martes, 30 de septiembre de 2008

Grande y pequeño

El Sol es una distancia para Luna.
La Osa mayor le ruge al Toro.
Dios tiene solamente una mayúscula:
mi nombre es menor a él, es menos a todo.

Dos oportunidades no cuentan...

Había que volver para desafiar a los dioses. Su rostro entre lágrimas era la mejor prueba de su infinita súplica de piedad. Aun así era poco probable que alguna divinidad lo ayudara. Orfeo, con su lira refulgente, dio marcha atrás hacia la cueva. La oscuridad era diferente: las piedras pulidas y modestas de los escalones se había trastornado hacia una cuesta empinada y ruda, suficiente para llevar sin demora hasta el Infierno. Él era un cobarde; los dioses habían jugado con él para llenarlo de esperanzas, y era solamente esperanzas,un cobarde. Ahora ellos estaban aburridos de él y les irritaba su insistencia. Era a silencio la petición que lo maten. Creyó poder llegar con vida hasta el final del descenso; por supuesto que nadie se lo permitió: cayó al pisar mal y rodó hasta golpearse con una piedra que le abrió la separación de los ojos. Ya en el Hades Eurídice, para tortura de Orfeo, departía con otros semidioses griegos.

El cruce de nombres

Todas las cosas se parecen tanto al nombre de lo que refieren (de modo lineal, tal vez fragmentando las líneas y estirándolas para imitar los trazos de una casa, su altura, su forma. Obviaríamos el peso y el color, pero no importa la idea de todas maneras carece de fundamento). Están ahí imitando al nombre que les dimos, al nombre que otros en lenguas diversas les dieron. Una rosa trata de imitar la ortografía occidental y árabe al mismo tiempo. No es casualidad que lo más básico de nuestro conocimiento corresponda con el nombre y la grabación del nombre entre los sesos, tampoco que las culturas difieran sobre las formas de referirse a la palabra que significa (necesariamente). Para nadie que se precie de ser un lector- por lo tanto un individuo, no una superflua estructura- es desconocido las exigencias universales de Dios para mantenernos alejados del conocimiento infinito. Ya muchos pensadores heréticos, injustamente borrados de la historia, sugirieron que la extraña expansión de verdades constituía algo más que simple casualidad o adelanto irregular en el estudio sobre determinadas fuentes en países capaces de solventar, no de modo iluso, la búsqueda de conocimientos. Argumentaban que si un hombre descubría una nueva propiedad de determinada materia, otro, en algún lugar o tiempo distinto, iba a continuar dicho descubrimiento, y así repetidamente. El tiempo y la distancia no eran esenciales, porque los ejercicios de la mente no se basaban en ellos: respetaban la ascensión de las ideas a un lugar superior y por encima de las cosas materiales. Si el ser todopoderoso no era material por no conocerle junto a todas las cosas, entonces era lo opuesto, y todo lo material era su contrario, su enemigo (todos sufrieron esto, siendo además lo que produjo que se alejaran de todo lo concerniente a la materia, que como sabemos, es la vida. Muchos de ellos a través de la muerte). La prédica que incitaba a la muerte fue vista en todo momento como una amenaza, también fue usado el hecho de que los predicadores no se mataran, invalidando la credibilidad de la teoría. No obstante, lo principal era la red que atravesaba los siglos y los siglos, esa extraña investigación que se tenía que efectuar sobre un papel y sobre el fondo imposible del papel; estructura teórica que, según dicen de los más sabios, podían explicar una gama ilimitada de verdades o razones sobre determinados acontecimientos. No era casualidad que un mismo objeto fuera llamado de distinto modo que otro, siendo a la larga el mismo objeto. Cruces y tal vez punzadas de una eminencia más total, divina. Probablemente el pequeño momento de validez que tuvieron en su época fue razón mínima para que los entendidos más poderosos arrasaran sin piedad con ellos. Por eso escribo todo esto, que es el resto de un escrito que encontré detrás de un adorno; otra falsa coincidencia.

Tarde miserable

Esta tarde es miserable
y no tiene ojos.

Las heces se han quedado
bajo la lluvia de algo más.

Piel. Perdura. Sonido. Agudo.
Ocurren muchas cosas en el agua.

Mi sonrisa ocurre bajo el agua
porque es silencio líquido ahí.

Voces marinas comparten mi felicidad
mientras la estiran como cabellos de viento.

En la teofanía, sobre mi cabeza,
pasan los barcos de índice lento.

Las plumas del ave disueltas en la bruma
vuelan con el metal que entre los mares
se prepara para saltar hasta la luna.

Todo eso en una tarde miserable.

lunes, 29 de septiembre de 2008

La rendición

Tengo que escribir virgen con mayúscula,
Lázaro, La Madre, Pentecostés, el Jaguar,
todos me exigen afinar mis letras
o estirarlas para que acompañen el piano.
Iré contra mi rebeldía por los santos,
agacharé la cabeza ante la media luna
y ante la cruz de oro y diamantes;
seré al fin un poeta de verdad, preso y aceptado.

domingo, 28 de septiembre de 2008

La hipocresía

Odio leonino que ruge en mis entrañas,
pregunta incómoda que nace desde afuera,
estigma que es profundo como punta de piedra,
cuadrícula basada en cortes de tijera,
todo jirones de un mismo traje que aparenta.

(Y que es mentiroso)

La loca

No hay nada peor que vivir con una loca; mucho más si ésta tiene una cierra como amigo. No hablo de esto desde que me mudé por segunda vez, hace ya trece años. Y sé bien que no quiero hacerlo ahora, recordar a esa mujer me pone enfermo; vuelvo a cuestionarme, después de tantos años, si en realidad no estuve tan loco como ella. Un loco y un cuerdo no resultan en dos cuerdos, sino en dos locos: el bien no tiende a depurar, eso es falso, si así fuere el solo hecho de tener algunas cosas buenas significaría un cercano envenenamiento y trasmigración de las cosas malas. Mejor dejemos eso de lado: Yo voy a hablar sobre la loca, mi tía, esa que conocí cuando era un pequeño inocente; luego me chuparía la inocencia y me encaminaría por el camino de los hipocondriacos. Tengo cierta prisa que no me anima a dejarlos, mejor y cuento ya: Era hermana de mi madre, una persona no muy buena, borracha y repugnante en sus peores momentos con el trago, pero sobria era dulce, atenta como un mendigo que agradece tu moneda tocándote la mano; mi padre era un pelele, un sin voluntad que hasta ahora me sigue dando pena. Ambos se mudaron conmigo a la casa de la loca, casa heredada por un rico, uno de esos que se aprovecha de las pobres para quitarse la máscara. Nadie, lo supe luego, ignoraba que era rico, que tenía familia y que su fortuna era grande; también detestaba algunas actitudes de mi tía, egoísta, celosa, peligrosamente agresiva, disfrutaba del suplicio como un perfecto sádico. Al morir le dejó la casa, una casa de las peores que tenía, mala pero decente para gente como nosotros; por eso fuimos a vivir ahí.Además me contaron que fue un día su esposa, la verdadera, pero no se atrevió a entrar a la casa, le parecía tan incorrecto como llorar. Dicen que se quedó de pie, viendo a la loca de mi tía abrazarse desnuda y lamerse los brazos sobre una silla, a través de la puerta entreabierta (obra de unos muchachos), saboreando con una extraña satisfacción a lo que la locura habría reducido hasta lo más bajo. Probablemente se cansó y se marchó luego de haberse hartado de tan monótono acto. A mi tía le afecto la muerte de su esposo, lo consideraba demasiado como para importarle estar loca; tengo que decirlo, su locura era anterior a lo pasado, simplemente la muerte dio el último golpe y la derribó (o tal vez la levantó cual sábanas colgadas). Mi abuela y mi madre se turnaban su cuidado, como ambas no tenían espacio para albergarla la dejaron en la casa con las entradas y salidas aseguradas (varias veces sujetos lamentables se amontonaron alrededor de la casa para verla desnuda o intentar violarla). Mi abuela murió y mi madre se quedó con todo el trabajo: sus vicios me la arrebataron pronto: tengan la seguridad de que no la extraño. Yo y mi padre vivimos ahí harto tiempo.Él se encargaba de trabajar de lo más básico o de lo que yo no podía. Mi trabajo era cuidarla, cuidarlo, cuidarlos a ambos. Logré conseguir que no anduviera desnuda. Me costó mucho, pues se arrancaba y hacia jirones la ropa o la escondía en algún sitio. Cuando lo conseguí la gente dejó de acercarse, incluso antes que pasara una buena parte dejó de hacerlo, según escuché una vez porque la veían muy arrugada. De lejos ella era arrugada, una mujer pequeña y menuda con la piel quemada y con algunas carnes laxas. A pesar de eso y de sus años era bella, tenía una belleza que sólo creo que conocen los indios. La cosa al principio, después de vestirla, no fue tan mala: sobrevivíamos decentemente y nos habíamos acostumbrado a cuidarla. Sin embargo es cierto lo que digo sobre lo contagiosa que es la locura: Pronto mi padre comenzó a mimarla, a comprarle cosas modestas (el detalle importa) y a cuidarla con más cariño mientras la cuidaba (y yo descansaba). Lo terrible vino más adelante, cuando una noche fui a la cocina a tomar un vaso con agua, pasé por el cuarto de mi tía,sentí que dos presencias en el claustro estaban. Asomé por donde se ponían las llaves y vi a mi papá de pie, con sus manos en diferentes direcciones, sacudiendo su pene y el pecho izquierdo. Sonreía y era feliz, no como yo que me sentí sobrepasado y tomado por el cabello; tuve la sensación de estar en las manos de un carnicero que arranca a pedazos las partes velludas de mi carne. Cuando eyaculó no me alejé, lo miré arrodillarse en la cama y morder torpemente su cuerpo, inmóvil como una piedra, con la expresión vacía en su rostro, mirando el techo. La sentí usada, suplantando una puta o una revista. Me dio asco, le metí una patada, él se levantó y abrió la puerta, me vio y volvió a ser el mismo fracasado. A mi corta edad le di la orden de salir de ahí. Con minutos pasados, ya el sol alumbrando, se marchó de ahí. No lo volví a ver nunca; si está muerto, no es de mi cuidado, fue fiel a su debilidad y fue contrario a un perro, jamás volvió a casa. Siempre recibí algo de él, monedas o cartas con garabatos, no cartas, nunca tuvo nada que decir. Dejé de estudiar y me mantuve por tres años con mi tía, cada vez peor, siempre inquieta y buscando algo, tomando y arrojando las cosas de la casa, sin importarle si se rompían o se malograban. Un día yo dormía, joven, y ella me despertó, estaba encima de mi casa y se veía horrible, tenía en el cabello polvo y sarro en los dientes. "¡Lo he encontrado, lo he encontrado!", decía mientras sostenía una sierra reluciente entre sus brazos. Yo creí que era cosa de un sueño, una pesadilla de que finalmente todo mi bien volvía para hacerme daño. Bajó y dijo algunas locuras, que cortaría el cielo y que repararía la casa para su marido. Yo creí que lo último era una tontería, porque desde ese día no dejó de cortar la casa, las paredes, los muebles y todo el menaje que encontraba, incluso trató de cortarme. No fue por eso que me fui, fue porque empezaba a imitarla: yo la imitaba, me acercaba a ella, no la deseaba, no obstante me parecía hermosa y quería romperle la cara, mandar su cabeza contra las escaleras, además la gente me tildaba como ella, y yo no sabía si decir que se mataran o que necesitaba ayuda, que estaba loco o cuerdo.

