

¡Herido el sueño parco
se cierra de golpe la caja,
y un objeto de cristal
en derredor suyo llama.

La mano extendida

Me parece tan pasajero, no sé si por la mano extendida que sale de su batón negro o por su rostro bovino que da lástima. ¿Cómo acabé con alguien que hace eso? Es una pena que estas cosas pasen: alguien que es lastimero no debe terminar con alguien igual, sería como darle una palada más al agujero... ¿Espera que me quede? ¡Si ya la descubrí! Debió decirlo desde el primer momento, era su obligación y su compromiso y mi bienestar; ahora estamos idos al demonio que parece que ya ha interrumpido en este vulgar escenario... Pero no pensemos más; dejemos de dudar sobre el inminente rechazo de esa mano, de la foto en la que sale en playa como un sapo al lado del río, ¿A qué vienen las tetas de Lillih? Diablos, es terrible ser un hombre cuando encuentras a un ser vulnerado: inevitablemente, empieza la carrera por alcanzar el siguiente estrato en el descenso, y alguien llega a fallar, entonces ahí comienza la tragedia griega sin coro que consiste en despreciar a la persona que llegó primero al fondo del abismo oscuro; porque dos personas infelices no se pueden querer si no reciben su cuota de infelicidad mucho antes de intrincarse. Rechazo la mano empujándola al suelo, cae de espaldas, se mira la palma a un centímetro del rostro y no dice nada; eso me toca a mí, insultarla, verla arrugarse como un papel en un punto universal, hasta parece que uso sus codos para salir del precipicio que ahora es un tanque que protege de la luz de afuera; es probable que si salgo de ese tanque o de esta habitación terminaré entre las tetas de Lillih, no obstante, será el lugar al que de un principio debí haberme aproximado.

jueves, 22 de enero de 2009

Décima al intento de implantar la idea de esclavitud necios

Nunca fuimos diferentes
esclavos de los señores
como lo fueron dragones
de corderos elocuentes.
Parto de tal referente
por partir esa mentira,
hecha tan a la medida
como un jardín inglés
regado en cada mes.
Nos calzan hasta las tinas...

El final de un encuentro

Un hombre y una mujer, como todo el mundo, se besan en el camino apresurado hacia el departamento, por la escalera de emergencia del edificio. Acaban de conocerse y no les va nada mal;inmediatamente, sintió ella "eso" que tanto buscan las mujeres; él pensó que era guapa, algo más también. De cualquier modo fue para los dos una noche estupenda, y ni siquiera tenía luna. Sobre el cama -el recorrido fue rápido e intenso- él le preguntó si estaba segura; era un cuestionamiento poco usual en esas circunstancias, tal vez por eso ella dijo que sí, solamente para asegurarse. Riendo se preguntaron sus nombre:

- A ver: ¿cómo es que terminamos aquí y no sabemos ni llamarnos?- preguntó la chica más divertida que incrédula.
- Pues, cómo voy a saber... Será el destino...
- Sí, yo pienso lo mismo.

Guardaron silencio hasta besarse, luego se quitaron la ropa cada uno y las pusieron sobre las almohadas que dejaron a cada lado; empezaron con simples besos y quedaron en la mitad, cada uno estimulando al otro. Y todo hubiera terminado mejor para ella si no hubiera empezado esta parte del diálogo:

- No me la vayas a morder- dice feliz.
- ¿Por qué, no te gusta?
- Supongo que no estoy acostumbrado- le dice al mismo tiempo que la aprieta hacia él-; creo que prefiero morder a ser mordido.
- ¿Sí? ¿Y cómo muerdes?- pregunta mientras se apoya en los talones.
- Hmm, cómo decírtelo... ¿Has visto El silencio de los inocentes?

Uno más

A partir de ese momento entendió que no todos eran iguales; un momento que al fin y al cabo todos terminan por vivir... Como se sabe hay un pequeño dueño, instante poco ribeteado o definido que marca el paso de un futuro incierto de sufrida búsqueda de igualdad o de cómoda percepción de que seremos lo que fuimos. Él decidió alejarse de esa escena dando hacia atrás unos pasos, negando esa mirada de te-lo-dije cuando la razón de todo besa al mejor. Postreramente, viene el momento que corre, y al correr cree que avanza o que retrocede o que escapa del camino; sólo al detenerse logra dar con el punto neurálgico de su existencia: ¿cada quien tiene su lugar?

miércoles, 21 de enero de 2009

La marioneta

Con quince minutos y las piernas completamente separadas, el centro celeste y abultado por ser de algodón, el pliego de piel tersa descansando en ambas piernas sobre la banca fría de cemento del parque , una de las cuales soporta el codo aburrido de la cabeza que apoya, cuya mueca de desgano hace todo más evidente y menos sideral.

- ¿No se te atonja?, mira que de tanto mostrarla se va a enfriar.

El otro balbucea; en realidad le gustan las piernas, pensar en la cantidad de hombres que han estado sobre ellas le excita, también ungir con su lengua un poco de saliva... Un hombre pasa y les mira a los dos, desacelera para entender que todo eso es un juego y que ella probablemente terminará en la cama, todo sin placer; y avanza...

- Puedes tenerme aquí; a que eso nunca te lo ha dicho tu enamorada... No importa, ambos la conocemos, es una idiota; tal vez pase por aquí a la hora que salga de su academia, me encuentre y me odie por no hacerle caso a mi alma.
- Si eso pasa no importará, de todos modos ella no te interesa, yo tampoco.
- Tú a mí sí, y yo a ti también... Caramba, sin son ya tres años, ¿es que no piensas probar otro menú?

No dice nada, sabe que en cualquier momento cederá y le romperá la promesa que le hizo a su novia, a la que le desea bien, pero a la que no es capaz de defender más allá de una cansina resistencia para no terminar en la cama. Y eso le hace mal, le susurra que en el fondo no la quiere tanto, basta con que se vea tan dispuesto...

