viernes, 31 de octubre de 2008

La maldita corrección

Todo puede estar mejor. Una coma más, otra menos; punto que no debe ser punto: signos de exclamación.

Aleja de sus ojos el papel y lo observa como si quisiera atravesarlo; algo no le gusta.

Maldición, aquí debí usar este orden: rosa primero que domingo, lo de la muchacha lo puedo dejar para el otro lado.

Era la décima vez que revisaba el mismo texto. Su inseguridad era una mina en su tarea. Un libro para ese fin de mes, pendiente desde hace 24 semanas. Demasiado tiempo.

No acabaré. ¿Qué mierda he hecho durante todos estos meses? Ha comido menos, ha ido al baño menos, ha borrado a las chicas de su vida, su trabajo mal pagado de primerizo, su vida infrahumana en la universidad como amanuense del profesor de Psicología; porción del ecúmene de aquella ciudad visceral al norte de la provincia México, un montón de personas en un solo empaque sin derecho a devoluciones posteriores (Así lo entendieron sus padres.).

Una corrección para parar, un error entre los tantos que no he visto; vaya idiotez de mandarlo todo al diablo; por miedo, al final por maldito y paralizante miedo.

Una palabra que no va en su lugar, sólo eso y completa todo el panorama.

La visita

La verborrea impensable de Paquito hacía que Umberto se golpeara con dulzura contra la luna del transporte privado de su tío, una vez tras otra, imposible de parar si no deseaba cortarse o cortarle el cuello, tal vez aprovechar el semáforo para quitar los seguros y escapar caminando hasta donde se pueda o donde lo alcancen, para eso deseaba que no fuese descubierto; eso sólo en sueños.

-Sabes que en la excursión de hace unas semanas por las Islas Galápagos el geólogo que nos acompañaba decidió cartografiar parte del terreno donde nuestro bote encallaba; tú sabes, un ruso de esos que termina, sabe Dios por qué, en este lado del planeta ,y que ni sabía la existencia de esas tierras; no sé cómo terminé con él ahí, pero...

Estaba en medio de una entelequia fantasmal, eso por la niebla que no dejaba ver nada, que estaba en las faldas del monte por el que nos dirigíamos a su casa (En la cual planeaba encerrarse en el baño hasta que el tiempo deje morir aquella lengua extraña o incansable.), casa enorme sobre una colina que daba, cuesta abajo, a un prado donde estaban construidos el establo y algunas cosas cosas. Murmuraba tratando de averiguar la causa de sus padres para mandarlo ahí, al tormento de las palabras de Paco.

Posteriormente, de dar vueltas por la subida llegaron a una mansión enrejada con un jardín pequeño, pero largo que antecedía toda la fachada de estilo pomposo y pasado. Las ventanas eran enormes agujeros que mostraban la densa y oscura calma que reinaba adentro; cosa rara habrá pensado Umberto al notarlo: una casa como esa debía de estar llena de luces y de voces, como resguardo de una noche tenebrosa de niebla por lo menos...

-Y bien, espero que te hayas entretenido con todo lo que he dicho, ya que no volverás a oírlo nunca más...- decía al mismo tiempo que el chofer le inyectaba un somnífero en el cuello...

Poema al raíz del robo de un verso de una amiga...

"La noche es el mejor remedio para las almas sin libertad".
Estos versos nunca fueron míos por la razón que de noche
es silencio pesado bajo los rincones de mi extensa casa
donde se duerme tarde para levantarse temprano y hacer ruido
que al despegar tiembla en las ventanas corredizas, terciadas,
guardadas siempre hacia la implosión de los gritos familiares
en cuanto se desprende el color del gas que dura media botella
y que huele de modo penetrante por aproximadamente 15 días.

La noche es libertad fuera de la casa custodiada por narcolépticos,
madres con amantísimos, padres con incontinencia y hermanos pillos,
todos duermen, pero no duermen, imitan entre ellos los ronquidos
de gatos, de perros, de palomos, de linces, de pulpos, de monjes...
Lavar los dientes, enjuagar la lengua, vestir piyama, aflojar piernas,
sentir como suavizan espalda y cabeza; conminarse por ser pecador.

No hay libertad en medio de una jaula sin sorpresa.

jueves, 30 de octubre de 2008

Simpleza

Al no lograr que se callase
un cuchillo se adelantó,
para ponerle la boca cerrada.

Wanta

-Chicos, el carro va a partir ya, apúrense- dictamina la maestra.

Los chicos regresan con ganas, agotados por haberse divertido todo el día. Suben en grupo sin permitirse el paso, necesita volver al confort de las cosas humanas. A la mitad de la subida uno se encuentra con el Wanta.

-Oye, Wanta, ¿qué fue?, ¿No saliste?

El chico de cabello oscuro y castaño ni lo ha considerado desde que se detuvieron en el lugar, tampoco ha escuchado la muestra poco usual de interés por su persona. Su cabestrillo con celeste plastificado en la parte del codo lo tiene masacrado; herido sin contar los días antes de que le cambiaran las vendas escritas por sus compañeros por esa cosa una tanto afeminada, precaución o castigo por haberse empeorado sin entender por qué. Justo cuando Marielita había confirmado su visita junto con los otros, y el tantas ganas de ser su consentido: pobre niña que anda en ese colegio como puedo, feliz aunque nadie la consienta por la belleza que en sus pechos muestra y tiene. Mal, muy mal para que se queme la perfecta oportunidad como un pedazo ínfimo de papel de cuaderno. Un viaje obligado, pues la negativa de ir a último momento no se la había tolerado, a la sazón de la palabra de los padres sobre los deseos del interesado.

-Ah, vete a la mierda- sentenciaba el chico que esperaba su respuesta,o que mejor dicho no iba a seguir esperando.

Habla la maestra:

-Chicos, espero que les haya gustado. Tengan en cuenta estas pequeñas experiencias al crecer, pues serán el tesoro de sus vidas...

Nadie le hacía caso. La juventud es de inmortales.

Wanta espera que arranque, que llegue a su casa para que en la tranquilidad de su baño pueda cercenarse el brazo. Brazo que ya no es un brazo, es algo menor, una falla que no se reparará antes que se destruya todo el sistema. Rabia en los ojos apunto de llorar, y espacio dejado por los falsos amigos que se juntan con otros porque se les da la gana. Sólo o con un brazo inmovilizado; la diversión se queda atrás a medida de que la pequeña montaña da paso al enorme espacio de nubes en el ocaso. Tanta belleza desperdiciada.

-¿Me puedo sentar a tu lado?- interrumpen de pronto. Él no dice nada.

La chica que lo pide no espera, se sienta para jugar con sus manos, falsos nervios.

-¿Estás bien? No has bajado, pensé que tenías muchas ganas de venir a este viaje.

La voz es desconocida hasta ese momento, luego se activa la alarma que tenemos todos entre la cabeza y el cuello: Mariela. Una chica linda está a su costado, viéndole con una mezcla de compasión y ternura que lo desarma, que lo empuja a carraspear o a iniciar un diálogo entre dientes. Suda ipso facto. Se desvanece.

-Te ves mal... Voy a hablar con la profesora.
-¡Quédate!- le espeta. La toma de los hombros, ella se deja; le da un beso en la boca, no obstante no logran juntar sus lenguas. Nadie los ha visto, lástima por el espectáculo.

Ahora no le importa que en la siguiente curva el carro se despiste.

20 cortauñas

Sonidos de cortauñas. Varios. La nueva pared de los vecino resta luz al patio de la entrada, que está de fachada para el pozo ilegal que tenemos casi debajo de la casa, en una parte que no nos compromete tanto; cortesía de mi primo que es ingeniero. Se multiplicaron los cortauñas, las tenacitas de metal que en otras ocasiones buscábamos con tanto celo, preocupados de que se incurra en una desviación de la poligamia... ¿Por qué del sonido? Las explicaciones físicas no me convencen; erguido salgo de la sala, me pongo corvo como un felino a medida que me voy acercando: el sonido proviene de una recámara (Hay tantas en esta casa.), muevo la perilla bañada de un falso oro, el sonido por un pequeñísimo instante se queda. Silencio. Vuelve en otra habitación de la segunda planta, lo sé porque están próximas las escaleras. Paso a paso; aún es pronto cuando el ruido para. Estoy sólo, y no me entra en la cabeza que un ladrón esté gastándome payasadas. Afuera zapatos. Madera: ¡Aguanta!. Una puerta arriba está abierta. Ninguna debería estarlo. Reglas de la casa. Las puertas, las ventanas, y sereno quien se queda a cuidar la casa. Momento: tengo que cuidarla, por mí o mi vida. Corro, salto, vuelo; hasta el borde de la entrada alcanzo a plantarme. Una cosa monstruosa, familiar, inevitable.

Noche de luna

Los aires de la luna
vuelven a la ventana de cristal,
tocan en la soltura
de centellas de sal
reflejadas por el pulcro alféizar.

Lejos de la cama, !ay¡,
sin ver a la luna blanca, redonda,
su piel pálida que hay
en los nichos de rocas...
Dormir mucho a un momento antoja.

miércoles, 29 de octubre de 2008

La soledad de un insano...

Nadie me habla. Todos están extraños con sus cosas, sus papeles para firmar y para tratar con sus conocidos solamente. Recuerdo cuando se juntaban para conversar sobre el domingo o alguna cosa que así era; ya no más, a todos les prestan más atención que a mí, que llevo más tiempo en este sitio...

Al otro lado dos enfermeros conversan.

- ¿Ya le diste la medicina al número 23?
- No, hermano, es una vaina, a veces le hablo y no quiere nada conmigo, otras se descarga con todo lo que tiene. Anda dale tú, ¿ok?
- No jodas, no es mi chamba- finaliza mientras lo mira a él y mira al loco con cara de tristeza-.

Poema menor de piedra

Bálsamos de montaña
en camino de peregrino dado
a pérdida de maña
que nos restan los años
por este rumbo al que nos apiadaron.

Poema a la ignorancia de la naturaleza simple

Siente que sobra noche
al verse todavía las estrellas;
campos del horizonte
que canta a las velas,
que sabe que se desperdician ellas.

Luces hechas a mano
sobre nuestras agotadas cabezas,
apagadas estando
a cuya harapienta
mente no sabe del sol en pequeñas.

Dumierdon dos veces en la casa

Sin estimarlo excesivamente había tomado un placer pequeño cuando una brisa fresca de aquel verano levantaba levemente la tela suelta del pequeño vestido, siempre con rígida verticalidad, y las piernas blancas, tibias (Así las recordaba por la vez que se metieron en el ascensor y su mano estuvo por toda la subida pegada entre sus carnosas nalgas sin ninguna intensión); le había gustado observarle de hurtadillas mientras la familia estaba en casa, disfrutando de carne a la parrilla sobre el césped amarillado. ¿Cuándo le había empezado a parecer deliciosa la hermana de su esposa? No lo sabía, probablemente no cuando casi se rompe la mano en esa maldita caja de metal. Su rostro redondo y sus brazos gruesos combinaban, la hacían ver robusta con el busto aplastado por el sostén de algunos números menos de su real talla; blanco, él lo había visto en su recámara, también lo vio desde el techo, que es el suelo del ático, un pequeño agujero para espiarla, escucharla hablar de él con frialdad con algunas de sus amigas que vienen a visitarla. También consuela a su esposa cuando siente que no vale nada, especialmente en una casa sin hijos y un matrimonio donde una de las parte, la de él, no se enteraba que la cosa era un desastre. Y es que nadie tenia la culpa de llorar sobre el terciopelo por los años perdidos, la negativa de siempre y casi olvidada de proseguir la estirpe familiar en el mundo. Casi 15 años y lo hecho era la nada; le dolía saberlo, pero no era tiempo para que le importara. Como buen hombre estaba pendiente de su cuerpo, de sus carnes fogosas que en el mejor de los silencios lo llamaban, le comunicaban mensajes secretos y pecaminosos en los saludos o los comentarios más banales de la cena o al cruzarse en la mañana.

Cierta ocasión no esperó a que el reloj sonara y entró a su cuarto oscuro de madrugada, una luz gris la delineaba igual que un bosquejo de grafito; tranquilamente respiraba. La observó por un rato sin tiempo, sin respirar o hacer nada, la imaginaba a menos metros con las manos sobre la almohada y las rodillas haciéndole un espacio a las suyas, sirviendo de soporte para empujar su imaginación hasta el control real de lo que pasaba, y todo con la intención de acercarse a su cama, ver que a igual que él tenía calor por dormir aquí dentro. Un rastro de baba apunto de caer de sus labios, el pecado servido sobre las sábanas, además la cremallera del pantalón incomodando y todavía cerrada. Fue en el momento que se la bajaba cuando el pequeño ruido la despertó. Estaba bastante adormilada:

-¿Tú qué haces en mi habitación?- preguntó con calma cuando de un movimiento de cadera se acomodaba. Más adelante abrió más los ojos y le encontró in fraganti con los dos censurables dedos- Ah, ya veo, era tiempo que te acercaras... Sácate el pantalón y métete, hace algo de calor aquí, pero se está bien en compaña.