Es curioso, cuando nos alejamos del fuego volvemos al estado natural de las cosas, que es el frío. Lo mismo me pasó, me fui y la mandé a un sanatorio, al de ustedes, obviamente; continué mis estudios y trabajé, trabajo, nunca me atraso con las cuentas. Es una lástima que se muriera, la verdad que no importa; apenas me salí de su entorno volvió la lucidez a mí, la decencia y todo eso que hace a un ser humano un ser humano, claro que nunca se me quitó la inhumanidad, o este sentimiento de que algo de mí está estropeado.

La bala

No creo que sobreviva pasados los 7 minutos. Policías que no pueden hacer y que probablemente no saben que es el fin de su tragedia. Mi indecisión hacia la muerte me congoja, el animal que no sabe entre saltar o ser presa de las flechas, tal vez me entiendan cuando lo pasen en los noticieros, no como una cara más que muere y suma la lista que nadie cuenta, sino que un miserable diga para sus adentro lo que cree y lo que analiza mi cabeza. Así si me descubren el cerebro podrán tener refugio mis ideas. Nadie abrazará al asesino. Puedo ser feliz con eso hasta lo último; lástima que no pueda decir algo para tranquilizar a las otras personas. Decirles que la policía entrará al instante y matará al tipo, aparte estando en tan mal lugar, tan expuesto, ¿no lo nota? Disimuladamente sonrío para los demás: deben creer que estoy loco, o tal vez uno de aquellos lo entiende. Pasados los minutos yo ya estoy donde debo estar, precediendo el designio de la bala. Muero y nada más.

sábado, 27 de septiembre de 2008

Pregunta

¿Si ya no somos amigos,
podemos hacer
lo que la amistad nos impedía?

Falta de tiempo

Extrañamente hoy tengo tiempo. No fui a trabajar; tal vez sea por eso. Tampoco fui a recoger a mi hijo(hablé con mi exesposa por eso. Ni qué decir sobre su ánimo, creo que me acusó de todo, hasta del hambre mundial. Esperé a que se calmara para contarle todo, y me escuchó con paciencia, silencio, me recordó cuando eramos felices y nos contábamos cosas. Volví a sentir su respeto. Luego se puso a llorar: yo no traté de calmarla. Quise que llorara por mí, y al parecer también ella quiso hacerlo. No me comentó nada de lo que le dije, simplemente se desahogó con el llanto. No quise preguntar si lo aprobaba, pensé, en todo momento, que su silencio era un no, no me interpondré en lo que quieras. Más adelante colgué).Me hubiese gustado ver a mi hijo, porque me odia, me ve como su madre, o tal vez peor, los jóvenes nos miran con la mayor severidad del mundo. Aunque me puso un poco triste no me desanimó, también pensé que si no le decía nada todo mi acto iba a hacerlo, a darle esa explicación por mí. La cosa es que preparé un buen desayuno -compró a a buen costo con todo su dinero-, vi algo de televisión, caminé por las calles llenas de chicos y chicas (algunas sabrosas y fáciles, de cuero negro y roto pantalón), regresé a mi casa a masturbarme -no lamenta decirlo-, vi afuera de mi seudobalcón: fui feliz mientras la otra gente trabajaba. Yo odio mi trabajo, tal vez por eso jamás renuncié. Además de mi trabajo me odio a mí mismo, es el peor de todos mis miedos. Ya era hora de morir y no pensaba más que en las tetas de una amiga, una compañera de clases a la que nunca más volví a ver, de la me enteré que había viajado por su trabajo de embajadora del país a todo el mundo, que había tenido buenos y malos ratos, que sus pechos abultados seguían intactos. Hasta el tiempo que vivo ninguna enfermedad -no cáncer- la había mermado. Decidí torturar mi miembro otra vez, todo en vano: no conseguí que lograse endurecer. Mi tranquilidad se veía amenazada por algo denso de mi casa, sospecho que de mí. Fui a la bolsa y saqué la cuerda, arrimé la silla para alcanzar el enorme y grueso palo: me sentí absurdamente castrado. Mis manos ya no se movían solas: yo tenía que estar empujándolas con mi voluntad y todo. Saltar y morir así es el ejercicio menos doloroso de todos los que sé. La esperanza de que se rompa el cuello con la barriga llena me da aliento. No hay nada que esperar, ya hice todo, la vida miserable muere con este pensamiento.

Morí de ese modo, y ahora, ¿pueden apurarse? Temo no tener tiempo...

Buen inicio

Sentada en una mesa al aire libre en París (no daré nombres de calles, mi francés es un cero)fuma el cigarro que delicadamente tiene aprisionado entre sus dedos, estos tienen unas manos pequeñas y blancas a las que le vendría bien un tratamiento. Pero eso no importa. Fuma, bebe café, le tocó en esta oportunidad un buen mesero. Duda en sacar el libro de poemas americanos que tiene: América y París es una mezcla de penurias y fracaso. El clima ni se siente y las piernas están un poco húmedas de sudor que no incomoda y relaja una parte desconocida de nosotros. Apaga el cigarro y llama al mozo. No exige devolución alguna del dinero. Sus tacos se posicionan sobre el piso de piedra y camina; nada más. No hubo historia, no le robaron, no le cagó una paloma, no se olvido nada, no tuvo sexo con el mesero, no leyó su libro ni terminó de beber su café: nada. A ver si se joden los que leyeron esperando una historia.

Estilo de fuego

Se fue el alma de la energía.
Lloren los que esperan todavía
a que devuelva su razón la mañana
-es tarde, ni luz ni frío todavía
(todavía es una palabra extraña)-.
Las estrellas no están de compaña,
borrachas se estiran de alegría
con sus pelos azules y blancos,
dando vueltas sobre nuestras miras.
Ni miras ni estrellas que me calman
cuando hace falta tanta vida;
ni premios, ni dinero, ni mujeres,
se fue el alma de la vida,
pero murió el instante que no crece.

Frío por la negligencia de una costilla

Cuando todo es confusión
se crean escalas de la tierra,
se funden espíritus, telas o universos,
se calla y solamente se calla:
es un baile en la punta de un velero.
Cuando eso pasa no alcanzo todos los textos,
ganan ante mis ojos las palabras;
tiembla el cuerpo y se acobarda el clima.
No hay frío, pero tirito como una campana.
Es el temor de hallar al final una manzana,
de encontrar lentejuelas sobre el muslo;
tal vez no lleguen a tu piel mis cartas
-es probable que duermas con mil individuos
o que ya no te acuerdes cuánto te anhelaba-,
aun así yo te escribiré desde la tumba,
cantándole a la sangre de las murallas
(la duda de tu fidelidad me abre las heridas
y escupe su veneno sobre lo que sangra).
Porque cuando todo es confusión él escucha:
Sangre, veneno, lentejuelas, arpas.

Suicidio del elefante

El conductor maneja. Nadie mira a los pasajeros que están sentados y callados en el autobús. Nadie observa a los niños que están jugando sobre los asientos. Pero el conductor deja de hacer lo que tiene que hacer y voltea: no hay razonamiento en ese acto. Lo hace y mira a los niños, les dice que se comporten, que no pellizquen los asientos, que no salten, que se callen, que si no, los bajará apenas pare. El tutor de los pequeños deja de estar callado y protesta, le dice que mire para adelante. Él le reniega y se queja de los padres que no le ponen autoridad a sus hijos. Él (que no dice si es o no padre de los pequeños) comenta que ese comentario no lo puede recibir de un frustrado camionero. La otra gente deja de hacer lo que hace y los manda a callar, dicen que son un mal ejemplo para todos. Cuando alguien va a insultar todos se estrellan. Los niños van hacia adelante por la inercia, no se lastiman tanto. Los fierros atraviesan toda la parte de adelante. Sólo una víctima: el chofer. Golpeados, molestos, asustados a muerte, los que pueden se alejan hacia el exterior; salen por las ventanas o por la puerta que se ha quedado un poco abierta. Sacan a los niños, los ponen sobre la arena; casi no hay luces, escasamente las que pasan a gran velocidad en los carros. Las luces que pasan no se detienen, algunas sí, probablemente han visto al elefante que está tirado a unos metros del retorcido fierro.