- Bien, cómo quieras...

Cierra sus piernas y se acomoda la minifalda, ajusta como una marioneta su cuerpo esbelto de labor ebanista; le da una mirada sincera que dice te quiero, nada más, sólo sexo, y del resto ni te preocupes. Sin dejarla proseguir con su pésima oratoria de chica mala acerca su boca a su ombligo, lo besa, sin la primera resistencia mueve tiernamente sus dedos.

Pagoda

Cuando su esposa murió decidió levantar una pagoda en su nombre;para eso tomó todo lo que estaba a la mano: muebles, ropa, pedazos de la casa, el suelo del mes y los ahorros de casi tres años. Los que le conocían fueron claros: estaba demente. Aun así fueron tolerantes con ese luto tan extraño y con la estructura de metro y medio de ancho y de cuatro metros de altura; sin embargo, nunca se convencieron por el estilo japonés que el hombre le daba, más si su esposa nunca fue japonesa o china.

Cierta mañana llegó un hombre de la alcaldía a exigirle los pliegos de la construcción; él le dijo que no los tenía; sutilmente el hombre el comentó que podía ir a la cárcel. "Muy bien, pero ahora déjeme terminar"; sin duda estaba loco. Al otro día un par de policías acompañaron al burócrata hasta la casa, o lo que había dejado de ella. No encontraron al hombre, pero sagazmente notaron que la estructura era completa y definitiva y que la escalera estaba arrimada a la parte más fresca de los ladrillo -casi toda la estructura era una base hecha con madera mezclada de diversos agregados que la hacían compacta y sólida; el resto era una estructura prieta de material noble-, al lado, sobre una tabla puesta en el borde, los materiales se secaban. Lo primero que pensaron fue en la huida, así que llamaron refuerzos y recorrieron la zona en vano, sin éxito. Cuando volvieron a la casa ya era la tarde, fueron a buscar información sobre un posible viaje al extranjero. El burócrata, que por acción de otros burócratas permaneció ahí, reflexionó sobre lo inútil que era construir una cosa así en balde; al cabo de un instante lo entendió: avisó a los presentes que subieran y destruyeran la estructura fresca, la cual cayó a pedazos de un par de golpes con el martillo. Adentro un esposo trastornado abrazaba por igual una botella de vino y una foto ampliada de su esposa en blanco y negro.

martes, 20 de enero de 2009

Nadie le quiere

El catedrático les indica la fecha del examen final, un viernes de las dos últimas semanas; les dice que se preparen cuando estos ya están de pie y echando las mochilas al hombro; les dice que se esperen y señala el tomo que ha traído y que ha usado en toda la clase. Luego el reclamo es obligatorio al oír que deben presentar un informe de las setecientas páginas del mencionado tomo; el profesor se decide a dejar que escandalicen y hablen, se va durante todo eso. Por el pasillo oye que alguien, uno de los desafortunados, quiere matarle.

Décima al robo

Se llevaron de la casa
los muebles, el oro, esposa
-tal vez ella se fue sola
y aquí todos la cantan
creyendo hacerla cara-;
no dejaron ni la llave
puesta entre su anclaje.
Se nota que piedad urge
en los que más portan, rugen,
si se roban hasta el traje...

El cuento de la pelusa imaginada...

Era el tipo que siempre le hacía recordar la similitud de los nombres el que golpeaba con insistencia para que le abran, pero él no le iba a abrir, mucho menos con una manzana en la boca y con un día nublado.

- Ábreme, tengo que huir -le decía el siempre forastero.
- Vete ya, no voy a abrirte la puerta; sé un infeliz bajo la lluvia.

El hombre comienza a golpear la puerta, y para cuando lo amenazan con la policía. Resignado trata de subir por la pared que conecta a la casa con el estacionamiento, pues la pared es más baja en ese extremo. Al salir a la vista su medio cuerpo el otro le dice que basta.

- Por favor.
- ¿Y a qué se debe que tenga que ser yo?
- Es que tú no estás loco, y tú no me crees; nadie lo hace, pero ahora es diferente -traga saliva y empuja más su cuerpo, se mantiene en el borde por su regazo-. Ahora yo quiero creer que de verdad estoy loco; mi locura debe evolucionar...
- ¿Yo qué tengo que ver contigo?
- Eres una buena persona.
- ¿Y?
- Las buenas personas tienen que ver con todos.
- Está bien, dime lo que está pasando.
- Me persiguen...¡Espera! No me refiero a un humano, ¡tampoco un animal! Lo he visto, es blanco, pequeño y conciso, ¡pero no es un animal! No tiene pies, no tiene tampoco forma...
- Fuera.
- ¡No, no espera, digo la verdad! Hace dos días que me sigue, no sé si antes; me di cuenta hace dos días al pasar por un edificio del centro, vi su reflejo en los vidrios de la entrada... ¡Piedad, debes creerme!
- ¡Debo creerte por una pelusa!
- ¡Es más que una pelusa! Luego vi que me seguía, ¡aun estando el viento en contra! ¿Sabes de una pelusa que vaya contra el viento?
- Boberías; es lo más ridículo que he escuchado.

Se disponía a bajar para hacer compañía al porfiado; posiblemente el tiempo le haría comprender y lograría calmarse a sí mismo para que entienda. ¿Qué era lo que le seguía? ¿La sombra mortal de su pasado? ¿Algún deudo extraído del inframundo? No lo entendía.

- Será mejor que te vaya por otro lado, no te pienso permitir estar en mi casa, ya me hiciste perder el tiempo.
- Debes ayudarme.
- Lo haré cuando necesites ayuda; a tus conflictos internos no puedo darles una solución; ve a tu psiquiatra.