Su voz acostumbrada era una invitación de ángeles en ese momento. Balbuceaba, presa de no someterse a sí mismo. Ella se apoyó con una mano y le jaló con la otra a la cama; adentro lo desabrochó y le hizo todo lo bueno que se había imaginado (Le llenó de saliva todo el cuerpo, dejó que se frotara con sus muslos, con su boca, su cabello.), además le decía cosas vagas y ridículas de las quejas de su hermana. Ella lo obligó a que terminara rápido, no obstante le fue imposible no ser piadosa para inculcarle hacia ella una gran devoción que lo retuvo por más tiempo del deseado dentro de esa cama, pues reventó de pronto el sonido de las alarmas y la gente se levantó. De un salto con resorte se vio afuera, en la sala, con el pantalón abajo y sobre un sofá, una mano tenía una sábana.

Baja su esposa esposa y lo ve, entiende que ha trabajado y se había vuelto cansado. Maldito trabajo, piensa ella al mismo tiempo que cree que esa será la ruina de su matrimonio.

martes, 28 de octubre de 2008

Impotencia...

- ¡Por Dios, María, cállate! Debo demorar, debo demorar, demorar, debo, debo hacerlo, sé que puedo, lo haré, ¡seguro que lo haré!¡Ahh!¡Ahhhh!¡Ahhhhhhhhhhh! ¡Maldición!
- Puta madre, otra vez, maldita sea, eres un completo perdedor...

Con los hombros lo aparta de su encima. Va rodeando la cama para recoger su ropa; cuando la tiene en una sola mano entra al baño para limpiarse el rastro que se baja de las piernas. Hace dar muchas vueltas al papel higiénico, lo usa, lo desecha, lo hace mientras piensa en la visible ironía. Sin sentirse limpia se viste, se maquilla velozmente la cara. Al salir él está en la cama con la mirada perdida de idiota. No le dice adiós cuando se marcha.

Estrellas terrenales

No sabe si algo tiene que ve con que empiecen antes de lo establecido, pues todos se equivocaron de inmediato al adelantar sus relojes por la nueva hora que había implantado el estado en aquella mitad del país. Aunque el sol no despuntaba los atletas estaban calentando para correr alrededor de las tres montañas, una cosa que tenía algo de beneficencia y de magia, y que además partió de la iniciativa de un anónimo que prefirió salirse al ver cómo su idea se había contaminado con estrellas de la televisión e insoportables periodistas con buzos azulinos que les ocultaban los rabos. Mejor, aún él tampoco sabe el por qué tiene que correr con una expresidiaria, exconductora de televisión, es plaga de su mundo absurdo que está en el corazón del entretenimiento; a su lado golpea el talón derecho contra su lumbar, cerca de unos pobres glúteos que en el pasado fueron otra cosa, la casa esbozando una exagerada sonrisa, feliz por la movida de los medios, algo que ya dejó de ser caridad. Es que a esa hora todos duermen, y los que no dejan de hacerlo por dos cosas: o porque tuvieron la pésima suerte de nacer en este lado o porque son de parte del insomnio perpetuo que abarca a la gente de los medios, siempre sin horas de sueño, durmiendo para disimular su falsa naturaleza humana. En parte mencionarlo es un absurdo, pues empieza la carrera y tiene que reaccionar para que no lo despidan y para que les dé alcance. Pasada una curva se ve el sol que hace muy lentamente, con desgano, de cierta manera cuidándose de ser parte de la acción. Pasada la otra curva muchos desertan, principalmente las estrellas de rock, los comentaristas deportivos y los jefes de cocina que tienen un apetito prominente; las conductoras de farándula saben modular la respiración con, quizá, mayor maestría que un velocista, los camarógrafos están acostumbrados a las grandes distancias, los periodistas igual, saben que sin portadas no hay cena; las estrellas son estrellas, no sudan, no respiran, tampoco hablan. Aquí cabe mencionar que la ruta es algo parecido a un rectángulo. A partir de la tercera punta los que corren se han reducido a la mitad, gran parte en culpa de las estrellas que se detienen por alguna confabulación de las galaxias lejanas, atrayendo periodistas que quieren sangrarlas a costa de las eternas seguridades que siempre las acompañan. Un número sigue, sigue como todos, solamente que sin perder el ritmo ni la marcha, convencidos del lado superfluo, motivante, de la acción, o del enorme deseo de mandar a las industrias cinematográficas al último de los infiernos. La cosa es que corren, él corre con ellos, compartiendo la misma indecisión de ese pedazo de sus vidas. Superan la última esquina y les queda algunos metros de distancia. ¿El tiempo? Quién lo sabe... El sol sigue sentado de donde se ve hasta donde se alcanza, inmóvil, ahora sí esperando a que se vayan. A su lado ya no está la mal recordada "Boca de Desagüe", sino que comparte andanzas con una escultural modelo sueca que decidió quedarse a vivir en el país, el cabello largo, de oro y fulgurante, las formas sanas y apetecibles de su figura, mirada fija en el camino que recuerda a los leones de la Sabana. Cree que es un ángel y no lo culpo, tampoco lo hago por olvidarse de su perdedora alma. Le sonríe o sonríe simplemente, acelera la marcha, está a unos pasos de la meta; él, al costado de la gloria. Las tres montañas, el asco que produce la televisión, nada le importa, seguramente porque la vida de todo mortal es mejor cuando una rubia te acompaña.

lunes, 27 de octubre de 2008

Tienda

Robar una tienda de armas, todo por la supremacía. El tipo que la maneja tiene un origen extraño, indefinido, que no importará a la hora de someterlo. Muchas provisiones, muchas armas para mantener el principio. No hay gente en la calle, a esa hora casi todos almuerzan en sus casas: es la hora. Bajan todos de la camioneta con sus rostros cubiertos con mallas blancas, todos no tienen cabellos, y eso hace que la tela no les moleste. Encañonan al sujeto en seguida, piden varios que lo maten, el hombre pide clemencia; su verdugo espera reunir el valor para tirar del gatillo. Una bala lo traspasa, y ha roto un cristal, todos giran, varios guardias están con las pistolas apuntando, varios, todos afuera. El hombre-verdugo está muerto, la bala fue certera. Entran y sacan a uno por uno, a todos de alguna forma les golpean. Se sienten felices de haber arruinado su plan.

Décima al deseo

Resoluta de tu vientre
el amor jamás profano,
el que alimenta almo
de piedad o sol naciente.
No hay nada del presente
dispuesto por tu conquista
que no sea sólo mía
la gloria de reír solos
en el campo de los golfos
con el mar, estrellas, brisa.

Décima al eje del universo

Impreciso golpe nos envía
tiempo mortal, desliz torpe;
no queja la voz en orbe
de silencio, ¡y gravita!
Siente bazos en el prisma
exhalando en el cielo:
¿alguien llamó al lucero?
Ninguna voz lo acepta
(Nada aquí es certeza.).
Qué tal golpe en el dedo...

Un domingo de familia

Era una tranquila y familiar convención de armas. Ahí todas las familias sanguinarias y ultraconservadoras iban a festejar el nacimiento de una nueva ametralla en el mercado. Felices, los niños con sus globos con estampados de granadas explotando fuego y manchas de sangre; los helados tenían el nombre (Y el sabor.) de todos los países exóticos donde su gran nación había cometido guerras o asesinatos. Las municiones o pertrechos se vendía al por mayor, las granadas estaban baratas y los padres se mimaban al entregarles a sus hijos su primer arma, dejar que los bebés jugaran con ellas en sus manos rosáceas. Pero no había descanso en aquella extraña feria, los empleados de las omnímodas compañías que arman a los grandes estados tenía la orden de entretener a los amantes de las balas; incluso se hubo condicionado un pequeño espacio para los niños antes de que la feria fuera a comenzar, de ese modo los padres podrían gastar su sueldo en las últimas armas israelíes. Y así el mundo giraba, entre granadas y disparos. Los encargados conversaban de sus cosas, dejaban que los retoños aprenda a usar las armas, a acostumbrar sus fosas nasales con el olor de la pólvora, a... ¡¿Dispararse en la cabeza?! Todos miraron de inmediato a uno de los niños que mientras disparaba una metralla había perdido el equilibrio y se había volado la cabeza. Todos venían horrorizados, menos sus padres que no se enteraban aún de nada y que trataban de tramitar una pistola.

domingo, 26 de octubre de 2008

Ceguera

La familia está reunida en la mesa para poder cenar lo que modestamente su padre ha logrado conseguir para aquel día. Es una situación de conflicto, y las personas son gente humilde, pastores que trabajan en el peor lugar del mundo y a duras penas pueden sobrevivir. Entonces un camión pequeño se detiene en la entrada, de aquel bajan varios tipos con armas; patean la puerta, encañonan a la familia y al parido con las culatas le pegan. Hablan en su idioma, él quiere decirles que no hagan nada, que están equivocados con la casa, que su vecino es el traficante, el terrorista, el malo. No le hacen caso, pues dos toman sus navajas y se las entierran en ambos ojos, las hunden, las retuercen, las arrancan para regresarlas a su funda. El hombre cae con la cara ensangrentada. La familia, en el momento que están libres, van y lo abrazan. El hijo mayor corre hacia afuera para pedir ayuda y llevarlo a un hospital.

Décima a la desimportancia de las compañías...

Que el teléfono no suene
no dice que no te amen,
dice que mejor tratarte
solo y sin más de frente.
Hay abundancia de gente,
tantos que desconocidos
parecen cuando he ido
a visitarles sin un plan.
Nadie debe de renegar
por no tener conocidos

(Cuando todos lo fuimos
y lo seremos sin quejar.)

Algo sobrevive...

Media hora después la jubilada se detenía un momento en la luz roja del semáforo para acomodarse. Caminaba desde el banco, tal y como era su costumbre desde hace 30 años; le gustaba notar que ya nada era como de costumbre: la apariencia de los edificios, el camino del parque, la bulla que antes no se encontraba en la zona este de la ciudad. Era un alivio saber que todo había cambiado, que desde el primer día que empezó a pasear por allá abandonó todo su pasado, el cual ya debía estar extraviado, sin encontrarla.

Unos chicos estaba caminando detrás de ella desde cuadras antes del parque. Su intención era robar y eso esperaban. A la mejor oportunidad saltaron hacia el bolso y se lo llevaron, uno de ellos se encargó de distraer a la vieja.

Ninguno podía saber que aquella fue campeona en los cuatrocientos metros, que aun conservaba, no de igual manera, sus habilidades. No fue difícil que los alcanzara y que los sometiera, eran muchachos de la postmodernidad, con el único ejercicio de mover en el teclado los dedos. La gente que los había visto habían llamado a un oficial, se los llevó sin alternar los ruegos.

sábado, 25 de octubre de 2008

El retrato en la clase de yoga

Durante las clases de yoga paso algo muy extraño. En la parte donde nos apoyamos de espalda con los hombros y la nuca y estiramos las piernas noté, por mi buena vista, que un retrato del anterior maestro movía sus pupilas hacia nuestra pudorosa posición, cosa que en ese instante me conmovió de tal manera que no dudé en replegarme, así rompí la línea principal y la derecha; el instructor me llamó la atención, posteriormente me preguntó si me sentía mal por la regla. Le respondí con un rotundo no (A quién le importa esas cosas.), y le dije sin pensar lo que había visto. "Estás mal, guapa, debes haberlo alucinado". Yo no lo debatiré, por eso me levanté y fui por mis cosas, aquellas que juntas no pasaban de ser una bicoca. Me imaginé por un momento el retrato igual a esos que tiene fondo; dentro de aquel un hombre al que no se le podía poner por ningún lado el adjetivo almo. Una loca, qué más da; rompí con mis cosas aquel retrato, todo gracias a mi impresionante puntería. Efectivamente: un hombre con los pantalones abajo.

Oda pequeña al ánimo de la vida

Vivamos sin lamentos,
gocemos de las noches infinitas,
cuidemos el cuerpo,
seamos encendidas
plagas de luz en luces no dormidas.

Aquí siempre se lloran
las gentes ignorantes de los mundos;
un libro cada hora,
dejar lo que inculto
ha plegado dentro, en nuestro mundo.

No sabemos la muerte
ni su venida que nos importuna
al desconocer siempre
la voz de la Fortuna
que dicta reglas sin temblor o dudas.