La fiebre

Va descendiendo la fiebre. Las cosas empiezan a ponerse claras, menos opacas, el entorno se vuelve más real, más estable, mucho más que yo. No hay nadie a mi lado: no puedo pagar para que alguien lo esté. Todos los que me rodean son empleados, no amigos, lo hacen por amor a su subsistencia, no por mí. Hace mucho dejé de tener amigos, si alguna vez lo fueron o los tuve. Me alejé de ellos porque eran un estorbo, un retraso para mis planes de conseguir mis metas y ser parte importante del mundo. Y lo hice, con mucho esfuerzo, sacrificio (no estuve durante las muertes de mis padres); logré alcanzar el pico de la montaña que muestra los hilos del mundo. Sin embargo llegué y no lo conseguí, no conseguí esa paz que en el fondo buscaba, esa sensación que algunos de mis empleados tienen al volver a casa y mantener a sus hijos. Yo mantengo a más de 700000 empleados en todo el mundo y no siento jamás lo mismo por todos ellos. Los veo, a los más próximos, acercarse con ganas, trabajar con empeño, pero rápidamente se deslucen, se muestran como espejos en movimiento que no se cansan de repetir las facciones de mi rostro. También los que están a esta altura son espejos, sólo que estamos aislados, cada uno encima de su roca, abrazados de las piernas, sentados; nuestros ojos miran más arriba, hacia abajo, o a ningún lado. Sabemos que arriba de nosotros hay otras voces, que otras personas lo han alcanzado, han llegado a la verdad de la vida, sea la que fuere. Pero ya estoy, estamos viejos para seguir avanzando. Nuestro cuerpo requiere de médicos y cuidados abrumadores para poder continuar. Estamos enfermos, yo más, de muerte física y espiritual. Por momentos las cosas se retraen o se estiran, se vuelven fantasmales e irrisorias. Yo sólo sé que ahora estoy cuerdo, que las cosas están en su lugar, que tienen masa o simplemente se ven más verdaderas. No sé por cuánto tiempo. Mientras digo todo esto en mi cabeza las palabras y las cosas otra vez se mueven y dejar de ser lo que son en su lugar.

viernes, 26 de septiembre de 2008

Apagón

Las estrellas se apagan todo el tiempo
porque hay seres universales
que recuerdan
que no las apagaron.

Debilidad del patito

El pato es amarillo
porque da
lástima al verle.

La carta y el sueño

Caminaba con el cuello torcido en la calle hasta que vi un trozo de papel impecable, lleno de letritas que no daban la impresión de separarse. Ningún papel en el suelo debe ser tan blanco, pensé, al tiempo que lo levantaba y el sacudía el polvo de otro lado. Estaba intacto, era de mala calidad, común, no estaba muy forzado por el lapicero o la mano. Ya sin notarlo, había dejado de caminar. Limité mis impulsos a recostarme sobre la pared, poner la mochila a un lado y aprovechar la luz muerta del clima.

"Hace poco tuve un sueño, Javier, y tú sabes mejor que nadie que eso, en mi caso, es raro. Yo suelo dormir y no soñar, aunque digan que todos soñamos. Yo no lo hago, también porque no quiero, los sueños son una farsa de las cosas, una especie de representación de lo que tenemos adentro, aquí en la cabeza, almacenado. Tal vez tengan razón y sueñe, pero mis sueños son livianos, triviales. El último sueño no parecía mi sueño, era similar a los que me contabas cuando te quedabas a dormir en mi cuarto, pero tampoco eran igual. Yo en mi sueño me veo con un traje fino e inflado. Sí, me veo como si proyectaran la imagen desde un cuarto de cine, donde probablemente estoy sentada comiendo palomitas y arrimada a tu codo. Es un ambiente triste, gris, de colores muertos. La muerte está en todo de un modo calmado. Tú sabes que yo le temo a la muerte, sin embargo no me corro de ella, ni tampoco le huyo al tema que eso desemboca. Casas desiguales, negras por las chimeneas que ensucian en aire; ahora que te escribo me recuerdan a las de Londres, no recuerdo de qué época. El suelo está oscuro y tiene apagados brillos; la lluvia desprende de la tierra un olor estropeado. No hay gente por mi camino, un camino largo por el que avanzo hasta detenerme en una pequeña plaza: ahí oigo voces que me dicen "para", "para", y que me señalan los techos. Sí, me los señalan, no sé cómo, la cosa es que termino alzando los ojos hacia el techo que está delante de mí y veo sobre él una persona de piel blanca, desnuda y fuerte; no tienen cabellos, Javier, no lo tienen; me pone tan mal recordarlo que me provoca romper esta carta; mi hermano, Javier, mi hermano perdió todo el cabello con la quimioterapia. No creí que eso me produjera tanto miedo, sin embargo lo hizo y yo me quedé ahí, helada y con el vestido azul que arrastraba su cola. Ese que estaba arriba tenía un arma en una de sus manos; la sacó y ya, entiende, antes, al primer vistazo, no la tenía. Con ella se abrió con dificultad el pecho y hurgó con la otra mano. Cuando pasó eso todos eran lo mismo: todos los seres de mayor o menor tamaño, contextura, sexo; seres denigrantes que arrojaban con su apariencia algo sumamente malicioso. Empezaron a cortarse, a hundirse la hoja hasta la empuñadura y luego usar sus dedos. ¿Y sabes para qué era todo ese drama, Javier? ¡Para sacarse el corazón y triturarlo con los dedos! Eso hicieron, bien en alto con el músculo que aún temblaba, que seguía unido por algunas venas estiradas, fuera de sus lugares. Me sonrieron y desperté. Al hacerlo entendí todo de un porrazo: el infierno (ese era el infierno, ahora lo sé), los desnudos, las calles, el vestido; todo era porque habías muerto..."

Me incomodaron los puntos suspensivos del final, además de la razón de todo eso, la cual dudo. Seguí de nuevo mi camino. Iba a botar la carta, pero me desanimé al darme cuenta que podía significar algo...

jueves, 25 de septiembre de 2008

Perdón divino

El hombre tiene a presenciar al lumbre
hambre, dudas, asco, miedo, inhumanidad.
La lumbre se acerca con el poder de mil caballos;
tocan las manos del ángel, y piedad.

Monedas, monedas

Soles que han vivido
días sin par en la mollera,
palabras más palabras quedan
de suplicante mortal burla.
La risa muere sepultura.
Menaje a primos y parientes
sin lazo rojo que los urda.
Nadie fue final feliz,
todo fue burla;
solemnes en el agobio,
rimbombantes en la alcurnia.
Ni dineros ni amigos
se sientan en la culpa:
todos de pie con caminos
por medio de la difunta,
y le falto ser mujer
porque no tenía dos frutas.
Soles ruedan precipio
a que manos atenerse.

Los versos y el minuto

Hoy solamente serán versos
empujados por anteriores palabras
que se agolparon en escalera hacia la cumbre
de oro, plata, diamante, conocimiento, tierra alumbrada.
Será lo que fue la conversación sacrificada,
sus minutos arrojados hacia el despeñadero
y volaron como torbellinos alemanes.
Algunos fueron en picada, otros, como ahora,
navegan sobre el desierto de agua.

martes, 23 de septiembre de 2008

Contra la natalidad

Zahiere en una montaña de niños
una mujer con la barriga hinchada
y una bandera roja como un ciclo...
Premunamos en aplicar sindéresis
para golpearla con las manos;
no ser monstruos de noticieros
o de alguna chica con bulimia,
no ser esposos, padres, hermanos;
ser simplemente el mal, la vida.

Los pechos

Nadie le mire los pechos
porque ambos pueden
sacarles un ojo, un niño,
un deseo de cuna,
un sustituto de madre,
travesti de cinco dólares;
o, simplemente, ganas de descansar.

La prisión infinita

Poso pálidamente
para imitar a la estatua,
sentada a mi costado
leyendo un libro amarillo
por los rayos solares
y por las miradas enfermas
de los faltos de color
como yo.

El museo está vacío,
el tiempo también:
en pasillos aislados
solamente quedo yo.

lunes, 22 de septiembre de 2008

Poema de mi presente

Mis ojos cansados
no se detienen
ante bibliotecas o lecturas.

Los libros se montan
y levemente se inclinan,
amenazantes, a mi cabeza.

Yo sin ese peligro
soy menos que el miedo
y la pereza.

Felicidad contra tristeza

Se apartan consternados
tus labios egoístas
ante la risa y lo sagrado.

Velorio

Suena la campana
y avisa que el tiempo
en mí a caducado.

Por el silencio

Era la quinta vez de la semana: el motor encendido y la bocina que sonaba, sonaba, sonaba por la mano del imbécil infeliz que llamaba a su exnovia desde la pista, insistiendo que saliera a dar un paseo. Ella, avergonzada, le mandaba mensajes desde su cuarto para que se largara. No se atrevía a salir, la vergüenza la mataba. Los vecinos estaban hartos de aquel idiota. La policía era llamada a cada minuto, pero no contestaban. Era la quinta vez y la última que los vecinos lo insultaban. Uno de ellos, militar en retiro, setenta años, ávido de paz, salió a medio cuerpo de su ventana con un rifle que descargó directamente al carro, bala tras bala; sólo para empeorar el asunto: el cadáver del tipo presionaba el timón con cubierta afelpada.

domingo, 21 de septiembre de 2008

Privacidad

No se pueden decir las cosas personales porque siempre hay alguien atento a tu costado para oír tus cosas y usarlas en tu contra. Pero a veces esa otra persona eres tú, y esperas acercarte a una verdad para hacerte daño. No importa hacer daño, hay muchas clases de daño; incluso dudo del daño que mata, me refiero a si será tan terrible ser asesinado. Es la incertidumbre la que nos da los derechos humanos, esa necesidad de hacer y tratar de rozar con los dedos el otro lado. Más adelante, no hay algo más, es estar sin capacidad de expresarte a pesar de tener medios ingentes, o una voz que se acobarda al leer o repetir un tramo.

Requerimiento

Sólo una telaraña de cristal
para sostener en la esquina del universo
un batallón de luciérnagas...

Lázaro, Cristo y alguna de las miles de vírgenes

Levántate y ve, Lázaro,
que aun siendo tu tiempo
te quiero lejos de mi tierra,
de mis aposentos
(de su reino).

Apártate de los vivos, Cristo,
que aun no es el momento
para que seamos testigos
de tus sentimientos
(de sus deseos.
Insistencias de un proceso).

Tápate, virgen de algún puerto,
que viene un capitán a la deriva
para subirte sin ganas a la quilla
y navegarte como un hombre sediento
(estos también son deseos,
sólo que más próximos a la vida).

La cabeza

-Este lugar es una mierda.
-Ni lo digas, es más triste que una pelea viejos.
-Por algo es un cementerio, hermano... Aquí la gente viene a llorar, no a cagarse de risa.
-Me da igual, simplemente quiero matar el aburrimiento.
-¿Unas cervecitas?
-¿Trajiste?
-Claro, listas para ocasión.

Se levanta de la lápida y corre hasta su maletín azul oscuro. Los demás están felices, saboreando el alcohol y la cebada de las botellas de su cabeza. Ambos lucen como idiotas. El tercero está impacientado, no encuentra las botellas.