Ambos estiran desde los ojos una piadosa mirada que se rompe al momento en que interrumpe por el borde la pared una maraña de hilos blancos del tamaño de un puño, rodando en constante velocidad hasta el regazo del loco que finge guardar el equilibrio y ser un gato; claro que él no lo nota. El otro se queda estupefacto al ver cómo esa bola de desechos se introduce por el ombligo del señor al que conoce en verdad muy poco; el otro sigue hablando como si no se fuese a dar cuenta nunca de lo que ha invadido su organismo o de la expresión de algo que se ha destrozado durante el roce de lo imaginado con lo real de la casa del que considera su amigo, pese a no conocerlo.

- ¿Por qué me miras así?- pregunta curioso el loco, ya más calmado.
- Es que...- murmura el hombre que no sabe el porqué de su murmullo.

lunes, 19 de enero de 2009

Soneto a las solteronas

Suéltale el ramo en plena boda
y verás cómo nos chilla y mata
por tener a los pétalos por carta
que su ilusión maternal aboga.

Luego se mostrará con todos, todas,
felicidad que pronto la rebaja,
mas serán buenos con la engañada
si de probarla, muerden de su torta...

Si no casamiento, al menos puta,
la idea es que no sobre carne
para los claustros donde rezan horas,

siendo rezar el pan que se mendruga;
por piedad no molestes los anillos:
¿acaso de pasar el dedo ignoras?

Sorpresas excéntricas

Sudaba frente al fondo negro de la boca del lobo de plástico superlativa; atrás el tipo de blanco le obligaba a saltar, prometiéndole cartas de amor en rituales poco sagrados. Lo que era verdad fue ese nervio de saber la incertidumbre, estar casi seguro de lo que hay atrás, pero no pensarlo por ser algo demasiado evidente para que ocurra. Fuera de lo que es esto está la herramienta bañada en oro del gran hombre con pantalones blancos, ligeramente cremas; y la pinta de Jack Nicholson cuando era joven diciendo amorcito, si te vas a quedar ahí toda la noche, avísame cuando armar la cama; después pega un tiro que pasa por el costado, el cigarro se queda prendido frente a sus zapatos negros. Vuévete ya, cobarde. El que suda se estira para saltar, lo hace, se da cuenta que es un ducto con algo resbaladizo manteniendo el primer impulso. Sale a la luz, es una fiesta; algunos de sus conocidos temen que no haya sido una buena idea lo del secuestro y no se animan a partir a su lado; su padre le toma sin darse cuenta, lo desata. Ya eres un hombre, le dice, y él llora de pura vergüenza.

domingo, 18 de enero de 2009

Habla popular

- Tuvo que ser un tedioso matrimonio, la verdad no la sé. En todo el resto era normal, un tipo como cualquier tipo, pero en lo otro se desquitaba, no voy a negar que brusco; y luego fue peor, si me necesitaba prácticamente en todo momento, y yo que traté de andar cerca para cualquier emergencia, pero no pude, uf, él sabe que no.
- ¿Cómo termino todo?
- Terminó en que no ha acabado, o bueno, eso espero: según estoy informada me divido el trabajo con otras, algo que me ofende y que me da alivio, más esto último. Supongo que tengo que compartir...
- Algo que no te pertenece.
- Que no pertenece a nadie; vamos, que es un matrimonio, no una condena. Todo contrato tiene vacíos legales, habría que agregar también maritales...
- Ir de agujero en agujero es tentar a estarte presa...
- Sí, no pasa nada; como te dije, es un amor tedioso, usé el plural para remarcar que los dos hacen lo mismo. ¿Se notaba?
- No.
- Bueno.

El vaso de agua

Un trozo devastado y largo de agua
ha venido al fondo del círculo metálico
para irse a lo que en mi sed deseo:
una necesidad que tiene forma de nada
cuando pone tan serio mi pesar
por el mundo vivido.
Vivir en el mundo que desprende
sin prisa los retazos
puestos que se llevan
a todas partes donde miren
o estén aburridamente interesados
en un punto débil de la mascara,
siendo ésta lo que humanamente a diario nos ponemos.
Y yo apenas con mi vaso de agua
rechazo al sudor que me libera
tan lentamente, como la lucha de una hormiga
con otro ser humano.
La devastación por la devastación constante:
así de ridículo es el arte de la guerra,
aunque nosotros nacemos devastados
por la forma circular de lo que somos.

Sordidez

La sordidez no existe, es algo inventado por los humanos para justificarse, poner un nombre a eso que les confunde, darle, como a todo, un nombre. Después es la justificación, la mirada que trata de ser la ajena, que mira desde el cerco lo que ha hecho como si en verdad no lo hubiera hecho; es cómica la manera de justificar el significado de lo que confunde, lo que trata de justificar por la tangente, donde evita las piedras negras por no confundirse, posiblemente convencerse, de que va entre las aguas. La fobia que da el agua se confunde con la fobia de conocerse mientras anda por ese camino lúgubre que justifica bajo la ilusión creada de desarraigo. No pertenecer a lo que se explica es ignorar lo se trata; actuar no es vano, y ese ovillo en el que estamos enredados todos se materializa por momentos, paso con paso entre la risa que se burla del otro, del conejillo de indias al que le arrojamos muestras ropas para burlarnos de lo que en lo profundo somos nosotros mismo. Así que no te fíes de la risa, que últimamente es una buena capa para los idiotas, esos que vanamente se quitan los zapatos creyendo en su avance por un terreno que sigue siendo suyos.