Los que llaman

A esa hora era muy complicado que sienta tensa la espalda, pero no la rodilla que soportaba todo el peso de aquella extraña pose yogista. "Es para evitar el dolor de espalda, cuello y cabeza", se repetía mientras sonaba el teléfono y trataba de destrabarse para a contestarlo; "malditas casas que siempre ponen el teléfono en la otra esquina donde no va nadie", solía pensar mientras que se aparataba de la silla, impulsado por su nalga.

-Diga. No. No. Le digo que no. ¡No! ¡Jódase, hijo de puta!

Cuelga. Sabe que van a volver a llamar.

Suena.

-Aló. Mire, no me importa que sea mujer, que sea lesbiana o que su mamá tenga cáncer, no me interesa, me importa un pito si la matan o la violan, o violan a toda la manada de maricas que trabajan con usted. ¡He dicho!

Vuelve a colgar.

Se queda por un momento cerca del teléfono mientras sopesa la posibilidad de descansar un rato del computador y sentarse en el sillón con color a chocolate, cerca de la mesita donde estaba el teléfono blanco.

Volverán a llamar.

Pero no llaman.

Tiene mucho trabajo y deja a la suerte en paz. Finanzas, la bolsa cae, cae y cae, lo hace más que todos los suicidas. Dolor en el hombro, en el tórax, los ojos resecos por los rayos del computador. "¿Han pasado tantas horas?", se pregunta mientras ve que abren las bolsas asiáticas. Ahora no entiende el dolor de cuerpo, por eso le hecha la culpa o el crédito a la gente que llama. "Malditos, no tienen vida, y si la tuvieron probablemente la drenaron".

Se oyen tiros, balas que surcan los espacios y que dan con algo, su ventana. El ruido del cristal le hace dejar de dormir, se cae, demora en levantarse.

Tres balas. Ninguna para él.

"Maldita ciudad", piensa y habla.

A veces tiene tanta suerte: No le dio a él, pero sí a la máquina. Sus ojos botan gruesas y ácidas lágrimas.

¡Malditos!¡Malditos hijos de perra...!¡Yo sé que fueron ustedes, lo sé, y la van a pagar, lo harán con sangre!

viernes, 24 de octubre de 2008

El beso de los libros

A los libros no puedo darles un beso, no puedo idealizarlos como figura humana (Sí, puedo.), como una piel parecida a la de los reptiles o un sistema sanguíneo por el que pase sólo tinta, tal vez no así, simplemente una estructura con huesos de papel y piel (O sólo trazos formados por una fila pequeña que letras que permite leer la historia ficticia de ese ser inanimado. No obstante, que yo me preocuparía de darle una vida, una forma que la condicione según la sustancia que imita; porque la inmesurable verdad apunta siempre a la ilusión; somos y seremos ilusión que se expande desde un punto real, definido.) formada de letras. No sé, dibujo las ideas y no dan resultado, no me acercan a mi deseo, ¿es acaso que el deseo no está condicionado en la naturaleza de la tierra? Nadie ha hablado de lo que condiciona nuestro deseo desde un punto de vista general, para los creyentes todo esto es prepotentemente nuestro. Sueño o no sueño, la vigilia que es un gran terreno árido, sembrado de sábanas con el color del vino, estás ciego por no mirar lo que sostiene esas sábanas, caminas por entre la arena para buscarlo, buscar eso que consigue tu deseo, pero te agotas al iniciar la marcha; el sol o el lugar es un infierno: comprendes que conseguir lo que quieres no es nada, y que tiene que ver con arrasar con toda la superficie de la tierra para llenar de sábanas los continentes. Huyes
por un lugar de arenas movedizas; te hundes y te ahogas, te pesa el pecho que se llena de líquida arena. Una mano te salva, empuja hacia el exterior que te acoge y que es distinto a la sabana donde te encontrabas: sales por la fuente de una biblioteca enorme, recuerdas a Borges y a sus palabras. Es un mundo de biblioteca y de todo lo demás (Hay árboles que crecen desde los anaqueles, animales que descansan sobre tomos enormes de preciados libros; se siente gemidos de placer desde la otra sala, murmullos que viajan desde lejanas distancias sólo por la misión de encallar en los oídos) a tu disposición, abierto paraíso de conocimiento y de tablas. A tu lado alguien espera, una creatura con forma de mujer que tú recuerdas, similar a la que hiciste, más bella. Le agradeces por impulso, al mismo tiempo sabes por qué le das las gracias.

Despiertas y estás sobre eso, una hoja de papel y una pila de libros te resguardan.

La Historia por la playa

Va por interminables derroteros
al punto que es mejor seguir debida
marcha de paso firme y sin prisa
no superior a la de los tormentos.

Se detendrá incontinenti luego;
no espera llegar a la bahía
cuando el sol teme a su guarida
si ponen picos de metal primero.

El embarque se extienden en olas
que ciñen la barriga de la tierra,
no hay parto sin muerte primigenia;

la sal tiene anclas que son las rocas
que son tumbas de las varias maderas
que murieron para estar en cédulas.

La distracción de una bala

Está distraido, le duele y lo sabe, no es muy profesional. Pero la canción y las pastillas, el ligero golpe en la cabeza, restos del veneno que aún no elimina sus riñones; todo en el peor momento para que no logre sacudirse y salvar la misión que ha avanzado por derroteros terriblemente mal. Un clima tropical, tal vez Centroamérica, tal vez África: oye que los terroristas hablan español, se reconforta al recordar que los terroristas americanos son mediocres. Palpa las cargas que tiene en sus bolsillos, una con municiones para su arma y otra con algunos detonantes. Desde donde está sólo ve cinco, pocos para estar vigilando una base importante. No tiene mucho tiempo, pronto notarán que uno de los suyos está muerto y se alborotarán por matarlo. Con todo sigue distraido, desconcentrado para tener una gran efectividad, ser una máquina que no comete errores nunca. Un movimiento de una rama aplastada por un víbora que ha tratado de comerse a un pájaro lo devuelve a la escena, le da el impulso para dejar de pensar y disparar a diestra y siniestra, sin miradas de hurtadillas, de modo rápido e incontinenti. Su puntería fue mala, le dio a alguien en la pierna y a otro en el cuello; el de la pierna herida disparó ráfagas de plomo y venganza, luego murió por otro disparo. El que fue traspasado por una bala en el cuello murió lentamente sin que nadie se percatase. Pero con todo logró pasar al otro lado, al punto que necesitaba para volar el envío que provenía de una célula terrorista del oriente. Al punto tenía que poner las cargas suficientes para penetrar en el concreto y hacer volar el suministro de gas que todo el campamento mantenía. La explosión volaba todo sin pierde. Eran más de treinta hombres los que lo atacaron sin desidia; la cosa parecía en rumbo a terminar inerte. Sólo ahí su mente se aclaró y vio la situación que le se iba encima. Sin tiempo de correr detonó las cargas y todo el terreno se hizo pedazos junto con los enemigos y los armamentos. Horas después se informó a los mandos encargados de la operación que no encontraron ningún detalle del agente.

jueves, 23 de octubre de 2008

Décima al perdón

Con ésta sincera verdad
quisiera hacer a un lado
odios que he alimentado
en los tantos años sin paz.
No quiero decir lo vital
sin antes ser escuchado
por todos los que llamados
han venido sin demoras:
Hermanos, ya es la hora
que apretemos nuestras manos.

El ojo de la playa

Me dirijo en apóstrofe a mi sombra,
paso rumoroso que me acompaña
como la piedra fantasmal del camafeo.
Ambos seres somos la misma cosa
aunada con los hilos de la guadaña
sostenida por la manos nocturna.
La molicie de sus gestos arruina
la holgada vida de vagabundo,
de ciego enemigo de las cosas caras.
Muelle que palpa las olas muelles.
Ahí vamos con singular marcha.
Áureos se ven sobre la playa;
las espadas cortan la gasa azulina.
Un pescador no desea tener alma:
alma quiero de sus venas cautivas.
¿Adónde vamos si no acaba la vida?
Tiene algo de misterio la tortuga.

La que limpia la casa

Temo que no puedo mentirle, y no lo hago.

- ¿Revistaste todo antes que se vaya?
- No.

La verdad es inferior sobre todas las cosas, las cosas que tienen que ver con el dinero. ¿Si no dejó la oportunidad para llevarse algo, qué voy a hacer yo? A lo mucho dejar que se vaya y que vuelva mañana, domingo; debería robarse toda mi casa por hacerla trabajar el domingo.

- ¿Pero ahora qué cosas se llevó de la casa?
- No lo sé, no he visto.

Un soplido a su mechón me indica que no está con ganas. Mi mejor movimiento ahora es desconectar el televisor y correr detrás de ella por toda la casa.

-Espero que no sean los cubiertos, Dios, ¡cuánto amo esos cubiertos!

A mí no me ama, y la comprendo. Cincuenta años, desempleado, calvo, irremediablemente obeso; una personalidad rumorosa que se pasa todo el día en el principal asiento.

-Probablemente se llevó la billetera que deje en la cama, amor, descuida, no fue nada, además hace una excelente limpieza.

No responde, no le interesa confirmar que en la defensa la he querido disminuir. Ahora sus cubiertos y su porcelana son más importantes.

El piso cruje por sus tablas henchidas de agua. El único defecto de su arte es que usa demasiada agua para las cosas que no lo requerían. Sin calzado se siente fresco y hasta agradable sentir un equilibrio entre los dedos. Un madera sin astillas, un poco resinosa (No sé la razón de la resina.), gotitas minúsculas de placer desperdiciado.

-No veo mis platos.
-Me importa un comino tus asquerosos platos.

No sé lo que digo, ¿la acabo de ofender? ¡Qué bueno! ¿Qué sucedió?

-Qué has dicho, animal, esos platos valen más que tu asquerosa figura.

Y se fueron al demonio mis ánimos, junto con la posibilidad de sublevación. Un traje raso que no parece de ejecutiva y que antes estaba en una percha la cubren; una damita de los altos negocios, esa clase de mujeres que se eleva por las delicias de su sexo. No recuerdo el momento que me fui tan bajo...

- No tengo que decirte que es tu culpa, ¿no?
- Así no lo fuera lo dirías, querida...
- En momentos como este dudo sobre la razón por la que sigo viviendo contigo.
- ¿Existe tal razón?
- No, tal vez sea sólo porque tienes razón y limpia bien la entrada. Además no te veo en el nivel de un perro, por lo que me da igual tú o las termitas.

Por un instante dejo de perseguirla. Me doy cuenta que hemos dado vueltas sin motivos, alargando la patética espera de que nuestro viaje pare ya para alejarnos uno del otro. Su voz tiembla, ¿cómo no lo vi antes? Es molesto para ambos el asunto; sin embargo ella me puede dejar, tiene todo para hacerlo, yo no pelearé por esta casa, no tendría que hacerlo. Ella de algún modo se interesa por mí y por eso vuelve, prefiere nuestro infierno a las sábanas de seda roja de su jefe. Es alta sin tacones, es atractiva con ellos, blanca, cabello rubio, un cuerpo que está a tiempo de salvarse de mi influjo, de la enorme marea que soy y que retrocede para llevárselo todo.

-Ya lo he entendido, me voy ya, deja sacar un par de cosas.

Se ha detenido para no mirarme a la cara, darme la espada hace mejor que decirme lo vivido. La quiero, pero ambos nos odiamos como buenos esposos y enemigos. Quisiera no tener que ir a la escalera sin volver a verle la cara, aunque sea la última vez (No es la última vez, las parejas y las que fueron de algún modo macabro se reencuentran.). Antes de salir no me animo a decirle que hice la cena.

miércoles, 22 de octubre de 2008

Arrugada mañana

La vieja está siguiendo al hombre; trata de estar cerca de él para hacer el "contrato". Las personas del lugar están en su suyo, no cree que estorben, en caso contrario ella puede aparentar un tropiezo y una necesidad de ayuda, la cosa es que no sospecharán de una vieja, además qué le pueden hacer por robar. Robar es su ejercicio matutino, el encanto que viene junto con el aire helado de la hora celeste. Su bastón no le impide vivir los despojos de vida que le quedan; siempre quiso ser transgresora, eso la hace feliz. Se acerca lo suficiente y sin contemplaciones mete mano, el calor del saco es el calor del cuerpo, la gloria, un agujero amplísimo, portentosamente incierto: el frío metal la devuelve a la espalda del sujeto, y se ha dado cuenta en el instante que es un policía, además la gente que los rodea son demasiado simples y figurativos para ser gente normal. De inmediato salen los agentes, unos hablan por sus radios, otros le recitan sus derechos, el que tiene las esposas le jala. Se siente triste de no poder empezar bien su día.

Los peores versos...