-Mierda, sé que las puse aquí.
-¿Y no están?- pregunta con sorna uno de sus compañeros.
-No sé, no las encuentro...
-Saca todas las cosas.
-¿Y tú las vuelves a meter?
-Ni que fuera tu madre.
-Entonces calla y no jodas.
- Ya fue, te debes haber equivocado.
-Claro que no. ¡Cómo si fuera posible equivocarse cuando haces algo! Estoy seguro que las puse aquí...Tal vez la monstrua de mi esposa las haya sacado.
- Uyyy, querrá reemplazarte con las botellas...

Dos se ellos soltaron la carcajada.

-Necesitará que la llenen... Tal vez deberíamos cruzarnos por tu casa...
- Calla, imbécil, vuelve a decir eso y te parto la cara; también a ti, concha tu madre.
-Ya, ya, tranquilo, solamente te picábamos. ¡Pero igual estamos aburridos!
-Saben, ¡a la mierda!

Va hacia una tumba vieja que está a unos pasos y hunde sus manos en ella, escarba arrimando la tierra y los trozos del féretro que hay ahí. Su mano tantea la forma, la textura: Un cráneo.

-¡Aquí hay una cabeza! ¡Quién se la quiere quedar!

La arroja a uno de sus compañeros, luego éste al otro, así mientras gritan o hablan.

Uno de los gerentes del cementerio había salido de su oficina a caminar un poco. Le dolía estar sentado en su oficina. Fumaba un cigarro cuando vio lo que al instante desconocía: un par de guardias arrojándose el cráneo de algún desafortunado de alguna desafortunada familia.

sábado, 20 de septiembre de 2008

Mentira

Fingí que me gustaba
tenerla entre mis piernas
pero era falsa aquella
ilusión que fabricaba
con su sudor y sus caderas
o con el te amo que falla
en dar en la condena
del amor que nunca engaña.

Destrucción de una ilusión

Ya no sigo al cuento
porque mojaron mis patas
de cabrío sujeto
mientras buscaba en la playa
a la mujer de mis sueños.
Al otro lado del mundo
alguien similar despertaba:
cortó el cordón umbilical
cuando sus ojos cesaban.

Poema al esfuerzo

La carga es demasiado pesada
y la competencia es muy dura.
Nadie llega aún a la montaña,
seguimos por una sima oscura
que tiene adornos de agua
donde abrevan los que juran
que son hombres del mañana.
Han olvidado entre sus casas,
que están solas como viuda
añorando a una guitarra
que sonó y tragó la luna
en el lecho de una posada,
la vida que en posibles abunda
y en guerras trunca esperanzas.
Se ve muy lejos el porvenir
para el cuerpo del alma.

Maloliente

Todo apesta. Este lugar apesta porque hace dos días que el desagüe colapsó y arruinó todos los baños de la casa. Mis vecinos no la sufrieron tanto: ellos mandaron quejas y conversaron con sus amigos para que solucionen sus desastres; al momento vinieron y ya se están encargando de todo. Yo, que soy pobre y no tengo ningún amigo en cargos importantes, espero una respuesta del ente público que corresponde solucionar este lío. Esta esa zona de fronteras: yo vivo en la frontera mala, los del municipio me consideran dentro del lado bueno porque se equivocaron al medir la inclinación de mi casa, y por eso no recibo la ayuda correspondiente, porque eso no me ayuda de nada estar entre dos lados. El olor es putrefacto, similar al de plantas muertas que crecen en las riberas. La insalubridad me ha hecho daño; los productos que tenía para mi mesa se han malogrado o se han encariñado con ese olor nauseabundo, cualquiera de las dos opciones me son igual de desfavorables: sólo contribuyen al deterioro de mi sistema digestivo.

Han terminado hace una semana las reparaciones y yo he bajaron 15 kilos. Los vómitos y la diarrea han mermado en mi cuerpo: la masa perdida se fue de mí como este olor feo. La gente ha vuelto a su hogar a quejarse, a tener que enfrentarme para exigirme volver el equilibrio de la cuadra. Yo les explico que la cosa es simple, basta ver mi ropa, mi casa, mi modo de ser, no soy rico ni tengo influencias como ustedes, eso dije, ¿qué quieren que haga por ustedes?¿Por qué no hacen algo por mí? Paguen la reparación y regresan obtusos y tranquilos a sus casas con piscina y empleadas de escotes generosos. Que cómo vamos a pagar sus responsabilidades, que cómo es posible, que me van a denunciar, que me van a meter a la cárcel, que me van a enviar a un hospital (uno de los que me increpaban dijo eso, pero no tuvo eco. No tengo seguridad sobre las razones de su decir, tal vez me vio muy enfermo, porque, al no tener eco su propuesta, susurró algo que no escuché y luego me dejaron; ¡a morir solo!). Me dejaron cerca de la muerte, sin alimento, tal vez condenándome por hacerles mal no intencionado o reafirmando el horror de mi destino. Pienso eso y al mismo tiempo no lo pienso. Dios mío, qué feo apesta este lugar.

viernes, 19 de septiembre de 2008

Inclasificable... Tal vez un tiro en la cabeza...

Todos tenemos un momento

Todos.

Sino

No estuvieran leyendo este mensaje.

Pero hay gente que no lee este mensaje,
pero hay versos que se mueren como hoy,
pero hay alimentos que no matan el hambre,
pero hay una pregunta que no sé yo;

Todos: vaciados de momentos

Todos. Sino.

Estuvieran leyendo este mensaje.

Un minuto sobre la cuerda

Creo estar atrasado con mis cosas (la empleada habla con mi mujer a través de su celular; levanta la voz como una pájara para reírse de su demente propuesta, le dice que sus hijos valen más, no los puede dejar botados: y así dice estimarme y quererme). Ya se acercan las manecillas a las diez y yo aún visto como vestí hace unas horas en la cama. Como la mitad de mi desayuno frente al computador. Me cruza la mente una puerta cerrada, de acero y madera delgada; detrás hay una voz que me dice que es colegiala, que está haciendo una encuesta sobre la familia; no tiene voz de colegiala: yo desconfío. Me pide los nombres y dudo: ¿Cuáles son los nombres de mis padres? No los recuerdo, en mi interior son seres sin rostro, sólo piel blanca y tersa que está cerca de mí, imitando la presencia de un fantasma. Un vestido y un terno gris, oscuro, puestos sobre maniquíes que hacen acciones repetitivas y diarias. Y mi mujer quiere que sea así. No, yo jamás seré una estatua (la empleada acabar de abrir la puerta. La voz de una colegiala habla). Mi mujer quiere un hijo, yo le daría un perro o un amante con quién entretenerse. Me da risa y miedo la idea de la paternidad. Cuidar a una cosa que siente, tal vez dejarla morir de hambre como los peces que me regaló mi madre. Tengo la seguridad de que no moriría si lo dejo hambriento, botado a mitad de la habitación sin muebles y tonterías para niños; lo veo y lo siente como un muñeco, un maniquí completamente blanco, sin nada externo, ni siquiera un sexo. Atraviesa la ventana del monitor o las palabras de mi empleada que me pide caridad para mí mismo. Piense en su esposa: pienso en ella y me convenzo que necesita un amante, algo que la aparte de mis sesiones con el siquiatra, de mis continuos fracasos y de mi pobreza soterrada. ¿Por qué te haces daño, mujer, acaso no sabes que yo ya estoy perdido? ¡Estoy perdido! No tengo nada más que ofrecer: soy un cobarde que espera frente a un objeto cualquiera su muerte, muerte que no vendrá de ninguna parte, sino que está aquí mismo, ¡aquí mismo, en el pecho que late cansado! Soy un cobarde que no arranca lo que hace mover su pecho para eliminar al dolor; no quiero eliminar al dolor, me aterra hacerlo. Los estoicos vivía algo parecido: ¡miserables aquellos! Yo no tengo causa ni amor: mi humanidad se enfrió como un meteorito; voló por una vastedad del universo hasta que chocó con un planeta, hasta que una mole de tierra le detuvo el paso y lo puso en una oficina, con esposa y con amigos y con amantes imaginarios y con empleadas altaneras. Supo de inmediato que se iba a morir ahí, comido por los vientos que entrar por una parte de lo que fue un colosal cuerpo y que ahora está a la merced de una carcoma dulce y bendecible que guarda dentro de sí una terrible y dolorosa espera. ¡No importa nada no tener hijos, ni amantes, ni esposas o empleadas infieles; todas y todos son estatuas que son piedra y a la vez son piedra de piedras. El viento, el sistema, los amigos, la carne, el sexo, todo eso tiene forma humana y fondo de estatua, de cosa invertebrada, pietra. Y se puede ahondar más y más hasta llegar al punto en el que pido un descanso porque las piernas no pueden avanzar, ensangrentadas, rotas, mi cuerpo no quiere aire, pero quiere meta, no puedo seguir y ahí llega toda mi hambre, todo mi heredero, mi empleada, la falsa niña, la falsa esposa que se queda únicamente por lástima.

Estoy seguro que si doy este paso lograré, aun con el peso del mundo en mi espalda, continuar.

Y el hombre quedó colgando sobre la cuerda.

jueves, 18 de septiembre de 2008

La distancia

La mar te deja
lejos de estas manos
que te apresan;

no llegan tanto
a lastimarse, presas
de un encanto.

Abrazo pena
y de un modo mágico
yo te abrazo.

La diferencia

La mentira eleva
la súplica de favor
que calla verdad:

la que se queda
en nuestra razón
luego de errar.

La diferencia
de verdad y mentira
casi existe.

Primavera inútil

Es primavera
y se proyecta todo
sobre las casas.

La gente se alegra
y comparten en ellos
semillas tiernas.

Es primavera,
pero nada interesa...
Final de piedra.