La pelea clandestina

Su respiración intermitente se empaña con el barullo de los japoneses que observan como simios, billetes en mano, detrás de las dos pitas amarradas a los seis palos de la arena; arena húmeda por el sudor y la sangre de los otros contrincantes, que ahora deben estar detrás, en el almacén, inconscientes de las patadas en el pecho. En el lado derecho está el yakuza correspondiente, sentado en una silla de caoba con las patas curvadas; dos chicas con atuendos ceñidos le miman al momento de ver el juego. El otro pierde un diente, la boca enfila en un delgado camino rojo y espeso. Los apostadores se animan a levantar los números, creen que podrá aguantar hasta el final. Sin embargo, la cosa se pone más seria: alguien lanza tres cuchillos que dan a los pies de cada uno, nadie de los observadores se queja. El otro toma dos y adopta un comportamiento insidioso; lo mismo pasa con su contrario, aunque éste se ve más tranquilo. Trata de romper su defensa con una estocada, luego deja caer la muñeca lateralmente; el otro se defiende con un molinete del primer ataque y con un paso hacia atrás del otro; sujeta la mano rechazada y se impulsa jalando de ella; el enemigo pierde la libertad de equilibrio, su futuro ha terminado, un golpe certero en la nuca desde el lado izquierdo le termina en el acto; cae como un costal de huesos. La multitud de ojos rasgados salta de alegría, que cubre algunos insultos de malos perdedores. El mandamás se levanta y, formalmente, le apaña con un manto entregado hace uno minutos; es de hilo de oro sobre un fondo blanco, decorado con alusiones al dragón. Las dos chicas lo flanquean y le elevan los brazos; se lo llevan antes de que caiga por el agotamiento.

sábado, 17 de enero de 2009

Una mujer y su honor

- No vamos a hablarlo, ¿me entiendes?
- Sí, pero... Nos vemos todos los días, tenemos que decirnos algo.
- Yo te diré: tengo esposa, una hija, ¿qué esperabas?

La policía agacha la cabeza, mira sus piernas, el uniforme verde, color de hijas podridas, del que tanto se burlan y al que nadie respeta. Él mira al frente, como si hiciese más que ignorarla, ver algo que en realidad no está afuera. Maldito.

- A todas las patrullas, unos asaltantes se dirigen por Las Mironas en una camioneta cuatro por cuatro, color guinda y con lunas polarizadas; atención...
- Estamos cerca, vamos.

Arrancan y doblan por la avenida, el cruce con Angamos está con un espacio despejado, ellos le aprovechan, la sirena es necesaria para que los conductores les dejen el paso. A unos setenta metros ven la camioneta cruzar por la zona oeste de la urbanización Las Calaveras; son felices, saben que todo es de un solo sentido. Estacionan el auto en medio, se parapetan tras las puertas metálicas, esperan.

- Tú dale con el fuego nomás, cuidado, recuerda al niño...

Estas palabras rompen la poca mente de la mujer armada. Los malhechores se cruzan entre los disparos de ambos por un momento, un pequeño choque y se hacen un espacio; la culpa de la huida es de él. Al alejarse ella los mira como si estuvieran ahí, tal vez en su mente se detuvieron y la están matando con las balas, a ella y a su compañero con el cráneo esparcido en el piso; pero bien sabe que eso lo hizo ella.

La luz de la ciencia

Para empezar su ciencia le hacía falta una taza de café con cerveza y el periódico; la hora sería siempre la apurada y los titulares serían los cruentos, los mismos. Para entender al mal no hace falta más que leer la primera hoja, la sección de política, por entendibles razones mal llamada... Un mensaje para el viejo profesor huraño y hosco que nunca devuelve los mensajes, pero que sí los lee; y todo a iniciar, la incorregible iniciación, siempre traumática, semejante a la del niño que es llevado a rastras por su padre a un prostíbulo, donde se sacará el pantalón y tendrá que hacerse hombre con sífilis y a la mala. Pero olvida todo eso y vuelve a sus microscópios, a un simple o complejo mundo, depende de cómo lo miren, con el que trata, en que criaturas pequeñísimas muestran a escala el gran mundo del que estamos imbuidos. Ulteriormente, pasada la media hora, nota que algo le falta a su inspiración que ese día no es genial. Deja sus experimentos y regresa a hacer todo de nuevo, o mejor dicho a revisar lo que le falta: nada. Consternado se pone en un taburete y adopta la posición pensante, le sorprende darse cuenta en ese momento de lo linda que está la alfombra que mandó a colocar hace tantas semanas; en cambio, el día nublado le sentó atrozmente. Impulsado por una ligera desesperación, se vio contra la pared sur de la biblioteca, la zona de cuentarios y bibliografías copiosas a las que aborrecía en sus mejores años. En un instante se desmayó, al parecer por una luz que saltó hacia impactar con él de cierto flanco... Su situación era normal, y como si jamás hubiera pasado nada, volvió a su trabajo, seguro de que para trascender en el mundo no le faltaba ni sobraba nada.

viernes, 16 de enero de 2009

La segunda invención

Un hombre cree que si sólo piensa en un mundo podrá crearlo; es consciente de Dios, y le apena ir más allá de sus límites, pero estos lo sueltan: El Todopoderoso es grande y benévolo, además no cree que su creación sea la más completa. El hombre piensa en un poblado pequeño, sin hambruna, fácilmente alimentado por unas migas de algún lugar. La cuenca de su mano le hace de lugar perfecto para su creación: en un primero intento crea las condiciones necesarias, a la segunda, no a la séptima, crea una población de seres muy parecidos a nosotros, los humanos; le asombra la capacidad de ver que tiene, y no disminuye su malestar por haber sido ayudado... Al pasar un tiempo el Altísimo nota la superioridad de aquella raza en contra de su creación; en cuestión de días han igualado a la especie actual y planean emigrarse a otros poblados, lo sabe porque indirectamente son su creación. Esto lo contrae y, en su infinita sabiduría, los condena a muerte; planeado esto los seres mueren, el hombre, que sabe que ha muerto su creación por gracia divina, no se contienen en sus negativas hacia Dios, el que se haya meditando en sus acciones. Al no ser correspondido en el mundo físico, pasa al mundo espiritual, donde es alejado del Señor por los arcángeles con espadas bruñidas.