Tocado el gato gris
expone cola
que se mueve feliz.

martes, 21 de octubre de 2008

El abandono

Escribí el nombre de Natalia a las nueve en punto. Siempre tuve la certeza que era una triste espía, aunque jamás pude demostrar la veracidad de esa tristeza. Como llegó se fue de mi vida; no se despidió para irse a Alaska, por lo que veo en el computador. A ella no le gusta el frío, lo puedo sin dudas afirmar, aunque ya no me fío, a una persona de por sí no se le puede creer nada, cuanto más si son del servicio secreto. Y no me pone triste ver que falta poco tiempo para que deje de sonar la alarma y vengan los militares a sacarme de esto y meterme en una celda de un metro, acusarme de entrar ilegalmente a la base de datos de la nación; yo, un experto en programación, ¿qué más espero de eso? A ella la entrenaron muy bien como para enamorarme, para matarme de un tajo cuando se marchó y acabó con lo que vivió conmigo: probablemente lo que más me exaspera es no saber qué fue lo que realmente sintió, mis besos, mis deseos, mis planes, ¿fui solamente usado?, ¿no hay un poco de amor en todo esto? Tratan de derribar la puerta, y cada vez que lo hacen me convenzo que no.

Preludio del silencio

Cayera Roma,
Grecia se callase...
Arabia sometida a los pesebres,
África sin gente,
América y su mundo de rapaces.
Ausencia de grano en el desierto:
no plantas, no verdad ni justicia;
el estómago prieto como un puño.
China alimenta con carbón a príncipes
que asisten a escuelas de todo el mundo.
El mundo es algo de selva y cervatillo,
cascos sucios para salvar la cabeza.
Las odas y artes son zafarrancho, tonterías,
un amigo literario es una hiena:
es feliz mientras dura nuestra pena,
el bocado austero, la flama decreciente,
Grecia y la ausencia de poetas,
de lectores, de comida, de sueños inocentes.
¿Callará el mundo por completo?

Tomarse una foto

Una pose extraña para unas formas de negro, gris y blanco del recuadro, y es que la cámara no le quita el color a las cosas, porque hay que tener en cuenta siempre que la luz es la suma y no la resta, que la sombra es un obstáculo y no un propósito. Propósito es creer que puedes dominar un banco, por lo menos contentarte con su secuestro; es probable que si esto pasa sobrevivirás un menor tiempo en comparación con los demás, pero no importa, es una razón para levantarte todas las mañanas y tomar café, o soñar... A veces los sueños son un impedimento. Un hombre sueña con una vida perfecta, pues la idea de perfección ha calado en el fondo del cerebro como algo final, realizable: sólo los que entienden de verdad el mundo saben que la muerte es un paso más y no el fin de la carrera (secreto de la extraña metafísica de las cosas). Soñamos para hacer ciertas cosas, o, mejor hablado, para olvidarnos de otras. La gente es lo mismo, todos quieren tener un pan sobre la mesa o un extraño al lado, el tiempo no es certeza. Pocos saben que si dejaran a esa persona, al pan o al cubículo donde se gastan por años, se volvería hacia atrás para darse cuenta que van por mal camino, un camino de imposiciones que no tiene ni avanza a un lado, una especie de círculo por el que logramos ver el lado ya recorrido, la posibilidad de una vida alterna que nos emboba cuando nuestro cerebro se aburre o se enfría como el pan tostado sobre un plato azul y monótonamente ridículo. Hace falta ver las fotos que se tomaron antes con las de ahora: la ligera diferencia salta a la vista, unos seres que se ven odiosamente bien y que sonríen porque si no los hacen a un lado. La tiranía de la felicidad de al por mayor, de la última cámara digital que además saca fotos en blanco y negro, la familia que no tiene una idea muy clara de por qué está donde está, ni la esposa que sabe a ciencia cierta sobre compartir la cama con alguien desconocido. Moralistas, facistas, racistas, pobres (palabra que rompe con todo lo que pasa). Mejor tomar una foto.

lunes, 20 de octubre de 2008

Dos caras

No puedo juzgar la sonrisa de la gente,
pero puedo criticar que esa sonrisa
tenga más de coco que de referente.

Y me pueden criticar toda mi vida,
yo no rasguño el dolor que es esplendente
aunque calmado de la ira.

La bienvenida

Fue hace cinco años que nos separamos sin gloria ni penas, como debe ser cuando alguien no muere ni vive junto a su otro, la mitad que siempre falta. Ella había sacado la mejor nota en geografía, y el chiste era que en una tierra con tanta variedad en tierras, territorios, fenómenos terrestres, no hubiese una especialización para ese campo. Los gringos sin pensarlo la llamaron, le dijeron vente para acá, aquí nos interesa lo que sepas y lo que seas capaz de dar, olvida tu mundo relegado en tus tierra y embárcate a nuestro famoso sueño; yo la convencí de ir y no ese gringo idiota con el que gestionaba y que más parecía interesado en acostarse con ella o en decir que eramos seres nacidos del pantano. Sin darle importancia a eso nos despedimos con poca solemnidad, una maleta, una ropa improvisada para no morirse de frío por allá, llevarla hasta el aeropuerto desde su casa, prometerle de todo y decirse cosas que eran necesarias porque tal vez morirían estando en la enorme separación o ausencia, etc. Yo la esperé aquí obedientemente, ella no, y eso ni siquiera ahora me importa, pues no esperaba que lo fuese, hablo de la fidelidad. No tengo tiempo para pensar en esas cosas porque ella vuelve después de cinco años y muchas experiencias siendo distinta y al mismo tiempo igual; por lo menos seré capaz de reconocer un espacio que dejó apartado del inglés y su mundillo. La amo, la veo con emoción al bajar del avión con el mismo traje que se fue con ella al extranjero, la amo cuando me ve y sonríe: es la misma chica de hace cinco años, pero tan distinta, ¿qué se hace con la ambigua realidad?

Paso de luces

Sentados en la vida
hemos visto marchar a las auroras,
pasar siempre seguidas
sin detenerse en horas
buenas para reír cuando se llora.

Las lágrimas olvidan,
y tarde para rogar las corolas...
Pero el tiempo prima,
y es ir como olas
que se mueren en la playa: las rosas
(Nuestras.).

Entre la pregunta y la respuesta

¿Duermes? Con la cabeza apoyada a la casaca la miro girando de mi asiento: sonríe sin arrugarse la cara o caerle el mechón de la coronilla. Dicen que todas las mujeres son iguales cuando están echadas, eso no lo creo. Tiene algo de ángel y poco de fantasma, lo demás de la cuota lo cubre ese sentimiento que la hace una princesa durmiente que no rueda y cae en la parte baja de los asientos a la vista de cualquiera. La quiero y se lo he dicho mucha veces, en especial cuando tiene el cuello torcido y la cara mirando a un lado de la habitación, acurrucada y libre del tártaro de la noche. Hay una palabra que reune lo que quiero: connubio. Es una palabra rara que no se oye, pero que figura en el diccionario junto con toda clase de palabras. Tu nombre es una palabra, mi nombre tal vez, a veces pienso que es una roca que planto en los documentos de las oficinas burócratas. Probablemente demoraríamos mucho para casarnos, lo suficiente o lo necesario para que des marcha atrás, en el mejor de los casos te resignas y no me abandonas como a los otros, porque yo sí me quiero quedar a que me toques con tus zarpas o me dejes oler tu cabello; quisiera vivir siempre contigo...

-No, mi amor, ya no duermo...

domingo, 19 de octubre de 2008

Sin candado

¿Quién calla a la bestia?
No la voz del hombre,
ni la de Dios omnímodo,
ni la del psicólogo,
no la de su consorte,
no el amor propio.
No tiene candado la bestia.

Papel mojado

Lo peor es el detalle, piensa, ese margen que los versos nuevos van presionando para ceder el lado vacío de la hoja; feos, con letras poco redondas y el lapicero de trazo muy hundido, uno que otro agujero o tachadura en la hoja, lugares mojados, sudor, ¿quién suda con este aburrimiento?

Ella suda, sin saberlo me responde; cambia constantemente de pierna, derecha, la otra, está inquieta por el rosado de sus mejillas, cara redonda con cabello que le tapa la nuca. Siempre me da pena no tocarle la nuca, incluso las veces en las que le aviso algo están exceptuadas de toques curiosos en la nuca; sus cabellos son una molestia, no puedo ni tocarla sin moverlos, y es el problema de sentirse al tratar cabellos como una bomba que debe ser desarmada. ¿Por qué está nerviosa? ¡Qué me perdí ahora de su comportamiento! Yo y mis estúpidos poemas que no me llevarán a algún lado. Alguien mira hacia aquí, espera con toda seguridad una respuesta.¿Marlon? ¿Ese idiota que no se sabe bien la tabla y que ama las peleas de gallos? No es posible...Antes tengo más oportunidad de llevarla a la cama.

Sus piernas se frotan, eso me molesta de una chica tan casta, de iglesia y de buen hogar, que lo haga la acerca a las cualquieras, también se me ha ocurrido que no puede a nadie gustarle ser una cualquiera. Escribe una nota que no alcanzo a ver desde donde estoy; debiera pararme, pero no le veo razón (mejor dicho, no le veo excusa o ciencia).

El recreo: Salen todos, incluso yo, y me pongo fijo en uno de los sardineles que está allá afuera. Ella duda, se acerca paso a paso y le entrega a carta, se va. Para mí se fue más lejos que la tierra.

Sólo basta una farola

Sin remedio había perdido toda la esperanza. Una farola y un sol almo que se deslizaba por las paredes carcomidas de humedad y orines: esto, no más, hacía falta para que caminaran por los jardines desechos de la zona más bonita de la cuadra, aquellos seguían siendo feos; pero ella les daba una belleza que iba bien con el descaro o las apariencias. No me atrevo a llamar ilusiones a lo que, tal vez, ni siquiera lo fueron. Y es que ella nunca me dijo su nombre en las tres veces que reuní el valor de hablarle, escondiendo en mis palabras tontas los deseos que sentía por ella, deseos raros de la mente y el cuerpo. Su sonrisa siempre me acompañó en esos instantes de tormenta: tal vez me excedí al confiar demasiado en esa luz. La luz no igual a esta que me quema la cara o que mata las flores que nadie riega, siempre están pervividas esas flores. El amor es lo que no pervive cuando uno despierta del letargo, no con algún rayo, sino con una nube opaca que tiene la forma y el nombre de otro, alguien que desconozco, pero de quien deseo la peor de las muertes. ¡Es tan complicado no agredir de un modo cobarde al fulano! Su brazo la aprieta contra él, el mío sólo es franqueado por una brisa helada que va al aquilón de la ciudad. Ellos también parten a alguna parte. Los sigo porque un arpón invisible me abre las entrañas y me jala hasta sus remos, posiblemente no suyos, sino de una verdad inexpugnable de la que ellos, yo, el conductor que para y les avisa para llevarles, pertenecemos.

sábado, 18 de octubre de 2008

Labios pintados

- ¡Por Alá! Qué te has puesto mujer...¡Han hundido tu decencia hasta el suelo!- gritaba un conservador del islam poco antes de ir hacia la chica que tenía lápiz labial en los labios y esmalte en los dedos, también una ropa informal, alejada de la burka que toleran esos hombres. Antes que él la maltratara frente a otros que no se decidían si debían ir contra la defensa de las imposiciones de Alá o contra aquel tipo que sin miramientos la abofeteaba. Una persona entre los que miraban fue hasta un metro de él y le dejó una jarra con gasolina; el mensaje era claro y en nombre de su señor él conocía lo que tenía que hacer: por eso le roció a la chica para prenderle fuego, algo que no negó cuando la policía lo interrogó.

Oda a la lupa

Eres ojo enorme
y diáfano a comparación odiosa
de mis austeras orbes
de café sin la gloria
de levantar consciencias poderosas.

Tú no gritas la planta
y ésta no se hace mucho más grande:
mueves en la mirada
los rayos generales
para formar efectos y gigantes.

A ti te deben genio
los que practican las totales ciencias,
y es en ti ingenio
ser parte de sentencias
que enrumban hacia altas conciencias.

viernes, 17 de octubre de 2008

El truco de la piedra

- Ya es hora, mi vida, vámonos a la cama.
- En un momento, mi amor...

Los dos esposos estaban con sus batas y listos para acostarse después de un pesado día de haber cuidado a sus hijos y haber ido al trabajo para solucionar problemas ajenos; el esfuerzo había sido complicado, pero todo terminó bien y estaban contentos, y como un buen matrimonio querían irse a dormir.

Una piedra entró atravesando la ventana que en ese momento estaba cerrada.