Las viejas

Curioso que me pase una tarde viendo fotos, cruzando las piernas aquí sentado frente al computador. Cruzando para apretar su centro, así tal vez de esa manera disimule el bulto bochornoso que tengo debajo del short. La vida sería más fácil sin tanta vieja cucufata; seguro que entre todas juntas usan más pintura que una metrópoli. Me he preguntado algunas veces, en ocasiones para nada memorables, la razón que tienen para juntarse las personas indeseables, cuando se sabe que entre ellas, en lo profundo de sus intereses, se repelen o vituperan de sus pares, y es que apenas terminen de hablar o de alejarse de ellas el sol en el horizonte, lo que venga primero, oiré a mi abuela criticar una vez más a las mismas personas, a las mismas actitudes y a las mismas seudoamigas que tiene para parlotear (ahora una de ellas pide el baño: lo pide, no pregunta dónde está, si a un costado o debajo de la escalera. Me siento feliz al descartar de la realidad la terrible idea de ver a dos eunucos transportando con sus escuetas manos un pesado inodoro hacia el centro de la sala, la señora bajándose su gorda intimidad y haciendo lo que tiene que hacer mientras sus compañeras festejan, o por rencor, simplemente callan. Le han señalado la dirección del baño). Y es que me cuesta sospechar que lo hacen por necesidad de prevalecer más que de afecto: se juntan porque el diablo las trae de la mano, las invita a conversar y se regocija, haciendo a quien sea un poco más miserable. También sospecho que es el fruto de los años, el crecimiento maduro, cuya madurez es amarga y desagradable, y su único interés será irse muriendo sin apresuramiento ni premiosos detalles. Lo que sea, no dejará de hacer de esto una sentina abominable; no obstante, lo que más asusta es la idea de seguir con la incomodidad ocultada por las piernas, la virilidad intacta ante tanta porquería (se besan, entre ellas, al no ser que sea cumpleaños de una de ellas -cosa improbable-, de seguro se despiden. Es muy temprano para marcharse, eso es raro), ¿me producirán algún erotismo las viejas? Lo ignoro. Ya todas han salido.Puedo escuchar sus voces chillonas o roncas que vienen de afuera. Una foto digital y una mancha espesa y caliente en el short me hacen ver por un segundo el cielo.

miércoles, 17 de septiembre de 2008

El círculo de sangre: Herencia

No puede completarse el lazo familiar
sin el hijo que se casa a los 18 años,
sin la hija que se escapa con el novio,
sin el padre que no engaña a la esposa,
sin la esposa que no duerme con vecinos:
sin esa maldita careta o moral.

Manejo de espadas

Las espadas están colgadas en hilos
que maneja en las alturas el viento,
titiritero que obra con el metal frío
y ofrece un agresivo concierto.

El titiritero es otra de las armas,
es lo que refluye en los movimientos:
sólo dios conoce cuando habla,
pero siempre calla al respecto.

30 minutos y 40 de lo mismo

Esto hace mucho que me lo contó un compadrón, de esos que recogen migas y centavos del suelo; probablemente alguien que de chico fue ladrón o aprendiz de carnicero, uno de tantos que dejó las cosas que sangran y se quejan por las máquinas, que también sangran y quejan. Era...Es un tipo particular (no, no lo he matado, aunque casi): ni muy gordo, ni muy flaco, ni muy listo, ni muy bajo, ni muy cuadrado, nada de nada; no tenía rasgo especial en común, como sí lo tenemos todos. Tal vez lo tenía, pero yo nunca lo vi, como tampoco lo veía nunca. Era chabacano, grotesco, mañoso, aunque nunca con los de su entorno, con los cuales se mostraba enteramente servil y cordial. Me contaba entre copas que cierta ocasión, durante el gobierno de Alan, el caballo loco, durante el toque de queda diurno, una esposa de uno de los que fueron sus amigos y ya no lo eran ni lo son más, le llamó a su casa desesperada, rogándole por consuelo y por guía. Él, según me contó, amablemente quería despacharla, pero no se atrevió, ya que su consciencia, ay, su consciencia. La mujer le declaró todo corto y rápido: había salido a encontrarse con alguien que no era su esposo en su carro y se habían comido el tiempo entre paseos y revolcones (así lo dijo, dios siga bendiciendo a esa mujer), y en uno de tales el carro no volvió a prender, dejándola botada en algún lado donde felizmente pasaban carros y a una media hora de su casa y 40 minutos del cierra puertas. Obviamente el tipo la dejó ahí, jodida, preocupado porque no lo vayan a tomar por terrorista; ella casi lloraba, pataleta sobre la capota del auto. El mecánico le dijo que lo dejara ahí, que no se gastara, en ese tiempo no iba a terminar lo que empezara. Ella le hizo caso y se largó, no sin antes quedar con él para encontrarse en el lugar mañana; cosa que pasó y que devino en la revisión del auto. Todo estaba en orden: piezas, cables, agua, aceite, gasolina; la cosa le estaba saliendo cara por el desgaste. Le preguntó si tenía algo para los robos, a lo que ella asistió igual que las personas cuando les dan una cachetada. Él se adelantó y lo revisó , debajo del asiento había un preservativo una mancha dispar y blanca, lechosa: solamente le hizo notar lo del condón, a lo que ella se sonrojó y, luego de probar el auto, dio en gracias. Y se marchó. ¿Linda historia, no? Moraleja: limpia bien el auto.

La sorpresa o la fiesta para tres donde uno no baila

Mi novia me ha preparado una sorpresa. Ésta misma ya no lo es, ya que sus mismas palabras fueron las que le traicionaron, o tal vez no, de algún modo todo lo que me dijo estaba alineado a su propuesta principal, y aunque sea secundaria, ésta no verá o volverá a ser una sorpresa. La verdad es que no puedo esperar nada que me entusiasme de ella; desde que partí para estudiar química no he vuelto a sentir algo agradable por ella, como si mi gusto se hubiera quedado en el aeropuerto, resonando junto con las llamadas de abordaje o escondiéndose de mí en el beso de la inminente, pero necesaria, despedida. No hace falta resaltar que la quiero, sí, y mucho: una mujer así es valiosa, sin embargo el valor de las cosas resulta pasivo para la vida. No yo quiero seguir así. Tampoco quiero terminar con ella, no, para nada. Quisiera verla como por momento lo hago: una Penélope descosiendo en mi espera, linda imagen para poder continuar. La distancia es la peor enemiga de todas...

Luego de tres clases de matemática y moléculas estoy frente al monitor, desperdiciando una noche de viernes de obligatoria fiesta. Las habitaciones están o repletas de gente o repletas de aire, hastío.Ya van a ser las doce allá, si no demora mucho la espero...

Su dirección se activa en mis contactos: yo también. Me paro y me estiro por la espalda, me siento, una operación de unos segundos. Me pone cámara y le acepto. Las imágenes demora un poco en llegar, siempre esa diferencia tecnológica de los pueblos.Está vestida con algo rojo y preocupado más por ocultar coquetamente sus partes pudendas. Tiene maquillaje y se ve feliz, libre (no sé si esto tiene que ver con algo, pero me agrada hacerlo notar), los ojos le brillan y me saluda: Hola, dice. Hola, digo. ¿Cómo estás? ¿Estás listo?, pregunta. Listo para qué, le pregunto yo. Al leer lo último sonríe, se pone de pie y empieza a moverse sensualmente. Ah, ya lo voy entendiendo, le digo, complementamente equivocado. Ella lee de reojo y mueve la cabeza en forma negativa. ¿Hay más? Me pregunto yo, al mismo tiempo que me cuestiono más posibilidades. Para empezar ella no es así, es una chica buena, de su casa, correcta. Sospecho que el cambio le ha tocado más que a mí. No me quejo, lo que hace me gusta: no tiene nada en la parte superior del ombligo, su par de pechos medianos y rojos me atragantan, se mueven igual que cables que amarran un barco y que ahora me estrangulan sin miedo; lo hacen más cuando tiene las dos manos debajo de su braga y se frota como una mano que se hunde mientras hace circunferencias en la arena. Su rostro tiene algo de niña y de mujer, de monstruo y de prostituta. Si fuese posible hundiría mis brazos en la pantalla y la tomaría toda, la pondría sobre mi regazo y, con complacencia, la castigaría con un par de nalgadas. Me dice con sus manos que preste atención, lo hace cuando acomoda la cámara a un sofá que no estaba ahí, por lo menos no cuando yo la visitaba. Se dirige a él y se sienta con las piernas eclosionadas, se toca, se disfruta, se prepara para el tipo que ha estado desde la abertura de la puerta observándola, alguien que para mí, sentado en medio de una universidad, parecía una sombra de algún objeto mal proyectada; únicamente cuando abrió la puerta me di con la sorpresa de que era un chico, un tipo alto y un poco recio, serio y de cabello claro, se le notaba a pesar de la poca luz del recinto. Se acercó hacia ella y se dejó controlar en el acomodo, le dijo algo al oído y él sonrió como un perfecto malparido. No tengo más que decir, ya lo demás se presume: a pesar de que todo esto me chocaba como el embiste de un millón de trenes, no me levanté ni dije nada, observé como un poseso lo que hacían frente a mí, a mis espaldas, de alguna manera en mi pasado. Acabaron luego de un rato extenso (ni siquiera me atreví a medir el tiempo); sólo para que ella se levantara y se acercara al monitor, a la cámara, me hiciera señas obscenas y me mandara a la última cagada. El desconocido se reía con una insuperable complacencia: a pesar de todo era lo que de él yo decía: un desconocido. Las razones eran, probablemente, el abandono, la equivocación de no saber elegir entre lo que vale la pena y lo que no, cosa que ahora me hace dudar y confundir...Mas todo esto me hace pensar si hubiera habido una oportunidad para estar los tres metidos en la cama...

martes, 16 de septiembre de 2008

Padre e hijo

Vi por primera vez al muchachito: estaba yo con mi mano ocupada en un cigarro y él caminando lentamente con una chica más o menos guapas, más alta que él. Sonreían y conversaban. El gesto, el movimiento, su actitud, estaba seguro que era él. Ella me miró por un rato y luego él le siguió la mirada: ambos me observaron y para disimular me volteé, hice como que miraba el cielo lleno de nubes dispares. Por alguna razón lo arruiné; terminó en ese rato de pelearse con la chica y de mandarla al diablo, amenazándola con darle una bofetada si insistía. Se fue, la chica lloró, me miró rencorosa y se marchó. Dudo que mi hijo me haya reconocido.

La brevedad de un cuento

No hay historias pequeñas, a lo mucho resúmenes o puntos de vista que guardan una escena de todo un drama humano y que luego escritores o cineastas venden como si fuesen minúsculas, chiquitas. La cosa no empieza en un alguna vez ni termina en un fin, y el límite que separa ambas cosas no es del tamaño del filo de una uña. No hay un empezó y acabó, un empezó esto y al instante acabó aquello de que perseguía. No obstante, al dar el ejemplo creo algo cercano, un inicio y un final que demora segundos: ¿una historia puede darse en segundos? Probablemente la de los inicios, la de un beso a un desconocido y ya. No, acabo de contradecirme a mí mismo.