Fuegos y fuegos

La mirada torva del tracio
para un espacio de tierra
en donde descanse cuerpo
de nubio entre escamas
de red oscura, poderosa.

Una llamada de otra parte
para desconocer a todos
los que siguen en el juego
de los cigarros prendidos
en las bocas pálidas
o de los coliseos romanos
que arden sin velario
como antorcha de sol.

Vuelve a ser como antes
el mundo quieto y fasto
de la canción poderosa
entre los sosegados
por tanta locura dada
bajo lo que no espera nada
sobre escasos astros
que ya no nos alumbran
ni nos orientan.

jueves, 15 de enero de 2009

No helado

Hormigas voladoras
se estrellan
como perdidos kamikazes
en mi figura
en una calma turbia
bajo el recto movimiento
de mi plástico sentido
diciendo que está mal
que mantenga la calma
al ver la inmensa altura
que se resulta peligrosa
cuando estoy en su borde
de su tentación,
tal vez desafiando
esas cosas que de vivo
se desatan
para acercarnos a lo muerto,
tal vez estando cerca
de un final
que en otra circunstancia
no temeré
ni comentaré
cuando no tenga nada que decir
y la vida me obligue.

Diálogo sin magia

- No podemos empezar con esto, si vamos a ser novios debemos hacer que el momento tenga algo de trascendental; con eso te quiero decir que no pretendo todo, simplemente algo.
- Pues a pesar de eso es algo, y no podemos ignorarlo. Te puedo prometer que estoy de acuerdo contigo y que haré lo posible, pero no sería decir algo verdadero: sabes que yo no haría eso por ti.
- Es un inconveniente.
- He leído esa palabra mucho en estos días.
- Entonces, ¿qué hacemos? ¿Dejamos que todo se muera antes de empezar?
- No, simplemente no hay que buscar lo trascendental, al fin y al cabo es una búsqueda un tanto inútil, ¿o crees que la mayoría de gente hace lo trascendental?

La verdad, señora

Uno de esos desinteresados jóvenes, uno de tantos que pululan en la lamentable juventud de estos tiempos, camina hacia unas cabinas de Internet; la razón se debe a la falta de electricidad de su casa. En el camino tiritan sus hebillas desplegadas de su viejo calzado -nueve años con los mismos cueros-, aporrean en cada movimiento contra el hormigón de la calle, y por alguna razón importante esto llama la atención de toda la gente civil y pulcra que mira con cierta lástima al joven que no quiere terminar igual de cuadrado que ellos. De pronto, a una pequeña cuadra, una señora enorme, sentada con sus niños en el borde de la pista, le ve, sostenidamente, en su pausado acercamiento. Los niños, como buenos hijos, la imitan, y ella dice lo que piensa, lo más normal: el que se aproxima es un desastre:

- Míralo, míralo; viene por acá. ¿Han visto, hijos míos, qué horribles zapatos?
- Sí, mamá -responden todos sin dudar.
- Qué pena me da alguna gente, la verdad, es horrible pensar en lo que será la vida de algunos...

El despreocupado joven, que oye perfectamente todo lo cuchichean, camina tensando sus pies, con la intención de no dejar que salgan fuera y dejen a la vista de todos el estado de sus calcetines. Finalmente, cuando está detrás de ellos, voltea y les dice, conciso:

- Por lo menos son mejores que su cara.

A renglón seguido, el joven continúa su marcha, deja que la señora se reponga de su transparente sinceridad.

miércoles, 14 de enero de 2009

Aviso (Debo 4 entradas a partir de ahora.)

Estimados lectores, tengo el deber de informarles que desde ayer mi casa no cuenta con los servicios básicos de agua y electricidad, la razón, aparte de las lluvias, probablemente, es la burocracia que no tiene habilitados siquiera los módulos para que uno pueda informarse del tema o quejarse. Debido a todo esto hoy, más allá de poder dejarle este mensaje, me es imposible escribir, y lo digo con todo el pesar que me ronda por el mal día que he tenido.

Un par de cosas más: 1) Si alguien conoce al que maneja Hidrandina, mátelo de mi parte, y dígale que su monopolio apesta.
2) Gracias a los que lean y entiendan, a ellos les deseo un mejor verano, un mejor día, chao.

martes, 13 de enero de 2009

Palabra completa e inflada

La camioneta del serenazgo para por tercera vez; los mismos chicos sobre el césped; una señora en bata rosada que los ve atónita y con una boca que cubre más la barbilla que su gesto de moral barata. Pero hay que hacer algo. Una vuelta más; tan insolentes no pueden ser. Rayos rectos esquivando las hojas sobre los rostros o el cabello con algunas briznas claras, secas; la espalda que no puede estar desnuda por el peso de su peso, la insistencia, las ganas de no ceder, etc... Alguien filma, pero nadie lo sabe; aprende los riesgos si te vas a exponer: tu hermano te verá mientras te joden y te graban. Hacen mucho el amor en este mundo. Las llantas paran, ven que la cosa calienta y que de la bragueta sale un poco de humo líquido, aunque hay más para meter bajo la tierra y no contaminar el ambiente de modo miserable; un plástico azul desperdiciado por la mano ruda del uniformado que los aparta, que ocasiona la ira de Zeus, el que sopla contra las ramitas mientras dos serenos apartan a dos excitados para no permitir una desgracia moral; ella no recuerda el horror junto con su ropa íntima que está arrugada, olvidada debajo hace un momento; sus tetas y la maraña oscura por debajo de una falda que se ase por Zeus y por todos los aspirantes a director con suelo hollywoodense que forman parte de ese cerco sobrio de casas, ambas cosas deliciosas y sexuales a la vista de todos, como en el zoo y sus morbosas paredes de cristales. El otro es hombre, y cae en todos los machistas sentidos, balbuceando si los llevarán a la cárcel o si le avisarán a su mamá.