- ¿Qué pasó?- preguntó la esposa con la cara llena de jabón.
- Quédate ahí un rato- dijo un asustado esposo que sacó de su cajón un arma y avanzó con cuidado sobre los vidrios hasta afuera, donde pudo ver con claridad al novio de su hija con un ramo de rosas y un traje de motociclista: no le fue difícil entender que la piedra era para avisarle y salirse o para entrar sin permiso, esto último no le gustó, y por eso le advirtió que si lo veía le iba a destrozar la cara, aunque en verdad quiso decir en vez de eso sexo. El muchacho vio la pistola y partió de inmediato. Al matrimonio sólo le quedó por el frío buscar otra cama.

Domingo

La cita fue un domingo; le avisamos el pasado, pero luego nos llamó para advertirnos que era imposible el domingo. Tuve que llamar a todos para decir que era otro día que no sea domingo, ellos obviamente se quejaron: era el domingo o nada, alguien sugirió que lo sacáramos, pero sin él tampoco era algo. Era un gran problema no podernos reunir el domingo, así que todos intentamos llamarlo, eso resultó para que nos reuniéramos ese día, pero de otra semana, y otra vez algún indispensable no pudo; fue ahí cuando uno de ellos nos mandó al diablo, obviamente que lo mandamos al diablo también. Pero al poco tiempo volvió, lo perdonamos, creo que hizo lo mismo. Ya todos juntos tuvimos que ver qué domingo nos juntábamos, y es que ese día se hubo de tornar inalcanzable para esas expectativas; claro que yo, siendo la organizadora, estaba barriendo todos los platos, aparte tuve que recurrir a drogas y a mi marido para controlar otras cosas que había descuidado en mi vida, como bañarme y almorzar. Fueron días muy difíciles, los peores que he tenido en esta profesión: los medios no me dejaban de recriminar ni siquiera cuando podía ir al baño. Era una cosa tan necesaria y benéfica, no soportaba el momento de renunciar y dejarlo a todos mal parados; yo era la única que se había dado el lujo de no hacer eso, y simplemente ya me estaba cansando. Lo extraordinario es que no pasaron ni dos minutos cuando los que faltaban llamaron y me confirmaron la cita: creo que me excedí con los halagos y los ofrecimientos que por pudor no voy a repetir. Lo bueno es que la cita se dio en sábado a unos minutos antes de la media noche, casi domingo para algunos con el reloj adelantado; fue una velada que se extendió al amanecer y gustó a todos. Simplemente estoy feliz por eso.

Oda a la falta de ejemplos de oda... Un caso

Despierta sobresaltos
el no hallar por el largo camino
odas de pies muy altos
que toquen con cerquillo
la gasa azul de un cielo primitivo.

Cuando no veo llantos
en el mundo rodeado de niños
preocupo al pasado
para ver do a ido
el futuro de amor sin vacío.

Tal vez a nuestro labio
los ríos de sal se han extinguido,
rumbo innecesario
de penas sin sentido
que desembocan en el mar sin brío.

La ausencia de varios
cuerpos poéticos y de caminos
hacen de estos malos
más pobres y perdidos
al buscar rumbo de lo merecido.

jueves, 16 de octubre de 2008

Litografía

Sobre una de la ramas del tengo un duque practicaba algo de la clase de litografía que había sido hace un par de horas, y es que el inútil de las expensas y los negocios era diestro con los colores y las arpas que a veces parecía escuchar en un viento feroz de tormenta. Matando el tiempo sobre un árbol durmió, y despertó al sentir el roce del vestido de zaraza que interrumpía su hora canóniga. Era muchacha muy guapa, delgada y con el color y la piel oscuro, un rostro bello para una muchacha, completamente fuera de lugar; eso lo sospechó para deducir al instante que se hallaba en otro sueño, completamente distinto al de la prisión y su pitanza horrenda. Los pájaros eran felices y cantaban, él cantaba en su interior con ellos para que el canto tuviera forma humana y sorteara pasos fulgurantes de la soñada mujer. Ella bailaba. Y todo era hermoso, tampoco nada hacía falta. No obstante, él quiso más: quise tocarla, comentarle el canto de nube a sus soleados oídos, darle un beso, ¡ay!,descaro... Su mano se estiraba hasta donde llegaba, el resto de su cuerpo avanzaba igual que un gusano; en la punta de la rama él parecía poder estar más cerca, alcanzarla luego de haberlo dicho y que sus labios no soltaran las palabras. De tanto pedirlo no se percató que resbalaba hasta el corto abismo y despertaba al instante que se rompía en el suelo su mano.

Soneto al sacrificio del enamorado...

Irá bien la esclava en mi mano
que no tiembla ante bien seguro
por saber que entre los ambos muros
la distancia sideral y un vado

libre de expensas, de blancura harto,
deja escape libre hacia el futuro;
de joyas y trofeos siempre dudo
al estar como hoy enamorado.

No te confundas si muerto el intento
yo me hago de ti a un vasto lado:
es por saber que aleja tu tormento.

¡Muera mi sangre y el Dios sin cuerpo!
¡Abajo las guerras para los amos!
Que sea todo liberar el beso...

El meteorito

Por la televisión pasaban noticias sobre un meteorito que en ese instante pasaba muy cerca de las costas de África, y por algún hecho que desconozco todos los presentes en la tienda lo consideraban trascendental, por lo menos interesante; sino no me explico la cantidad de caras hipnotizadas que observaban sin distracciones aquel canal. En esas condiciones no es extraño que una mujer profundamente trastornada por la pérdida de su hijo que camina sin intenciones por ahí vea y piense que hay grandes posibilidades de cometer una locura: la madre, aún gorda, ve igual que todos la cola de fuego, las cámaras están desconectadas (puede verlas desde ahí, el vidrio del escaparate no pone impedimentos para hacerlo y notar que entre los más curiosos, los que están más cerca del aparato, se halla el técnico cuya labor consiste en repararlas), nadie la ve y nadie se interesa por el pequeño en su cuna, distante a unos pasos de su madre que sostiene un par de cajas de leche al momento que piensa asombrada sobre la posibilidad de recorrer el universo como uno de esos microbios que aguantan ese azulado fuego. La idea en consistente e improvisada: puede regresar a casa antes que llegue su esposo, tomar el arma por precaución e ir al banco por algo de plata, viajar a una cabaña que se alquile por los lados tramontados de la ciudad y permanecer ahí hasta que otro ente espacial colisione con nosotros y pueda permitirle a una madre criar a un bebé que no es su hijo. Y si la atrapaban no importa, estaba loca al final de cuentas... Sus abarcas hicieron un ruido sordo cuando golpearon las láminas de piedra, esto la asustó y casi la motiva a volver,felizmente no se había enterado nadie. Como si caminara por fuego levantaba mucho sus rodillas, los pies los hacia descender lento, sin ruido. La señorita de la televisión avisaba que en cualquier momento iba a salir el meteorito de la tierra: debía apurarse, y eso hizo. Con el bebe en manos y una distraida madre se perdió en un callejón que estaba cerca de aquella calle, yendo por el lado derecho para salir por una arteria un poco más grande, debido al paradero de taxis que ahí servía. Tomó uno con dirección a su casa; más adelante, cuando el chofer le hacía un comentario dulce sobre su bebé, ella le dio las gracias.

Minutos después de terminada la difusión del meteorito una madre en uno de esos mercados pequeños de los suburbios de la ciudad gritaba y se revolcaba de desesperación por la pérdida de su hijo.

La puerta

Prefiero la oscuridad
para hablarle a un amigo,
invitarlo tal vez a sentarse
para que pueda oírme con claridad
sobre sus defectos, sus virtudes
y todas las cosas que molestan de él.
Claro que él no sabrá de la amistad
y dirá que estoy haciendo estupideces,
que prenda la luz y que vayamos ya.
No dejaré que abra la puerta de su fuga
y que el aire nocturno lo haga más fuerte;
pondré una silla entre nosotros
con la esperanza que no la pueda pasar:
preferirá la luz,
pero tendrá que conformarse con su sombra.
Ese será el primer movimiento para acorralarlo.
Quieto buscará salida,
un flanco a mi costado que esté débil,
saltarán a su memoria las costillas
que me hicieron daño cuando me dañaron.
Cometerá bajezas, hasta falsos testimonios
en contra de quienes lo atacan.
Sin embargo, se cansará en cualquier momento,
cederá sin más al abismo:
la elección de arrojarse o ser bueno.
Él no se lanzará, no es como yo.
Habrá dejado las drogas, las mujeres, los hijos;
será un hermano, alguien más
a quién no conozco y acerco la puerta.

miércoles, 15 de octubre de 2008

La idiota

El momento aciago era ese. El silencio incómodo entre la media oscuridad y las velas. Ella esperando que deje de estar quieto, que en el fondo la haga sentir mal porque está bromeando y tiene algo conseguido de algún modo, un ramo, una pecera, un regalo inmaterial. El tiempo se la come y él es inmune contra tiempo, su desfachatez lo supera, sus nervios son algo aparte, culpa de no poder acostarse esa noche desafortunada con ella. Su dolor llega hasta las lágrimas y al silencio no lo supera: se levanta y camina hacia el otro lado, él no la sigue y ella no lo espera, no como en otras veces, ya no más oportunidades. Le dice que lo que le dio que lo devuelva, que coja sus cosas o sino que simplemente se marche. Como dije él es demasiado cínico, muy piedra. Se acerca sin complicarse y la sujeta, le roza la cintura, y se disculpa con su mejor actuación. Y lo peor, y lo peor es que ella lo cree.

Dos cuerpos

Antes de hacer el amor los hombres plantígrados
zarpan el cuello de las gacelas femeninas,
muerden el hueso hasta tocar la médula,
y el resto de carnes están ahí servidas...
La hembra busca en los dientes un consuelo,
el rato preciso para romper en llanto;
no temen las caricias que ponen roja la piel
ni los muslos manchados con vida imperfecta.

Improvisan un acto durante ese tiempo,
puede ser frío, puede ser caliente,
incluso puede llevar un mameluco rosado
quien se anime a dejar sola la frente.

Luego tienen que escapar las dos arañas
antes que se coman entre ellos,
una excusa perfecta para volver a casa
con los hijos y con la esposa igual infiel
es dejarle una nota o una tarjeta marcada,
de esas que se olvidan en los escaparates
y en las manos de la gente perdedora.

Los dos mamíferos ocultarán sus troneras
y levantarán sus pendones: el hombre
no se lamentará la inundación de una tierra,
ella tal vez, tal vez llore, y se sienta
feliz por la conquista de su pena.

Improvisados

Y es que entonces todos estábamos locos. No era para menos, como se puede notar al ver solamente las lunas, y es que los del aeropuerto modificaron de un día al otro la ruta, ya se imaginarán el susto al oír el sonido de un avión pasando cerca de tu casa. Y es que saltamos, sin duda, también pensamos que era el vecino que otra vez fregaba con sus cosas de ingeniería, claro que al ir y ver el vecino estaba como nosotros, sólo que temblaba como si tuviera miedo de que un avión se le mande encima, aquello era ostensible. Y al momento otro, y otro avión más que cruzaba por nuestra zona cada cierto tiempo. A uno de nosotros se le apareció la idea de que una razón poderosa había obligado a los aviones a despegar por otra ruta, tal vez una amenaza terrorista, una toma a la torre de control, un posible intento por hacer colapsar unas decenas de naves contra objetivos valiosos. Prendimos la radio, la tele, algunos llamaron a la policía: nada. Fue ahí donde empezamos a estar mal.

Muchos, tal vez previendo lo que iba a seguir, se largaron donde pudieron, o nos dejaron a nosotros solucionar el problema; por supuesto no íbamos a mover un dedo por gente así, ¡se habrá visto! Llamamos a las autoridades y nos encontramos con las primeras piedras: burocracia, encubrimiento, sobornos. Pasaron días para podernos recuperar por un último instante de aquella presión y darnos cuenta que nada de lo que hiciéramos iba a hacer que terminara por las buenas. Sabido esto lo único que se nos ocurrió fue sabotear: con el ingeniero que se había quedado -y que le había agarrado mucho cariño a mi hija- planeamos un atentado contra el aeropuerto. La cosa era simple: ir, entrar, llegar a la torre de control, colapsarla, y el resto, que sospechábamos y que era nuestra condena. Y eso hicimos, increíblemente nos preparamos con nuestras cosas y fuimos hasta la pista, entramos con un par de alicates y fuimos hasta la torre, nadie dijo ni hizo nada, como si el destino nos pusiera ahí para hacer una catástrofe. Nunca en mi vida entendí tanto como en ese momento sobre la desesperación del terrorista, a que sí... Antes de la media noche detonamos las cargas; no nos fuimos, nos quedamos a ver ahí, seguros contra el fuego; lo nuestro era venganza, no morir.