La justificación

No sé qué me pasa, en realidad... Yo nunca he tenido estos problemas, no...¡Ni debería tenerlos!Yo soy un macho, toda la vida he sido uno y siempre lo he demostrado en fiestas, en bares y en cualquier sitio donde podía; jamás desprecié a nadie, todas para mí eran guapas, lindas, bueno, algunas sólo de mentira. Yo no tenía líos en llevarlas a la cama, pues al final eso era lo que buscaban, que alguien les haga caso y las lleven a la cama. De todas, puritas casadas, prácticamente de las feas eran eso, como si el matrimonio les chupara su belleza, pero aún así eran finas, movidas, aguantadas, era rico ver como se revolcaban sobre uno mientras decían toda clase de groserías o pidiendo más con frases entrecortadas por gritos. Tampoco voy a negar que nunca cacé a la pareja de algún amigo, no, eran las más aventadas, pero ni les hacía bola, les tenía mucho respeto a mis camaradas que seguro me las hubieran compartido, pero había amor de por medio, y todos saben que cuando hay amor de por medio en una persona mejor ni decirle nada; pero igual me las tiraba, porque así son todas. Hablo y no digo nada, no explico el porqué me ha pasado esto, si a mí siempre me ha ido bien con esto, ya he dado un resumen con todo lo dicho: flacas, altas, morenas, monjas, despintadas, viejas, niñas, no hay de ninguna clase que no haya probado, ¿no es verdad eso que dicen en la televisión sobre el continuo ejercicio? ¿No se supone que me tenía que mantener en forma hasta que la muerte venga y me arrancara de las patas?Yo no sé, me parece una perrada todo esto, en serio...¿Cómo me dijiste que te llamabas?No importa, tampoco tú sabes mi nombre o ambos tenemos que saberlos; solamente me siento mal contigo, mujer, en serio, no creas que es por mi ego, mi reputación (aquí pone una cara contraria), sino que al venir aquí, de alguna manera, concordamos que cada uno íbamos a divertirnos. Yo no estoy divertido, nada de eso, estoy preocupado, y ni qué decir de ti, no soy ciego y lo noto, te debes estar diciendo: "este tipo no puede ni mantenerla parada", sí, con esas letras en ese orden; y no es eso, te juro, no lo entiendo, no entiendo lo que me ha pasado.

Reivindicación

Yo te quiero aquí, hermano,
gozando de los vientos y la tierra nuestra
que juntos en algún momento construimos
o la limpiamos de la putrefacción pretérita
que levantó hierbas venenosas entre nosotros,
yo te quiero junto a mí en la cima del orto,
contemplar por un instante dorada hilera
que se come las rencillas de costa, sierra y selva.
Pero tú no estás a mi lado, hermano,
aún sobrevives bajo la piedras
y yo ni nadie te ha buscado;
por eso espero, aunque no sea yo,
que alguien algún día te traiga de vuelta.

Lecciones de la comida caliente en un día caliente...

Cuando hay moscas en la casa,
en el suelo,
sobre mis familiares,
el sol arde como en un llano enorme
sobre mi espalda blanca como un cuaderno;
ahí el sol escribe con carbones y flamas,
con ardor y con sabiduría perenne,
algún recuerdo de todas las camas
en donde durmieron más de dos personas.
Las moscas recorren mi comida caliente,
incomible, con restos de cerdo y de judíos,
cebollas opacas acompañan el vidrio.
Mi comida se enfría mientras envejezco.
No hace falta envejecer para morirse:
me lo dice la carne que ahora veo...

lunes, 15 de septiembre de 2008

Otro aviso...

Hoy, al parecer, tampoco escribo. Esta vez por falta de tiempo: tuve que encargarme de algunas cosas...Les debo algo de 21 entradas, veré si me pongo al día, aunque sea con migajas. Besos, gracias a quien lea...

sábado, 13 de septiembre de 2008

Simple razón

Te tengo en las noches abrazada.
Te muerdo en las mañanas de ayuno.
Te cojo como una rosa arrancada
dulcemente como un zumo.
Te doy citrino entre los dedos.
Te juzgo despierto y tarde.
Te talo como un Amazonas.
Y ante esto te quiero, sólo te quiero...

Pistola de juguete

No tengo versos para labrar en tres minutos.
Por
eso
aquí
termino
este
falso
poema.

Riendas del corazón

Mi ánimo se caldea despacio
como el huracán que soba las aguas
para llevarlas en sus brazos
Siento que todo me falla
al querer darle contenido al tiempo
y a los versos vacíos como bisutería
Un fantasma nace por la noche
Bah puro hablar de tonterías
Las babas del diablo
Octavio Paz
El poeta que conocí en el transporte público
La mujer desnuda del retrato
La mujer manchada de semen en la revista
El crítico feliz y extraordinario
Mi tiempo se agota igual que una vela
puesta a merced de los vientos soterrados
sobre todos nosotros
No se sabe quién dispara
y en un abrir los ojos nos morimos
canta Octavio Paz y Roberto Michel
ve palomas en las nubes de un tejado
Pero llaman a la puerta desesperada
y un grito de exigencia me perturba
Caen los restos de mi torre poética
y entiendo al fin el secreto de los pájaros
que para muchos igual que para mí
son el secreto de las saetas homicidas

La búsqueda de una editorial...

He decidido publicar mi primer libro luego de haber pedido una por Internet. La verdad es que ignoro cómo una cosa terminó en otra complemente desligada, como un interés saltó y se convirtió en un interés; sólo sé que el momento de ociosidad era premioso para ocurrírseme publicar un texto, porque obviamente el que ha publicado un texto sabe que se hace más trabajo que escribirlo, que es un remolino de permisos, firmas, contratos, acuerdos, editores, distribuidores, corregidores, secretarias, prestamistas, reporteros, críticos (muchos de estos escritores o escritores frustrados, según algunos), columnistas, diseñadores, publicistas; es por eso que los literatos actuales apenas tienen tiempo para escribir y aparecer entre las olas de millones de interesados, claro que el talento ha dejado de ser algo importante. Pero volvamos al principio, que es la compra: dos meses buscando, casi con vergüenza, un libro de ventas considerables en un pequeño círculo de interesados en averiguar más de lo que es todo y lo que es poco, o sea de todo un poco. Tiempo que me pasé en mis ratos ocasionales de desajuste laboral y de respiro; casi con estupor comprobaba que el negocio de la distribución de libros en mi ciudad era un fracaso, una farsa que se maquillaba con los títulos arrojados a las masas por las mismas editoriales correctas que publicaban extraños y valiosos textos de los que era difícil saber, u obtener, ya que la renuencia a soltar los textos era notoria. Sin embargo, los que leen dirán que un necio que habla sobre la compra de bienes y que no menciona el mágico mundo de la web es un necio sin preces, lo dirán y tendrán completa razón, soy un necio sin nada más que buenas intenciones y convencimiento, como buen necio... Yo, un analfabeto de la informática, no había considerado esa opción, ni siquiera cuando la estaba ejecutando, enterándome de lo que tenía que hacer (algo tan sumamente simple que roza con lo idiota) para dejar todo claro, para conseguir ese conjunto de papel e ideas ya. Más adelante de comunicar mis deseos a aquella casa editorial me cuestioné sobre mi relevancia como escritor, un remedo que con dificultad aspiraba a ser nombrado escritor, algo que ni se pudiera aún..., muchacho de 19 años que hace algo muy común: reunir lo que tenga flotando alrededor de sí y escribirlo, apuntarlo en un soporte virtual que no comprende y que no tiene deseos de comprender. Ese par de cosas sumadas a otro par y a otro hasta la eternidad, no eran excusa suficiente para calmarse sobre la cuestión de tener 19 años y no haber publicado nunca, no figurar en ninguna zona del mapa ni en algún voluminoso volumen de un aventurero de siglos pasados. Mi promesa de publicación en un plazo que no excediera los 18 años de vida se había esfumado en la mañana de ese mismo día, aquel en el que entraron a mi cuarto sin permiso y me despertaron para desearme un feliz cumpleaños: ¿feliz cumpleaños? ¿No fue ayer mi cumpleaños? ¿No tengo 17 y soy más triste que un partido de fútbol? Qué va, seguro quieren algo, tal vez mi madre tiene un hacha bien puesta en su espalda y espera imitar en cualquier instante a Raskolnikov. Me engañaba en vano en aquel momento porque las llamadas que recibí en todo el día me lo confirmaban, al mismo tiempo que confirmaban mis allegados el enorme sacrificio que era dirigirse hacia mí una vez al año; el calendario, las llamadas, el movimiento de las estrellas, eran 19 malditos putos años desde que mi madre se había empecinado en tener otro hijo, y todas esas cosas eran suficientes para ponerme plantado y derechito sobre la tierra (claro, quién es capaz de debatir la consistencia y el peso de un montón de llamadas comiendo del mismo plato, hablando del mismo tema). Los días se había pasado como un cigarrillo que algo, tal vez la muerte, chupaba con apuro, semejante a aquellos que parece que confiaran en el tiempo y en la reducción de éste a los músculos faciales que apresuran la extinción del producto; todo se pasó de inmediato, casi como una orden superior que ordena unir dos mesas para más invitados. Sin darme cuenta un sueño viejo y deslucido se había terminado por un montón de cosas que no sé si son ciertas, pero que en medio de esa inutilidad, ese silencio, maquinaban la caída de una de mis fuentes, no de alguno de mis pilares o murallas. Se me pasó por la mente todo eso al poner enviar a mi correo electrónico, además me pregunté si había la posibilidad de algo, de hacer algo, claro que lo intenté, lo juro, ni bien eso fue enviado busqué en la editoriales más importantes, una búsqueda infructuosa, patética; la gran cuestión del universo se volvió saber cómo diablos hacía uno para publicar un librito modesto de versos, de cuentos pornográficos y de diatribas contra la iglesia: la duda me duró poco (¡Gracias al señor!). Tardó sólo unos segundos el programa en sacarme de la página. Así que resignado sigo escribiendo en este no papel, en esta no razón de ser blanco y negro como la tinta y los folios; la consideración de esta emergencia ante el rompimiento de uno de mis diques espirituales. La publicación sigue pendiente. Si alguien sabe algo: avíseme.

viernes, 12 de septiembre de 2008

El centro

Alguien corta el pan a mi costado,
pan de azúcar, pan de incienso,
pan de todas las tribus del pantano,
de todos los hogares o sarmiento.
Zócalo calentado por la tierra.
Es así donde el pan se quema,
hace temblores, expira como aliento
de fuego.