Décima a lo mal que me caen las alusiones...

Daremos buenos deseos
a todos mis muy lectores,
sin señoras ni señores
porque no va al ruedo.
Hacer nosotros tendremos
galas y demás asuntos;
todos dentro de los hurtos
que son las palmas venidas,
tal vez de una tortilla
que agradece lo crudo.

Décima a la voz inoportuna de la juventud

Todos tenemos un lío
para sentir que nos pesa
el alma de la sorpresa
estando aún muy vivos;
eso dicen, resistidos
a tolerar algún pienso
de un joven harto tenso
por jugársela sin tema;
que es palabra muy buena
la que será de un muerto.

Divagar

Como la sal en el fuego, la incómoda repetición de este sentimiento que insisto en perdurar me crepita en todo momento dado a la producción de la escritura. Siempre es extrañamente tarde para ninguna cuando tratas de aprender y recordar al mismo tiempo, algo que los científicos holandeses consideran imposible; a la que tocan los que salieron hace una hora la mente va conociendo los pequeños detalles infructuosos que hacen horrible a una persona. Aun en estos tiempos se es posible insistir. Me es imposible entender las razones de un escritor(Hasta me es imposible pensar sobre un papel que estoy apunto de asesinar para volver una historia igual de sórdida con sus restos pintados.), tal vez sea porque no puedo pensar, o no puedo detenerme a reflexionar y a escribir lo que mi fuego tímido a desenterrado de la oscuridad cerebral; simplemente el tren de la vida avanza más rápido, se busca producción y calidad; cada vez hay menor aficionados a la escritura creíbles, la mayoría termina desertando con un trabajo serio y bien remunerado o con la consagración que millones de anónimos no creen por venir de los críticos acomodados. Si tan sólo pudiéramos empezar con algo simple, vulgar y concreto, algo tan usado como una rosa. Una rosa, un colibrí, un pájaro capaz de inmolarse por algo tan estúpido como el amor juvenil, y luego viene en una de estas asfixiantes noches el espíritu de Wilde a tirar de tus dedos o, simplemente, a darte un patatús al momento insomne de ir al baño. Tal vez al hacer algo tan insuficiente como esto te olvidas de que hay un silencio poco frecuentado por los oídos inmóviles, una paz que te indica que los otros te han dejado con el plomo fundido de las cosas que están aquí cerca, y rodean. La mejor prueba de todo esto que si repito lo mismo es porque en el fondo no era igual.

lunes, 12 de enero de 2009

Íntima celebración

Entre dos señoras, sobre el festín pantagruélico, un tipo de los insignificantes se asomaba entre la grasa paridera de los carromatos estacionados junto a la mesa de la comida, cuerpo lívidos, tal vez sufridos por una fuerza virósica, como suele extraerse de lo que está de moda entre los galenos. El asunto pasa por la lucha entre el hambre y la falta de apetito que le ocasionaba una virago con un vestido de noche y con detalles brillantes del color de la mora. Apenas si prueba los filetes entre tantos flancos desfavorables. Párpados coquetos e imitadores de la aurora más bizarra; acto parentético de caducifolio discurso o trama. Por otro lado un tipo feliz, de esos raros o idiotas que le arruinan la seriedad a la melancolía del mundo, daba cabriolas de pura felicidad, de inaugurado novio frente a su futura mujer, que con la expresión de la cara no dice más que si patatín, que si patatán. Bueno, la ajorca la acomoda una mano ruda con las uñas pintadas; paso a paso hasta el tipo que no tiene horizonte por el que mire y que lo salve, una mano solícita llamando al hombro, suplicando por una amabilidad que no sea la cosa que destroce los nervios inseguros de un ser lamentable. Él voltea, guarda la compostura, no dice nada, mueve los labios ligeramente, cree que si no libera de a pocos el aire, escupirá una vergonzosa verdad en esa masculina faz, ligeramente derecha. Al final decide pedirle a una de las montañas que se vaya a donde está Mahoma, todo en mejores términos; libre el paso, encara orgulloso a su problema, se disculpa con un movimiento de cabeza y se marcha. La mirada enconada de él-ella lo dice todo; una vajilla de plata que atraviesa la pista de baile en esa dirección lo constata.

sábado, 10 de enero de 2009

Alguien descansa en paz

La banda no sale a tocar. Entra al camarote el organizador del show, escucha, pacientemente, las cosas estúpidas que piden los músicos; luego niega, hace movimientos, aspas, con sus manos; su puro se le resbala de la boca, él lo coge en el aire, lo regresa a su lugar, exige al representante. El otro está detrás de él, en un sillón, con la cabeza apoyando su peso en el brazo derecho. Instintivamente, se acerca, le dice que esto es intolerable, que no son los Rolling Stones, que un Grammy no es nada; el otro, silencio. Lo rodea despacio, por un flanco; su regazo tiene derramadas circulares y blancas pastillas; la mano izquierda aprieta suavemente el cilindro con la etiqueta de pastillas antidepresivas; el rostro quieto y babeante del individuo no daba a ninguno de los presentes espanto.

jueves, 8 de enero de 2009

El robo que no fue

Una anciana en silla de ruedas entra en el banco, uno de los guardias quiere ayudarle, pero su nieto le dice que no, que puede solo. Van a la fila y se van por el lado de los incapacitados; la atienden en seguida.