Según el juez matamos a muchas personas en ese momento, hicimos perder millones a las empresas privadas y además pusimos en alerta máxima a toda la ciudad y a los puntos importantes de la nación. Aunque sea interminable la condena, no creo que alguna vez tenga la capacidad para explicar una acción tan rápida, no si tengo que comparar con mi pedido y con el pedido de los intereses económicos y políticos que pedían sin más nuestras cabezas. No, ahora estamos separados y cuerdos, aunque no signifique nada.

Juego de niños

Todos saben engañar a un párvulos,
pero ignoran como mantenerlo con vida
sin hacerle un metafísico daño
o sin darle la leche de ubre envenenada:
No saben las consecuencias del tálamo.

Por eso los padres nos arrojan al parvulario
como semillas que deben crecer sobre piedras;
la vesania de creernos autosuficientes
o el chantaje de quedarnos en la casa,
en los cuartos donde dormimos tarde,
pintadas las paredes de albayalde
(El plomo se luce, se respira, se quiere.).

No entienden que el túmulo llevará sólo sus restos,
lejos de nosotros en las noches pesadas:
¿Cuántas estrellas se comen a la luna
en esas noches donde las cortinas no son blancas?
La respuesta se halla en el grafema de la muerte,
la muerte en cuanto al abandono de la casa,
al encargo del guardian de la nieve;
a la vida que se equilibra como balanza.

martes, 14 de octubre de 2008

La carta

-Mírame y presta atención. El asunto es simple: Vas a esa casa a tocar el timbre, esperas que alguien salga y le das esto, de preferencia busca al hombre de la casa; ¿me entiendes?
-Y si lo hago me das ese billete.
-Te lo doy ahora porque confío en que lo harás, aparte te voy a estar mirando.

Se fue hacia otro lado. El chico quiso leer la carta, pero recordó que él lo estaba mirando, así que no se tomó más tiempo para alcanzar la puerta y accionar el timbre. Salió un hombre algo, de mentón agudo y con barba negra y blanca; era algo fuerte y su pose le daba un aspecto por demás temido. Le alcanzó el encargo sin decir más; el señor leyó el sobre y lo abrió, oliendo que todo eso tenía algo que avanzaba mal, llámese instinto. En segundos las manos que sujetaban la carta iban aumentando la presión, y los ojos se iban hinchando de pequeñas venitas que se notaban. Insultó al muchacho y con la mano donde permanecía el papel lo apretó bruscamente del cuello. A lo lejos el remitente sonrió: lo había conseguido. Sin ser visto llegó hasta un lado de la casa, en donde una chica de su misma edad le esperaba para poder salir.

-Vamos.
-¿Qué hiciste para que se distrajera?
-No preguntes mis métodos, si nos demoramos a Miami no podremos ir.
-Me gustaría decirles...
-A mí también, no creas que me divierte lo que hago.

Se escabullían al momento que el padre de la chica le daba puñetazos al muchacho que tenía entre sus dedos, quien con los ojos morados podía leer algunos insultos escritos en el papel.

Rabieta...

Es irremisible llegar tarde después de que has pasado todo el día apurado. No obstante los cambios del mundo hacen que lo que vista hace unos minutos deje de ser eso y pase a otra cosa muy parecida, pero para nada semejante: ahí el corazón de la vida, esa pequeña esencia cambiante de partículas que arrastra a los despistados a la desesperación o al olvido... Pasan los minutos y la molesta sensación de no haber escogido adecuadamente aún incomoda, también el reloj digital que no deja de cambiar de números, cambia y consigo se lleva a millones de textos que uno quisiera leer pero que rápidamente se agotan, desaparecen o van a parar a un servidor secreto del gobierno norteamericano. Que Fuentes, que Pavese, que Puchkin, Vargas Llosa; tantos escritores que desbordan la vida de los lectores, de los pocos que guardan el interés de seguir fructíferos pasos...No obstante es otro tema.

lunes, 13 de octubre de 2008

Basura

El helicóptero había llegado a la hora acordada, cargando montones de basura de todo tipo. Era una hora convulsionada, a nadie le parecía del otro mundo ver que volaran.

Cuando estuvieron exactamente sobre la casa el dueño de la idea le indicó al piloto que se estabilizara; a su novia le daba un poco de vértigo asomarse a la puerta corrediza que se encontraba abierta en su totalidad; se quedó sujeta al mejor lado, y eso su novio lo notó, pero no le dijo nada. Entre los que estaban ahí acercaron las bolsas de basura a la salida, se vieron entre ellos y las patearon: cayeron igual que bombas hasta el tejado y el patio del congresista que en ese momento trabajaba en su estudio. Al escuchar el ruido salió y encontró el desastre, también varias pancartas que transcribían algunos de sus discursos sobre lo inocuo de los desperdicios.

Décima la los enredos de una boda...

Los convidados que crecen
ni bien empiezan bodas
son los mejores que roban
la elegancia de reyes;
no andan como se debe
ni son libres de pecado:
adiós los bellos bordados,
las solteras de la novia
(Muchas veces se la obvia
a novia misma de raptos.)

Décima a la elección de acciones

Buena la conversación
y mal esta canallada
de hablar con nuestras anchas
con el apuro del reloj.
Sus dos lanzas un león
teme por muerte muy lenta,
las acciones se le sueltan
al desgaste de una vida
que escoge sin medida
de todas una acción

Viaje al centro del trabajo

No era inevitable estornudar en la nuca del que estaba a su costado o en la coronilla de la chica desubicada y boba que se acerca mucho a ti con el short y su bordado muy cerca del inicio de las nalgas -de abajo hacia arriba-, sus audífonos recargados de música y su cara guapa de despreocupación colindante con la dulce idiotez. Sin embargo todos se embarraban cuando sentía las fosas nasales calientes, molestas por la humedad del clima; dentro de esa conserva un enfermo está entre los pies o los brazos de alguien que no conoce, tratando inútilmente de empotrarse o no caer al momento que se detiene el vehículo... Un vendedor de banderolas enarbola algunas con su mano adentro del vehículo, una señora le compra y todos nos jodemos a un lado. Miramos de reojo a los que hunden sus dedos incómodamente en la ventanilla, ellos nos miran temiendo que estemos enfermos y que les podamos contagiar de algo lo suficiente dañino en términos económicos como para mandarlos a cama por un par de semanas. El tipo no puede evitar contagiarse, tampoco no tener ni idea de dónde guardar sus estornudos (Se comenta que estos pueden producir ataques cardiovasculares y cáncer.), la cabeza ardiendo y el odio de presentarse en su trabajo impiden hacer nada. La chica que no sabe que tiene todo su cabello lleno de saliva y moco expulsado como un chisguete, y el otro que está molesto porque le bañaste la mitad del cuello y la cara. Sin embargo ahora hay una banderola y un sombrero que nadie reclama en el piso, gente que empieza a quejarse ya, un novio que no tiene amigos y un amigo que no tiene una novia; el retraso, la falta de puntualidad, el futuro que reclama, todo: y finalmente para el vehículo.

domingo, 12 de octubre de 2008

Nueve versos, otra vez me comí uno...

Boca de oro su mente
en la tarde de domingo,
un par de tragos, amigos,
para quitar lo renuente.
Los libros para las gentes
deben estar motivados
por intereses más amplios
que algunos cuantos cheques
de la fama mal girados.

Noche de nieve

Noche de nieve
blancos caminos,
copos sin miedo
a nuestros hipos;
traen estrellas
a los bolsillos
para tener agua
aparte del río
y para tener fuego
en los dedillos.

Noche de nieve,
sendero infinito:
¿la carrera invernal
lleva renos consigo?
Campanas pequeñas
tocan en mis oídos;
el común muérdago
y su abrazo debido
hacia lo que fui antes,
cuando éramos niños.

Noche de nieve,
matanza de hijos:
regalos y terciopelo
para amantes y amigos.
Algunos licores buenos
para buenos ejecutivos,
y algo de verdad
para el jubilado maldito.

Noche de nieve:
el eterno resfrío.

Noche de nieve

Metido, igual que una lacra, dentro de la garita, apretujaba su uniforme de arpillera a unos grados menos en el tortuoso frío invernal; además trataba de memorizar parte del dialecto dórico para su prueba de la universidad. Era la quinta semana que iba en su cuenta mientras que no había dejado la queja de haberse, desde el primer día, un lunes, equivocado al aceptar el puesto que tan mal fama tenía entre sus compañeros igual de humildes. Y es que la paga no era mala, incluso la mísera garita no lo era, lo peor sin duda estaba en el lugar donde se albergaba, parte no muy poblada de edificios altos, dominada por tempestades continuas que helaban con su frío. El contrato era de seis semanas, y él ya no podía permanecer más de cinco: su límite con el invierno se desbocaba.

Justo por aquellas horas una muchachita mimada caminaba por esa zona, molesta por una inútil discusión familiar. Su camino, sin que ella lo supiera, se había tornado en hartas horas de arder de ira y de caminar sin rumbo por las siempre maldecidas calles de la ciudad. Solamente con un abrigo regular avanzaba, cada vez más insegura de sus acciones, total, una pelea no debería valer el fin de una familia. Sólo en el vórtice en el que desembocaban las cosas de su vida podía conciliar la verdad por la que avanzaba en esa zona de largos viento y gélida. Al por fin entenderlo detuvo su carrera y vio el entorno del lugar: un espacio con nieve mal cuajada y con gotas que viajaban como diminutas bombas hasta la irregular acera; un espacio sin puertas o ventanas, tal vez el borde de algún distrito. Vio la garita y fue hacia ella sin ninguna otra razón que volver a casa.

-¿Disculpen, hay alguien adentro de allí?- cuestionó con un tono sobrado.
-No, mi reina, no hay nadie; y te responden los fantasmas de hielo- respondió el chico que la había visto desde que entró bordeando la primera casa de la calle.
-Me imagino por tu respuesta que los muertos no tienen gracia.
-Viniendo de una viva como tú lo tomaré como un cumplido.
-Sal ya, quién seas, necesito volver a casa.
-Muy bien, es así de fácil, cuando dejes de ver casas miserables sabrás que estarás cerca.
-¿Me habla un resentido vagabundo?
-Quizá, quizá... Las niñas ricas y solas no deben andar por estas casas, aquí la riqueza se considera una injusticia o una insolencia. En el caso de tu vocesita sobrada lo segundo.

En eso un viento potente e infinito se metió en ese terreno, empujando a la chica que se tambaleó para no caer sobre un charco.

-Qué esperas para venir acá, ¿quieres ser un hielo?

La muchacha entró y se encontró con el chico, y este la vio mejor: era guapa.

-Aquí no entramos los dos juntos: ¿Cómo hacen para crear cosas tan chiquitas?
-No debe ser complicado, está acorde con el tamaño de las mentes de los que crean.

Se vieron un rato fijamente sin rivalidades, sin nada que nos diferenciara, un hombre y una mujer con problemas en un abismo de hielo.

-Me llamo Urania; perdón por haberme mal portado.
-No hay cuidado, hacer remilgos es cosa de la gente vaga. En eso tienes razón, somos unos vagos.

A ambos les hizo gracia, se acurrucaron y olvidaron el porqué de sus problemas.

sábado, 11 de octubre de 2008

El jardín de la infancia...

Los niños saltaban, imitando a las ranas que observaron horas antes en el lodo del lago. Los adultos departían sobre negocios y política adentro de la casa, en lo mejor de la fiesta organizada por el embajador de Alemania. Hacia un buen rato que había llovido y ninguno de los grandes se había percatado, como tampoco lo hicieron al momento que dejó de llover. Todos estaban unidos sin remisión en un ambiente adulto, instintivamente cargado por los interés comerciales de los muchos que se hallaban presentes, olvidando que lo peor de las cosas adultas son los niños, henchidos siempre de alegrías simples y fantasías completas. Personitas de siete u ocho años imaginándose con ancas, con bocas sin labios y capaces de saltar el triple de su peso; no era culpa de ellos que sus atavíos presuntuosos e inservibles se viesen embarrados por el lodo que acababa de formarse en un desnivel del jardín que tenía gordas rosa blancas bordeando las esquinas de la cerca. Pequeños seres de diversas nacionalidades y asombrosas diferencias jugaban sin considerar algún pedazo de la ingente historia sangrienta de los miles de años del ser humanos (Por eso estoy aquí, libre, pero arruinado, rescatando fragmentos hermosos de mi destructiva existencia.). Para finalizar esto tengo que decir algo sobre el poder de la imaginación en los pequeños, aquel que en los adultos roza con lo ilegal y lo malo, capaz de superar los límites de la realidad: el gran punto de la evolución humana.