3x4=0

No hay tiempo
porque el reloj
ya no gira.

Las muñecas (basada en un cuento de José Adolph)

La luz parpadea, y a pesar de eso no he dejado de ver a las muñecas. Hoy me he quedado sin trabajo, he vuelto a ser como era al comienzo, sólo que distinto, muy distinto, no capaz de volver a ser. Me lo dijeron en la mañana y ahora es de noche, casi rozando la madrugada. Salí a beber ni bien me lo dijeron con la esperanza de ahogar la opresión del pecho; caminé por una hora hasta meterme en algún antro que me proporcionara la música estridente y la oscuridad para poder echarme al olvido. Fumé, flirteé, pagué los tragos de dos putas, me deshice de todo lo que pude y me largue. Camino a casa me golpeaba contra los postes, tropezaba con las aceras; cuando estaba tirado en una me acordé de mi viejo amigo... No sé si llamarle amigo, yo nunca me consideré uno para él, lo más que alcanzamos fue una modesta devoción, solamente de mi parte. Él se murió y me dejó sus muñecas. En realidad fueron sus primos los que me las dieron, unos idiotas que estaban ahí por compromiso y nada más; ambos no querían nada de ese sitio lleno de polvo y de carcoma, de amenaza de embargo y de locura, menosprecio. Después de la operación nunca fue el mismo: claro, brillante, suicida, creativo, era una de esas tantas, aunque aún pocas, promesas que no llegaron a consumarse por el poco razonamiento de los médicos y de las ciencias hacia los artistas. Pasó a ser lo que fue: un simple imbécil que a ninguno de los del grupo le dio pena más que vergüenza, y es que en ese tiempo eramos, hay que decirlo, unos hombres maduros y pelmazos, casi realizados, no obstante, parte de un rebaño del cual nunca, ni si quiera como él lo hizo, salimos. Y todo fue por su perenne búsqueda de lo femenino, de los trajes rosa y los calzones de algodón rechoncho que usan las niñas, las trenzas de su cabello largo y poco femenino. La última vez, cuando estaba grave, lo único que me hacía permanecer a su lado era su barba, dura, poblando toda la cara; era de toda seguridad que nadie se había preocupado por mantener su deseo vivo... Cómo lo dije antes, la ciencia, ay, la ciencia. Llegué a mi casa y todo estuvo listo, la realidad de ser un fracasado como todos los hombres a los 40 años que trabajan para mantenerse vivos; ya no me tenía que preocupar por volver a trabajar, ya para qué, en el instante que pasa todo esto no quiero absolutamente nada, nada de lo que hay acá, pienso en la locura de mi viejo camarada y no la creo, la denigro porque me parece que jamás tendré la capacidad de alcanzarla.

Pero dejemos eso de lado. La luz parpadea por unos cables caídos (los vi someramente cuando vine por acá). No dejo de mirar a las muñecas, sus muñecas, que, al final de muchos años de tenerlas, verlas, se mueven y saludan con su plástico, su tela y su nostalgia de vida con sabor a metal.

Por cervezas

Ya era la hora. Desde la casa veía, a través de la ventana, a su vecino descargando las cajas de cerveza. Éste lo vio y le saludó con una sonrisa de mofa, le indicó que tenía su parte lista y helada, que esperaba terminar pronto, no agotarle y luego ir a verlos. Mientras su mujer estaba cabizbaja, sentada a un lado de la cama con vestido largo y ligero que tenía algunas flores que lo decoraban. Era probablemente la vez número siete que el vecino iba para la casa en el mes; desde que empezaron su presión con la cerveza se había vuelto más perenne. Pensaba y no se daba cuenta que temblaba como si estuviera en medio de la nieve; su esposo no lo notaba, estaba ilusionado con las bebidas y poco le importaba las quejas de su mujer, tal vez porque era consciente de poner terminarlas de una bofetada. Se pasaba la lengua y se rascaba el muslo por encima del pantalón, una señal de ansiedad que en él era bien marcada. Su mujer le dijo con la voz entrecortada que no quería hacerlo. Él no la miró, pero le bastó decirle que si no lo hacía la iba a matar a trompadas y la iba a enterrar en el jardín, junto al perro de la familia que antes vivía ahí. Tocaron a la puerta. El vecino se había apurado en guardar toda la carga y en llevar la parte de su vecino, dos cajas frías, tocaba la puerta para que lo dejaran pasar, el mal diseño de las asas cortaba la mitad de sus manos. El marido se encargó de bajar con premura y de abrirle la puerta, invitarlo a ponerse cómodo, ayudarle con las botellas. La cosa fue poco seria, ambos habían adquirido una extraña cordialidad; el vecino, con dificultad, quería decir las cosas, sus opiniones y deseos, de manera clara, pero cierto pudor se lo impedía, en cambio, el marido, comprendía sus balbuceos de inmediato y lo escoltaba hasta la alcoba. Eso pasó así y los tres estuvieron adentro, se saludaron y continuaron. El esposo se sentó a un lado, sobre un sillón de mimbre, a beber y a leer una revistas. La mujer vio al vecino completamente decidido, y, resignada, se acercó a él, que le sujetó con dureza una nalga y le dio un beso, le mordió el diablo y con otra mano le elevó la falda a la altura del pecho, le arrancó el sujetador y la tiro a la cama, entretanto se quitaba la camisa y se aflojaba el pantalón. Ella quiso llorar, sin embargo recordó que a él eso le excitaba, así que no lloró y se quedó quieta y callada durante el recorrido de sus manos y su lengua por sus partes más pudientes. A un par de metros su marido sonreía y observaba mientras bebía el último trago de su cerveza.

jueves, 11 de septiembre de 2008

El mundo, sombra del infierno...

Suelo ser feliz aun en el infierno.
No me duele las llamas abrasantes
en su trotar seguro por mi partes
que tienen en el dolor bien certero.

No duermo si a mi lado un cuervo
grazna el peso de todos los instantes
listos para vivirme en los detalles
que me tocan pasar en los flagelos.

Siento la piel quemada y el pecado
rezumar entre los caros inciensos
que se queman en el mundo presente,

el mundo que se toca con las manos
siendo apenas sombra del que siente
millones de los hombres en incendio.

Dejar de reir por haberte perdido en algún baile

En fin, en fin, tras tanto andar riendo
llegó el día en que callar el río
fue razón de menos a sentir frío
ya que sellaban labios contento

que perduró en mí sin más lamento,
siendo yo un palacio de espinos.
Rosa tú que fuiste arriba mío
la careta que llevó el feo

a los salones señoriales fatuos
do yo fui alguna vez apariencia
y tú fuiste de mí todo recato.

Labios que encierran risa pudenda
son ahora los míos y sin lado
próximo a tu ausencia que lacera.

Baño del estadio

En los asientos la gente grita y se apasiona por un grupo de atletas discapacitados. Se ha deslizado hasta los baños cercanos a la graderías, ha dejado su lugar que, con o sin ella, estaba desocupado. Las bebidas derramadas en el suelo y los restos de basura o comida disimulan el líquido que le cae desde adentro del vientre, viscoso, opaco, desagradable. Entra al baño y pone seguro a la puerta al cerrar; duda que alguien vaya a ir en ese instante. Aprovecha el ruido que se filtra desde afuera para gritar el dolor que siente, para abrir sus piernas y su sexo que se dilata por el descenso del bebé y la gravedad, suda y se mojan con lágrimas sus mejillas; sus manos está agarradas en un cubículo de inodoro y el pequeño está aún dentro de ella a la mitad. Caen sangre y heces en un mismo sitio, la sustancia viscosa cae como de un caño abierto. El proceso demora un rato: la salida de la criatura es lenta pero segura; al concluir él y su mamá están sobre recostados sobre el suelo. El público grita más. Ella recuerda que está mal todo eso, que no le va a poder cuidar, que es una mala persona y que será una mala madre, también regresa a su mente las acusaciones de sus seres amados sobre lo mal que hace al tener al bebé. No lo piensa demasiado porque la criatura empieza a llorar, finalmente sus pulmones se han desatorado. Con sus uñas sin pintar empieza a desgarrar el cordón umbilical, poco a poco, pero con algo de impaciencia. Estando desconectada físicamente del recién nacido se pone de pie y se limpia con los rollos de papel que ahí se están dispuestos. Luego de limpiarse y de aparentar lo mejor que puede normalidad sale del baño, no sin antes poner sobre un lavabo a su bebé, no sin antes despedirse sin darle un beso. Simplemente le dice adiós y ya.

miércoles, 10 de septiembre de 2008

Versos sueltos

El tiempo me dejó después con las manos en la boca.
El mundo permaneció intacto en todo mi movimiento.
Alargo palabras para relajar a mi estómago.
Espío con impotencia las acciones del tiempo.

Porno web...

Cierra los ojos u aprieta la boca, se muerde los labios y bufa, se le astringe el pecho por la sangre que chupa y escupe a todos los rincones del cuerpo, siente una relajación total, un ligero dolor en la parte inferior de su estómago, su ano hace fuerza, su miembro erecto se moja y vomita su savia. Mancha el teclado y el monitor, su mano, su pantalón, par de su ropa, el coto que lo soporta. La chica desnuda teniendo sexo en la pantalla está llena de semen que escurre hasta el botón de apagado. Él se siente mal, inútil por no tener, en lugar de un monitor, un cuerpo de mujer adelante y al lado.

El periódico

El periódico grande
se extravió
sin que lo oyéramos.