- Por favor, a retirar todo mi dinero- dice la anciana.
- En seguida, ¿su cuenta, por favor?

Ella le dice y esperan. Al otro lado una computadora informa que la dueña de la cuenta se está en un divertido crucero por Colombia: avisan a los policías de inmediato.

Ambos dejan la puerta un momento y van hacia la ancianita, entonces uno de ellos nota que tiene el brazo muy terso; mira mejor y ve que las pantorrillas que se observan por detrás de la silla se ven blancas, se ven igual. No es complicado entender lo que pasa. Encañonan al tipo y le apartan de la anciana, uno de los agentes le quita el sombrero y la máscara: una chica, más joven que un becerro, tiene la cara con un estropicio.

Las cartas orientales

Su pequeño hijo había estado por tres días en el ático con el paquete que le llegó desde Seúl. Al principio la madre no pensó que un sólo paquete traído por E-bay fuera a ser un gran problema; pero los días en el trabajo empezaron a ajustar y ella deseaba volver a casa para abrazarlo y recordar que mantenerlo bien era su único consuelo: las ausencias del pequeño en la mesa no hacía más que incomodar y su alterar sus nervios. En la mañana había tratado de hablar de él con eso, sin embargo, él, le recordó que si no se apuraba llegaba tarde a su empleo. La breve situación colisionaba con su vida, y tal resultado no era más que un sufrimiento que la apuntalaba a ser mezquina con todos, claro que de un modo soterrado.

En esa noche tuvo la poca cordura para tener algo de valor y hablarle cara a cara, algo que no hacía nunca, sin saber realmente por qué. Fue hasta la puerta del ático y se dispuso a hablar; las voces que salieron del otro lado lo impidieron: ¡Su hijo dabas sendas órdenes a un sujeto que se prestaba a hacer todo lo que le decía -cosas absurdas, como ponerse de cabeza con una mano-. Lo primero que pensó fue en un pedófilo, un individuo condenado al pandemónium social y a la tiranía de sus depravaciones. Sin aviso abrió y se encontró con un hecho de espanto: Un ático sin muebles, casi ocupado por unas velas negras que estaban en puntos estratégicos, conectados con una tiza rosada que formaba un triángulo con terminaciones dificilísimas en las líneas interiores; sobre él, una baraja, distribuida como una mediana criatura, plana, observaba con un espanto inescrutable mientras sus restos caían como una torre de cinco pisos que había visto hace un par de días con su hijo en el televisor.

miércoles, 7 de enero de 2009

Poema a unos pequeños lujos de la ancianidad

Al sentir el cuerpo viejo
inútil, desgastado,
el cerebro suele ser huraño
a la razón, a lo correcto.

Nombre no importa de nuevo
si no fue más que un trapo;
a lo servidumbre le maltrato
por no saber ni el nombre.

Los años justifican, cuento
con que hagan del desorden
una pena para sangrar manos;
hay que ser todo arrugado.

Finalmente, importan menos
al final del curso los reclamos,
ya estando un pie al otro lado
voltear es de buenos corderos.

Verbo es

Un hombre
en su raquítica existencia
puede dejar de hacer ruido
sin esperar el pulso de la muerte
para que lo acompañe
entre la selva oscura
y la puerta de la desesperanza

Puede callarse la vajilla
a mitad de la cena
tal vez antes de los champiñones
De ser así
no es iluso
que podamos traer
un poco de paz con el helado
de chocolate que erosiona
como un ruido que no molesta
por ser de agradecida felicidad

Un dios también reza
a las almas que destruyen todo
Los sacrificios son humanos
por tanto ajenos a lo divino
hay demasiada sangre entre nosotros
para que lo superior
tenga que ensuciarse las manos
con nuestra triste inmundicia

domingo, 4 de enero de 2009

La despedida de la esposa

Unas mujeres de negro hacen los rigores de un funeral. Al otro lado los que llegaron antes toman café y cuentan por lo bajo el último chiste erótico que se saben. La habitación no tiene más que ladrillos naranja y líneas que juntan las paredes y el techo. Un adorno floral está a la puerta, para que no digan los chismosos que en esa cuasi fiesta no respeta con inversión a los muertos. Una de las mujeres, la esposa, se pasa el pañuelo por el rostro; sus hijos están afuera, tienen prohibido pasar hasta que ella les ordene que lo hagan. De improviso dice:

- Era un pobre bastardo.
- Sin duda- asintieron todas-. No puedo creer que terminaras con este inútil -agregó una de ellas, su hermana-; lo único que sabe es morirse, y ni eso hace gratis.
- Pero no más; muerto con misa es muerto para siempre. Bien podrás estar con cualquiera de tus pretendientes y ni un alma te jalará los pies -en ese momento todas se persignaron.
- Sí, sí; o Ernesto o Rubén. No sé si ser esposa de un empresario de llantas o de uno de cosméticos.
- No necesitamos llantas, yo creo que los cosméticos nos harán bien - dice la hermana, el resto coincide.
- Veremos; ay, qué alivio, es lo último que haré por él -habla mirando al cadáver a través del vidrio a la altura del rostro.
- Libertad, hermana, libertad -finalizan.

sábado, 3 de enero de 2009

El otro Morris

Pronto simularon no creerle. Todo había empezado tan bien que tenía obligatoriamente que acabar mal. A él no le sorprendió en lo más mínimo que trucaran, además ya le había perdido el interés al asunto: en el mejor de los casos deseaba que ella supiera que lo habían fusilado. De pronto (No tanto, apenas días después de ese acontecimiento.), se encontró frente a unos soldados con las bayonetas puestas en las armas que le apuntaban. Al tener consciencia de sus últimos momentos de vida no supo explicarse el espacio que se había rezagado en esos días anteriores. Fue así como lo entendió: No tuvo miedo de las armas, ni del olvido de la mujer, tampoco de que su desesperanza terminara con el poco respeto que sentía hacia su prolongado ejercicio en las fuerzas armadas de su nación; de algún modo su mente había traspasado la inconsciencia en la que equilibraba y se encontró perdiendo altura en el primer monoplano, antes de darse cuenta vio la luz de los rifles como un destello del sol. Presionó el volante hacia su pecho y a tiempo se elevó. La máquina era la misma cosa francesa y de medianía que había despegado al inicio de la prueba. Vio detrás de él la nube y, más abajo, la pista de aterrizaje. No hay dudas de que lloró al entender todo eso; poder explicarse que todo fue una penosa alucinación producida por un hecho desconocido era para él, en ese momento, lo más grande.