Para realmente terminar podría escribir un final fantástico, como que, ante la desidia de sus padres, una fuerza superior los convirtió en sapos (no ranas), y podría continuar relatando una terrible historia con toques de canibalismo. No obstante, lo que es verdad tiene más fuerza física que todo lo que tenemos adentro (He ahí la simpleza del cuchillo.), y por tanto tengo que decir que la esposa del embajador de Alemania se percató del hecho y corrió para resguardar a sus pálidos hijos con un respectivo caftán.

Nueve versos, me comí uno...

No dude pobre o rico
que el mundo es planeado,
siendo a voluntad premiado
el segundo que he dicho.
Nace con oro al flequillo
para comprar sin delito
el respeto bien tirano
hacia todos los gusanos
con lodo en el cerquillo.

Décima al hambre del poeta

Creo que está muy malo
el hambre del decimista
que sin cruces ni bocado
aprieta la pluma, vida...
Y es que nadie estima
la dificultad del verso,
e ignoran el reverso
de la moneda brillante
que sin pasar por delante
al pobre manda al rezo.

Todo agua

Soñé que a todo el mar debía
por estar en sus entrañas de verde,
junto con las vastas lenguas celestes,
las lenguas calmas de toda la ira.

En eso desperté mietras dormía,
asombro llenó pulmones silentes
que sintieron sal entre mis vertienes
de sangre, lágrimas, melancolía.

Fui feliz a un lado de ballenas,
pero extrañé tanto mal imberbe,
pervivido entre rocas o aceras.

Está mal que no quiera a la gente
cuando a mí la gente no me quiera:
no hay reciprocidad con la piedra.

Viernes por la noche

Era imposible no reír ante el libido de la pareja que iba en la parte trasera del carro, rumbo a quién sabe donde y a cuánto más iban a soportar sin que alguno de ellos estuviese encima del otro. El conductor tenía la cabeza ardiendo por el espectáculo que a sus espaldas los dos jóvenes se entraban, además era un viernes por la noche y la gente a esa hora ya no era más gente: tal vez los chicos no lo notaron, pero habían pasado dos accidentes desde su inicio. No es extraño pensar que el chico era el que más insistía en estar arriba, ya la mujer que le hacía guardar su distancia, no por el conductor que turnaba sus ojos para ver el camino y para ver atrás por su retrovisor, sino más bien por lo horrorosamente clandestino del transporte, y es que las ventanas con calcomanías arregladas y los asientos con un cuero que causa en los días de calor en la piel un terrible salpullido susurraban para ella una sola consigna: No es un elegante para hacer el amor, así que no lo hagas. Nótese que a ninguno de los dos les importaba el taxista. Las pelvis de los tres saltaban a medida que iban atravesando calles mal asfaltadas, con huecos de hasta diez centímetros. Esto le excitaba,y no quería esperar más para hacerle a un lado la ropa íntima y penetrarle con solventes ganas; a él no le era importante si alguien de aquello se enterara, total, era la reciente separada de su mejor amigo dispuesta a sentarse sobre su encima con o sin falda, mucho más estando hasta la coronilla de Besos de Diablo, una bebida potente que se estaba poniendo de moda entre los violadores. Era un favor para sí mismo lo que hacía, y eso egoístamente lo gozaba. Se apoyaba sobre sus talones o sobre una de sus nalgas el chofer para liberarse del cinturón de seguridad que le cortaba la sangre o le incomodaba; desde el retrovisor se veía con claridad las piernas separadas de la muchacha que estaba debajo de sus cabellos, lamiendo sin recato los labios de su reciente enamorado (O al menos eso creía.).

Las luces de neón de los hoteles empezaban a verse desde que flanquearon una esquina de la calle Masas, se veía a unos varios metros desde donde están. El conductor se siente aliviado de que pare por un rato para acomodarse la ropa amarilla que tiene debajo de su pantalón, también de haber disfrutado una vez más el mismo espectáculo rastrero de personas respetables, finalmente su paga. Se estaciona a un lado de la pista, no pasan muchos carros por ahí, salvo dos o tres que dejan a otras víctimas de los antros; la mujer se trata de bien vestir mientras que el chico busca, saca dinero de su billetera y paga. El chico le agradece y la mujer le sonríe: se siente tan bien ser por unos minutos una reverenda puta... Las luces de diversos colores siguen encendidas, el ruido de una bocina suena desde atrás, a unos metros de él, eso le recuerda que la noche es joven y larga. Hace los cambios y acelera. Siente un olor a goma que le trepa desde abajo, no se sorprende al ver su pantalón marcado por una mancha de semen, esa no es la primera vez que pasa: recuerda sus mejores años, no obstante, es tan feliz que ni siente cuando un camión contra él se estrella.

viernes, 10 de octubre de 2008

Décima a las que no se hacen problemas por la cantidad...

Todos ellos me besaron
en una noche de copas
y que son igual que todas
cuando abunda el trago.
Todos correctos, no malos
(A mí nadie que me busca
gana si es que no ajusta),
señores de tantas casas
que me parecía a comarca
y yo a jueza de pujas.

Dos masas

La primera vez que lo intentaban no estaba saliendo tan mal. A ella le agradaba el modo en que él la sujetaba y al mismo tiempo se hacía para atrás para no ponerle muy de cerca el miembro, a él le gustaba la sonrisa de esa que disimulaba su inseguridad. Él consideraba el ejercicio como una manera muy sutil de cortar el pan y no herirse la palma. Ella lo veía aún como algo sucio que las mujeres ni nadie debía apoyar, no obstante, se daba cuenta que estaba a un paso de hacerlo casi por la fuerza, pero él no se lo había pedido. Noches atrás le había preguntando y ella, como una mujer, le había reprendido, con dulzura, cabe señalar. Y ambos estaban sobre la cama desnudos y cada cual en su lado, ella arrodillada y él de cuclillas, apretando suavemente los pechos enorme de ella.¿Estás segura?, le pregunta, posiblemente arrojado por su instinto. Sí, responde tomando valor, tal vez mintiendo. Toma ambas cosas y las frota contra su pene: cálidas, suavísimas y abundantes. El mismo acto lo repite varias veces, acaba con un semen escurriendo por medio de las dos masas.

Muchos

Vivir sin pena ni gloria
cuando los lentes de polvo se empañan
y eres un ciego en un país de ciego.
Las naciones tienen otras fallas
que nos hacen parecernos a ellas;
y todos somos falsos hermanos...
Un día el ciego que me pidió la calle
sugirió que comprara un perro
y le suelte la mano fría para guiarme.
Confieso mi odio hacia los que soplan aire
detrás de la oreja invisible o rosada:
así excuso el haber empujado al hombre
bajo los pies inagotables del vehículo.

Unos hombres que ganan menos el domingo
me elevan unos centímetros del suelo
hasta la entrada;
detrás de los que no importamos
un grupo de gente brama por nuestras cabezas.
Otro grupo de gente se muequea en la pantalla
y me llama albañil, izquierdista, rojo gusano
apartado de las frondas de la selva;
pobreza, odio, igualdad, me llaman infrahumano...
Paso en esta vida trabajando hasta los sábados,
insistiéndole a mi esposa
que durmamos alguna vez con su amante,
odiando las palabras que me separan de mis padres,
el sueldo miserable que no me conforma
(No soy una máquina, soy carne que entiende
la importancia de esas 18 horas
que me retribuyen con apenas 5 dólares.);
un animal de costumbres para un mal de costumbre.

Y paso por la vida sin pena ni gloria.

La broma de la seriedad

Y es que en su tiempo no inventaban aún la paciencia, y era eso lo que le hacía ver con una actitud de loco de temer, que obviamente daba miedo, claro, figure estar varias horas con una persona tan activa y contradictoria, se podría decir que especial; recuerdo las veces que sonaba una sinfonola y se ponía a cantar moviendo las manos, luego se subía a la mesa y bailaba: a mucha gente le daba risa, a otros les parecía un asco, de nosotros en esos ratos nunca se sabía nada. Sin embargo era tan bueno el pobre que una lo abrazaba sin sentir culpa, y lo retozaba un rato entre su cuerpo sin que la temperatura no aumentara, claro que él, cómo todo ser humano, se excitaba y trataba de subirse de lleno sobre una, a la larga sin hacer nada, tenía mucho chiste ver a viejito tan desesperado como él tratando de separarle las piernas a una chica, y eso que lo que llamo piernas lo eran, no esas tablas sin carne de algunas. No obstante se le pasaba y volvía a lo mismo, a disfrutar con una sonrisa sin dientes casi todo ese cuerpo que iba arrastrando en los últimos años, y es que la gente se muere, comadre, todos los desgraciados que somos lo hacen y nos dejan con la duda de sonreír por la muerte o llorar de ese paso tan pendejo que siempre damos. Por lo menos yo no sé qué hacer cuando se me muere alguien,y eso es porque soy dura, hermana, dura como esa tierra que se vuelve compacta y le hace la guerra a muerte al azadón; claro que siempre me da coraje que toda a la gente a la que quiero me deje, pero más a que me los quiten, ¡ja!, como si fuera una cría de venado a la que el inmenso cazador puede abandonar a la orfandad, no, eso es cobardía, es prepotencia de quienes pueden más y hacen las cosas sin consultar a nadie. No me ponga esa cara, comadre, que lo que le digo es lo único que me molesta del Señor, lo demás me vale y simplemente por no estar de acuerdo en una cosa con él ambos nos vamos a enemistar, no...Olvídese. Mire, más adelante le seguimos hablando, tengo que colgar esta ropa para que seque, una falda mía y la ropa de él del funeral; imagínese que yo no le creía cuando me comentaba que tenía en su baúl un traje que el consideraba serio o importante para poderse enterrar, pero desde que la Muerte me lo quitó lo que siempre me decía él se ha vuelto muy serio. Y esto es por lo que dudo tanto de la broma de la seriedad.

jueves, 9 de octubre de 2008

El vino en tubos...

La gente cubierta del sudor que aparece cuando no hacemos nada y el clima está tibio, ni frío ni caliente, tampoco las dos cosas mezcladas; no se siente clima alguno en tal estado, aunque muchos podrían inclinarse a lo caliente, mas el sol no tiene la potencia de los mejores años por el paso de nubes en la Tropósfera. La gente no hace nada porque no deben hacer nada, y esperan lo que esperan, como buenos cristianos. Muchos visten cómodamente para que no suden, y aun así sudan levemente, se enjugan con pañuelos abotargados en sus pantalones o carteras. El que viste de gris y está frente a todos mira de reojo a ese lado: una fuente de piedra no muy excepción, lucida por los adornos que le han puesto los de la feria, pero nada.

Un joven bien vestido, pobre, se acerca, viniendo del costado del público, directamente del salón que tiene teléfono. Rompe los protocolos y entre, salta, sube hasta el alcalde que lo mira como una salvación y como una amenaza. El diálogo es justo y corto: el vino no llega a la fuente, y por hechos desconocidos está inundando las casas.

El vuelo de la ceniza que es polvo

Eso es todo y nada más:
la ceniza que baja hasta mi puerta
y se sienta en mi espera, complacida;
hace un brazo gélido allá fuera
la inmensa noche de brillos y acertijos.

"Hombres necios que acusáis
a la mujer sin razón
sin ver que sois la ocasión
de lo mismo que culpáis..."


Tiene la sed un castigo de verdad
para un atrevimiento de razón
al pretender hacer de bueno el no
que siempre predispone al mal.
No culpo a las rameras de un bar
ni a los hombres sin corazón,
puesto que cenizas bebo en el aire
de su fuente pura de canción.

"En tanto que de rosa y azucena
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto
enciende el corazón y lo refrena..."


El negro antes tuvo color de calavera,
pero antes fue rosa como un cesto,
ardiente por los tallos que llegan a la tierra
como oro, piel, diamante, monedas,
y más así para poder sonreír ante tus penas.
Tantos no merecen morir por maloler el Infierno.