El eterno retorno

Bajamos en la terminal por el lado derecho, en la calle La Colmena; en ese lado, cuando aún vivíamos por ahí, al frente, trabajaban varias y pequeñas fábricas de hielo que solían abastecer a esa parte de la ciudad. Frente a ellos una pared de madera inclinada con anuncios de papel de color estridente invadía la mitad de la acera y dejaba ver el piso de la segunda planta, en donde obreros flacos y desprovistos de herramientas necesarias construían lo que alguna concesionaria habría previsto. Carros fugaces iban por todos lados, y no era mejor el saludo de una ciudad aparente y ahora extraña. La tristeza era notoria entre nosotros: nos avisaban cuántos eran los años que le debíamos al problema, ya era triste pensar que estos nos iban a hacer vano el viaje. Quisimos tomar un taxi; uno de nosotros nos dijo que la casa debía estar a un par de calles: nadie se atrevió a caminar. Un carro particular que hacía el mismo servicio nos llevó a un precio que juzgamos de alto; el chofer nos avisó que todo estaba caro, que cobraba lo justo. No le creímos al ver que volteaba más de la cuenta. Nos dejó en una calle oscura, frente a la casa: toda la calle era igual, aunque se veía vieja y despintada; nos sentimos mal por haberla dejada en ese lugar por tanto tiempo. Para nuestra sorpresa la cerradura era la misma; no lo podíamos creer. Alguien en el lugar de ella hubiera alterado ese detalle como última instancia para ahuyentarnos; no pudimos hacer más que sentir ironía y pesadumbre por esa simplicidad. Yo guardaba la llave de esa puerta como un recuerdo en mi desgastada billetera: la saqué, abrí, entramos. Todo estaba igual; el sofá con la lana negra y los adornos viejos. Un ruido nos levantó el alma. De la cocina, conectada a la sala, salió una anciana con una chompa rosa, zapatos de tela y falda gris, un poco rasgada, hasta los talones. Todos lloramos menos ella, que se nos quedó mirando más sorprendida que alguien al observar a un ser divino. No tuvimos manos suficientes para dar los abrazos, para decantar nuestro corazón hacia fuera y arrojar a esa casa todos los sentimientos que el viaje a nuestro destino había guardado: fue un minuto de humanidad y de encanto. Luego de todo eso ella tenía los ojos amplios, la boca abierta sin emitir sonido. "¿Qué les pasa, por qué demoraron tanto?", fue lo único que dijo y no entendió.

jueves, 1 de enero de 2009

Historia de un poeta perdido en una ciudad de mierda

Al subirme al autobús de la zona este de la ciudad, encontré a un poeta. Supe de inmediato que era una por su aspecto de caballero y su traje pobre, su semblante triste y su aura devastadora; algunos libros se descosían de su sobaco. La imitación a Borges en su posición era inminente. También él se enteró que yo era poeta, posiblemente por asunto parecidos... Me senté junto a él, hablamos; tuve la desagradable actitud de serle sincero: le conté sobre mi desayuno y sobre la amiga con la que me había distanciado. Él no me contó nada personal, pero sí una historia:

"Cierta dama inglesa captó hace muchos años el interés de un escritor argentino que había terminado en Londres por motivos de su afición. Este señor, culto, se encargaba de mostrar su ingenio para corresponder a una dama igualmente ingeniosa. Sin embargo, sus esfuerzos no resultaron en lo más mínimo, y es que para ella eso que él mostraba era común en su experiencia individual; no desdeñaba su genio, claro, pero le parecía que no podía ser la joya que opacara a las demás. En fin, el encuentro duró apenas unos días irregulares y no llegó a mayores. Eso es una anécdota simple y nada más".

Entendí que deseaba mi sugerencia sobre el nombre; aquí la clave era un argentino. Hice que decirlo no sonara tan obvio como lo era:

- ¿Borges?
- No puedo creer que sea tan obvio- lamentó al momento que se levantaba.

Aseguró los libros y bajó, me invitó a la presentación de un libro que no iré. Yo al pensar sobre la historia tuve que devolver al espacio vacío de mi costado la figura del viejo; lo hice y le di palabras para terminar:

- Señor, ¿por qué me dijo eso?
- Porque es Borges, y porque muestra bien que dos personas hábiles y poco frecuentes pueden distanciarse sin más.

Una señora interrumpió al pedirme el asiento, llevaba algunas bolsas y parecía no estar cómoda sobre las piernas del imaginado. Le cedí hasta el recuerdo sin chistar.

Feliz Año

¿Para qué amor en este infierno?
No me hacen bondad los enemigos,
los amigos son de menos en remilgo
hecho por condescender en lo feo.

No me agradan los que son atentos
y quieren calzar, los bastante vivos,
sus pies en los zapato de vinilo
que tocan la música de un éxito.

No doy lo que a mí jamás me dan:
cavilosos los que las piedras tiran.
En egoísmo vueltas sin delirar.

El alma en nosotros ni palpita.
¿por qué en una fiesta más se tendrá?
Ignoro lógica de hipocresía.