"...Su cuerpo dejará no su cuidado;
serán ceniza, mas tendrá sentido;
polvo serán, mas polvo enamorado".

miércoles, 8 de octubre de 2008

La presencia

Por más que lo intentara Aníbal no apartaba la molestia de su pecho, ya de noche y con grima por tener que ver el reloj de pared de borde negro con fondo blanco y letras negras, darse cuenta al hacerlo que la mañana y todas sus obligaciones se acercaban. Para poder dormir caminaba por encima de su cama de manera transversal , una vez tras otra, sufriendo a veces por una o dos astillas que se le clavaban de la madera; alguna veces la persona que habitaba debajo le reclamaba, entonces dejaba de andar y se golpeaba inofensivamente el músculo enrollado a la clavícula. El dolor era una extraña fuerza que lo apartaba de la energía, tal vez una flama ajena que consume lentamente los bosques del alma. Pasaba la mayor parte del día con esa sensación, y solamente cuando no lo recordaba, la dejaba para entrar en ese raro vacío que se tiene en una elucubración, estar ahí por un tiempo indeterminado, puesto que no se tiene noción del tiempo en esos casos. La molestia no se apartaba, más bien era él quien salía de la molestia, pero era como si ésta tuviera enormes brazos que controlaran el flujo del rebaño para regresar a cada uno de los miembros al corral de la pesadez. Después del trabajo Aníbal no se apartaba de la recta perpendicular que lo llevaba al lado izquierdo de la siguiente calle, codo silencioso para el que no oye por estar el cráneo metido en una burbuja invisible de cristal; aquella era la zona donde más pesaba el pecho, sentía en ese lugar los tentáculos de pulpo y sus ventosas metafísicas meterse hasta el fondo del terreno infinito que adentro se siente como agua, lacerar las partes, y las manos socorrer rápido al insufrible pecho; detenerse a respirar, a sostenerse con una mano en el poste o en el buzón y resumir todo a un posible ataque cardiaco, unas vacaciones o días de descanso para ir a verse cara a cara con el médico que no ve en años y que le dijo que no comiera sal. No obstante se va caminando como si todo pasara, imaginando un enorme imán que atrae un enorme trozo romo de acero, máquina encendida por el Diablo a la espera de llevarse hasta sus pies el corazón y la cabeza. Sea lo que fuera no puede dormir, y hube de entenderlo tarde para no poder hacerle daño.

Dedo de polvo

Hasta los Papas se equivocan,
y por eso sé que no fue tan malo Cristo
que hizo más de lo que no hizo,
y eso, ¿por ciencias milagrosas?
Mi corazón no tiene color de rosa,
la sangre no me conmueve siendo amiga,
máxime cuando tiene la amistad males hirviendo.
Este peso de las cuerdas de mis miembros
es ligero como un dedal, fácil como un abismo
puesto en la libertad de dos distancias
(La acrótera se ve aún muy lejos)
que caben en el deslizamiento de un dedo
sobre el acumulado polvo de los actos.
Yo he cometido errores y estoy contento
de haber sido, finalmente, malo.

Eterna preocupación

Ahora no duerme la bruja; a estas horas se levanta como el polvo de los costales para dificultarnos la respiración, el suave dormir que produce este lecho. Y es que en el fondo ella quiere que sea feliz nadie. Porque saben todos los del pueblo que nosotros no podemos dejarla y ser felices, la tenemos que tener a cuestas siempre, así sintamos la incomodidad del peso o de las agujas jodiéndonos la espalda. No sabíamos hasta cuánto daba nuestro comportamiento y cercanía con el Señor, no obstante, esa tipa siempre nos probaba, en especial a media noche, cuando no dormía después de haber trabajado por tanto tiempo en la mañana, parando sólo a comer o a descargarse de lo que tuviera adentro, que eran un par de veces según yo lo mandaba. Era trabajadora, pero molesta; y le encantaba fastidiar con sus tonterías inútiles en medio de la mala época que nos pasábamos. Era imposible tenerle algo a esa señora, y es que desde su edad no se podía tocarla con algo, tal vez una frase de personas que entienden, de personas grandes que han salido sin rajaduras del molde de la vida; sin embargo, era tan niña como mi hija de 14 años, y tan alegre que nos hacía ver el lado más nefasto y cobarde de nosotros. Lo más extraño de todo era que no dormía, o que desde que llegó nunca la vimos dormir. Casi todos los minutos del día los pasaba ella con nosotros, y la cosa terminaba ahí como siempre, enérgica bruja, en agotarnos y mandarnos a dormir. Sospechaba que nos hacía algo en esos tiempos en que uno no recuerda nada, que tomaba las cosas, que tenía cómplices igual de raros que ella, a pesar de todo no pasaba nada. Mi interés por averiguar su extraño insomnio ocupó la mayor parte de mis tareas; tal vez por eso sé que no duerme, porque estoy con un quinqué en el pasillo que da a la sala y la veo jugar con embarradas muñecas.

martes, 7 de octubre de 2008

A un lado las plumas...

Dejaremos en paz al verso
o al inicio de las palabras
el día que tengamos pan
y un buen cobertor para el frío,
y eso porque no somos tan pobres:
tenemos educación y muchos sueños,
además trabajamos más que los yuppies
o los sátrapas de Wall Street,
aunque ganemos lo que vale su pasta dental.
Incluso con esos impedimentos miserables
nos levantamos a combatir el hambre,
la taza de café barato que no es café,
sino algo mucho más indeseable:
¿Despertar ante el mundo? ¡Por favor!
La gente necesita veneno en su calmante.
Tenemos ideas que valen más que el mundo,
amantes que nos abandonan por dinero,
ingenio para decir de muchas formas las cosas
(No: pervivir no es un deporte, compañeros.),
Lo que no tenemos es respeto, y sin eso
somos menos valiosos que el aire.

Pedro, el pescador...

Nosotros no tenemos más que a Pedro, pescador viejo y aún trabajador, el más viejo del pueblo y el que nos hace vivir aquí, en este pedazos de nada que no tiene vida, incluso nosotros, por vivir aquí, ya no la tenemos. Al principio los niños nacen, lloran, y pasados los días se callan y se vuelven como piedras, eso aquí es normal, a eso aquí se le llama vida. El viejo de la barba más alta todos los días se va al mar, con o sin bote: cuando no lo tiene se mete al agua y se comporta como los peces, bucea hasta perderse para nuestra vista y saca lo que encuentre. Dice que abajo hay barcos, cofres, no recuerdan a los cuentos de tesoro, ¿pero quién se va a meter hasta allá? Al mar lo que es del mar, encima que nos da mejores tesoros. La vida es un tesoro, y eso nos dice siempre el viejo Pedro de Román; nombre más ilustre para un tipo tan pobre, tan pobre que tiene que madrugar antes que se inunde su cueva, y no es que no tengamos dónde invitarle a pasar la noche, su persona va más allá de aceptar lo que le hace falta, o como él dice: Si no tengo casa no me la tienen que dar, algún motivo divino tendrá. Algo así. Bueno, no cabe duda con lo que he dicho que él es pilar o sostén del pueblo. No sé qué haríamos sin el venerable Román...

A unos metros duerme el viejo durante un ataque al corazón. Tranquilos, morirá en paz.

Miedo por tu ausencia

Por no vivir te extraño demasiado,
y es que el bien de fuera rehuyo
por si tiene menos color que el tuyo,
siendo fuera una copia del pasado;

escultura mal hecha de dorados
tiempos de flecha gloriosa, y yugo
a los cuellos sumisos de los vulgos
desenfrenadamente amarrados.

¿Vendrás alguna vez con lo real
que hace por su falta los estragos?
Me parece el mundo muy vulgar

y por temor ya no le doy la mano
a otras que desean mi pulgar
puesto sobre bandeja descansando.

La vieja idiota

Deja el billete muerto sobre la cama para que puedas salir a oler las flores o las ollas repletas de algún potaje serrano, ven a ver esa baba que se forma en las paredes de metal junto conmigo, la anciana idiota que ya no oye y que no está ni mal ni contenta; yo: la que tu abuelo pegaba desde que se conocieron, la que se casó con él a los 18 años y tuvo nueve hijos, que nunca terminó de estudiar y que a todos ellos los malcriaba. Claro que soy una idiota, sino mira a todas las ratas que tuve en mi vientre: enfermeras, abogados, congresistas (estos bastardos que roban y no comparten ni un centavo.), maestras; bola de engendros que son todos malos, ladrones, abusadores, si no fueran mis hijos hace mucho los hubiera denunciado, especialmente al idiota que embarazó a una de sus alumnas, y después dicen que la estupidez no se hereda. Igual que me golpeó tu abuelo me golpeó tu padre, sí, el mayor de todos, y no me pidas que me calle: de tantos golpes soy una vieja idiota y sátrapa (lo último no me molesta)que no tiene a nadie en su ancianidad, tantos años rendidos y sacrificados a puro bastardos, ay, que aunque estén lejos me van a matar... Yo te quiero mucho, hijito, tú no eres como tu papá, ni como tu abuelo, que al morir le traspasó todo lo malo a tu papá, hasta el vicio de golpearme cuando llegaba borracho o con mujeres, y los otros nada, ni mis hijas que paraban en la cama con desconocidos y nada más, haciendo tantas cosas pecaminosas. Qué desgracia, tú eres lo mejor de nosotros, hijito mío, de esta sangre malograda que ha dejado que exista Dios, porque él no es malo y sabe que la maldad existe porque engendra cosas buenas, aunque de modo indirecto; ay, no sé, soy muy idiota para saberlo, pero te miro y creo que estoy en lo correcto, que tu mamá lo supo y te tuvo y te cuidó como un buen niño, ¡y me alegra que a tu padre le haya dado igual! Dios es sabio al no haberlo incluido en ti... Aunque también yo soy una vieja idiota y mala...¿Cuántas cosas malas cometí? Ayyy, que tantos años de vida en este mundo son la mejor penitencia. Tal vez por eso, cuando dejes de traerme dinero y escuchar las mismas cosas que te digo, pueda en paz morir. Morir.

lunes, 6 de octubre de 2008

Bob

A Bob nadie lo quería. Era un pobre gringo raro traído de su país por un avión contaminante y enorme. Nadie lo quería al Bob (o Bobo, como buenamente el decían). La gente veía en el todo, desde la estupidez de su país al tratar con el resto hasta la deficiencia mental de un sordo en alguna aldea de África. Bob sabía de casi nada, y lo peor era que lo que sabía lo sabía mal. Nunca nos sintimos mal por desquitarnos con Bob(Bobo)en las mañanas, en las tardes luego de la escuela, en las noches cuando íbamos y lo sacábamos del camino para comprar leche; no....Sentimientos, nada: Bob era un ser sin naturaleza. Pero Bobo al parecer era algo más, ya no miraba con complacencia, sino con rabia. Uno de los chicos comentó mientras veíamos una porno que aquel flacuchento se estaba rebelando, y por eso era él quien más lo golpeaba, porque le llegaba a los huevos que ese imbécil quisiera tener respeto. Debimos hacerle caso e ir contra todo ellos, juntos lo hubiésemos matado y arrojado a un lugar donde muelen cemento. Nada de eso pasó, y por eso él terminó matándonos.

Disertaciones sobre la página en blanco

La página en blanco me señala
los cuatro límites del hombre
en las paredes que nadie araña,
fuerza débil de sus uñas cortas
o de su perenne tratamiento suizo
que suple las cortezas por alfombras.
Aun así es débil per se en ayunas,
máxime cuando su religión asoma
en medio del mundo como falta de agua.
No entra en la pared de lona
el murmullo del ejército de árboles
custodiado por los guerreros con ropas
que adornan marrones plumajes;
no entran porque es un mundo sin ventanas,
algo virtual que no está corrompido:
así es la página en blanco, un centro ínfimo.

Volantín de oro

Da volantines la moneda de oro en medio de la cantina, también de los ojos codiciosos de los venidos de algún bastardo que no poseen suerte y que están poco interesados en saborear el orín que tienen sus jarras. Tiene el afortunado una pinta de español, pero no de europeo. Algunos, que están en grupo, dicen que viene de las nuevas tierras; tal vez ha vivido ahí muchos años y se hizo con alguna parcela abundante en oro: uno de los primeros, tal vez de los terceros en arribar hasta allá. Lo ven despreocupado, frágil. Esperan que se duerma sobre la mesa o que se levante, sobretodo que pague, nadie sabe cuántas monedas tiene. A pesar de eso su traje no es elegante, es moderado, pueril, pero con decencia. No para de girar la moneda mientras bebe y mientras que algunos impacientes se levantan, lo rodean por atrás le hablan. Él está muy tranquilo.

-¿No sabéis que para venir acá a disfrutar tenéis que dar algo de vuestra bolsa?
-No, señor, no lo sabía.

La tranquilidad sonó insolente.

-Para mí que quiere morir atravesado. Vamos, desenvainemos las espadas y terminemos ya.

Justo cuando la hoja de acero salía de su funda el extraño cortó la parte que une a la garganta con el pecho de una movida. El enemigo cayó arrodillado para el horror de todos,y así permaneció sin decidirse a caer por un costado.

-¿Quiénes desean morir hoy en vano?- preguntó al momento de terminar de beber su cerveza.

Sin esperar respuesta recogió su sombrío sombrero y dejó la moneda de oro entre el plato con restos de viandas y la jarra. Púsose de pie y a todos convidó una severa mirada; apretó por las dudas su espada y salió sin contratiempos. Nadie, ni siquiera el dueño, a tomar la moneda se atrevió.