La cacería

Corre sobre el herbaje del prado, perseguido por un grupo de morros que respiran o producen un extraño sonido al ladrar. Todo ese montón de tierra es territorio privado; el dueño cree que es un intruso al que debe cazar como a una bestia. Ha soltado a una jauría numerosa y se ha subido a un vehículo todoterreno, su brazo derecho abraza un excelente rifle con mira telescópica. La ventaja que le dejó al principio se ha eliminado; el fugitivo se esconde detrás de una roca, tiene un brazo lastimado por el roce de una bala. El millonario ha dejado atrás a sus perros, se siente confiado de acabar pronto y de enterrar el cadáver, la respiración desesperada del otro le hace todo más fácil. Uno de ellos recuerda que sólo fue a acampar y que se perdió en un pequeño lago con algunos robles, que sin tenerlo bien en la cabeza la necesidad de correr por su vida se presentó al instante. Ahora estaba con una piedra que no conseguía tomar con decisión y un fanfarrón mimado que hablaba para engrandecer su ego, notablemente conservador. Un animal salió corriendo de un lado de manera intempestiva; el rico se distrajo y el hombre aprovechó la oportunidad para darle un palmazo con la piedra entre los dedos, rompió su cráneo y laceró parte de su cerebro. Al verlo muerto se aterró al sentirse irremediablemente condenado. Tal vez tiene hijos, amantes, accionistas, alguien que me querrá ver igual, me querrá verme muerto. El sonido de los perros llegando lo despertó, levantó al cuerpo con ambas manos, sin sentir dolor, y lo metió en el auto que estaba abierto, entró él también, justo antes que se lo coman los perros que trataron de entrar rasguñando la pintura de la puerta o el vidrio. Miró adentro y encontró un vació tremendo; ese vació concentró su atención en lo que era un mapa de la zona. Ya con esa ayuda planificó su regreso y el desvanecimiento del difunto. Arrancó el auto y siguió directamente hacia adelante. Los perros se rezagaron a la cola de la camioneta y finalmente se perdieron en la parte escarpada donde los colores rojo y amarillo hacían una hermosa mescolanza.

martes, 9 de septiembre de 2008

Sufrir porque no hay nada más que hacerle...

Hoy sufro sin alma y solamente
por el destino juzgado, burócrata
fue aquel espíritu que derrota
bases de mi templo abandonado.

Muchos años ha dejado él siempre
porque no deja más que años, cuotas
de un costo injusto y que adornan
lujos que tiene por haber mandado

a las almas sin paz que se retuercen
dispuestas a llegar a final cima
que tiene puertas de oro cerradas.

Se sufre porque ya no hay de serle
emprendedor, fanático de quinta,
para no alcanzar filo de sus ancas.

El festín de los ojos

Seres altos, pálidos o cetrinos se reunen en la mesa con sus brazos semejantes a los que poseen las ranas, sólo que esos no tienen garras negras y esmaltadas, ni tampoco las ranas tienen colmillos de lobo distribuidos por detrás de la boca, de los labios, son lampiños, carecen de orejas y ojos, por eso comen orejas y ojos: Están reunidos en una enorme mesa, similares los unos a los otros, altos y callados, quietos sobre sus lugares y con las manos sobre la mesa. Los súbditos horas antes habían matado y sacrificado a un grupo de personas para dar de alimento: bebes (a ellos les encantaba las vísceras de los niños), madres, solteras, padres, homosexuales, divorciados; todos fueron matados por azar, por una treta del destino y sus números. Frente a ellos habían, entre frutas y refinados manjares, escudillas llenas de leche con ojos intactos, algunos con la retina colgado de ellos, todo flotando sobre la exquisita leche; orejas rostizadas y puestas sobre pan, junto a ellas especias y salsas sabrosas; platos a base de hígados o riñones humanos; úteros rellenos de una sustancia lechosa y amarillenta, muy sabrosa y aceitosa; cabezas cocinadas, sin cabello, sobre pequeños platos de oro, de las cuales pequeñas ramas de algunos vegetales sobresalían de los huecos. Fueron felices los seres abominables y temidos con aquel festín. Lo primero que hicieron fue coger los ojos y reventarlos con sus dientes agudos y afilados; el sonido de estos al romperse llegaba débilmente hasta el recinto de mármol donde los líderes de la ciudad y de la nación temblaban y trataban de ocultar su espanto.

Las puertas del infierno

El infierno tiene un millón de puertas y ningún portero.
Todo es tocar y tocar y seguir tocando eternamente;
las puertas del infierno en verdad son las del cielo.
Adentro dios en mil piscinas con mil chicas se divierte,
con todas y con todos al mismo tiempo...
Dios es un egocéntrico que habla a través de nosotros,
de los papados y de nuestros miedos o ignorancia,
torre de babel de la que él es arquitecto y esclavo.
Veo a millones de kilómetros de distancia las puertas,
¡junto a mí hay genios y reyes que se han cansado
de retumbar aquellas puertas de oro y pieles!;
me desaniman a tocar, dicen que han tocado eternamente:
yo no les creo, sospecho que algo de dios en ellos tienen...

El sentado

Quieto como una estatua sobre una banca del parque, vestido de negro con saco y todo lo demás; el sombrero lo tiene a un lado y se toma con todos los dedos de sus manos la cabeza o su cabellera negra. Sufre un gran dolor en la cabeza, no muy excesivamente fuerte, pero sí constante y total, como si estuvieran sobrecalentados sus sesos. Sus ojos no parpadean, están rojos e hinchado; le arden pero quiere seguir así, no quiere parpadear para que una lágrima caiga en el suelo. Espera pacientemente que se evapore la lágrima que pende del borde de su ojos; nadie se da cuenta de ella, solamente lo miran y piensan que tiene jaqueca.

Una chica de quince años está patinando en la misma acera, oye música, tiene los ojos cerrados, usa gafas oscuras, chupa un chupetín con palito rosado, cree que no hay nadie por su camino, no nota al señor que está sentado a pocos metros de su lado: chocan y lo rompe todo: la tristeza, la paz, el sofocado llanto, la música, la alegría, el chupetín, el dolor de cabeza, el hombre sentado, la casi mujer patinando; al final se ven los dos tirados en el suelo, impresionados, mirándose uno al otro. La chica le pide disculpas, tiene miedo que le regañen; el hombre la ve y no soporta más, se pone a llorar y la abraza y la aprieta, ella simplemente se deja y responde.

lunes, 8 de septiembre de 2008

El diálogo del gato y el suicida

El gato negro
habla muy sueltamente
de los fantasmas.

Yo le respondo
con un sabor amargo
sobre la carne.

Ambos tenemos
ese asco a la vida
que nos acerca.

Y el amor al pescado.

El opuesto

No recordaba el haiku,
tampoco versos
opuestos como este.

El rompecabezas

Quise llorar aquella noche que me descubrí humano,
pero el rompecabeza de mis ideas era vasto y absurdo;
entonces fijé un tiempo para congelar mi voz
mientras que se iba desbaratando el calor de mis versos.
Ahora mi hielo es débil y sensible, acuoso y transparente,
retiene a un mamut dormido en su vientre
y engendra pequeñas venas de incolora agua.
Dentro de mi prisión congelada resolví el enigma.
Sobraron muchas piezas en esa invención cuadrada.
Mutilé formas y contextos para encajar las monedas
y poder llevar conmigo la bolsa y el viaje.
Hice más estragos en mi mente que la humanidad con su existencia.
Al final miré el orden y no comprendí nada;
fue y será una confusión de mezcolanza divinizada.
El hielo casi se derrite, yo, a lo mucho, busco en el valle mi palabras.

La cuerda

Es una sala de exposición amplia y oscura, difícilmente iluminada por la luz artificial que se queda a unos pasos de la entrada. Hay periodistas por todas partes; a un extremo hay sillas blancas de plástico frente a un estrado iluminado por un par de luces. Todavía no comienza la ceremonia, las madres están en efímeras entrevistas y la expositora también: una de las madre está sola, a un lado, frente a la soga con la que ataron a su hijo... Lo recuerda perfectamente, el sol, el sonido insistente del agua sobre la piedra, el cielo blanco y bonito; el día anterior si hijo se había quedado en casa de otra persona, de unos amigos, no muy lejos del lugar. Había dormido mal esa noche, moviéndose como si el corazón estuviese tapado de hormigas, y sacudiéndose para deshacerse de ellas; al final se había apartado de la cama muy temprano, casi a la misma hora que empezó a oír los disparos. Eran atronadores y el sonido rebotaba por todos lados; algunas casas encendieron sus luces, hubieron murmullos que finalmente terminaron callados: todos les tenían miedo a los terroristas y nadie quería animarse ni siquiera a mirar, no obstante ella estaba fuera, lista para hacer sus labores, y, aunque cansada, no dudó en ir hacia allá, hacia la zona de los disparos. La vereda estaba mojada por la lluvia anterior, el sol ya despuntaba y mientras se acercaba más, movida por una opresión en el pecho, notaba que a su paso las casas estaban abiertas, ventanas rotas, deshabitadas. Temió lo peor al ver que la casa donde debía estar su hijo se encontraba igual, con un cadáver en la entrada. Pero si memoria no era frágil: el ruido venía de más lejos, un poco más allá de aquellas casas, por el despeñadero que deslizaba capas de barro. Al final del camino optó por el recato; la presencia de alguien, de muchos individuos la frenaba: uniformados, miembros de uno de los batallones que solía andar por la zona en busca de terrucos, todos ellos apilaban cuerpos a un lado. Su hijo estaba amarrado con la soga que veía en ese momento, más limpia, más desgastada, los murmullos, el dolor, las madres, la gente bien etiquetada, ella mirando con tristeza y viviendo dos veces en distintos momentos convergidos en uno el camino que esa cuerda aún le deparaba.

domingo, 7 de septiembre de 2008

Nota

Si resulta lo que pienso, hoy no escribo más; hoy fue uno de aquello días que son una mina en el camino...Hasta que me nazcan las piernas, lamentablemente, un beso a quien pase, suerte, quien quiera que venga y lea, ojala les vaya mejor que a mí.

(Agregado al día siguiente: Puse mal en lugar de más; realmente estaba grave entonces...)

sábado, 6 de septiembre de 2008

La respuesta

Unos 20 alumnos están reunidos en un salón para rendir un examen. La mayoría de ellos desaprobarán el curso si no saben y se equivocan. Muchos de estos han estudiado todo el día, ella no: ella se sienta y revisa estratégicamente los lugares donde tiene las anotaciones y las fórmulas, sonríe al profesor cuando éste pasa a dejarle su examen, empieza a resolver luego de que todos han empezado; la hoja no importa, lo que importa es el profesor. Ella mira su recorrido, su distancia, si modo de rastrear a los tramposos, mientras saca las fichas y las lee, las aplica, completa con buen ritmo su examen.

-¡Alumna Ramirez!- grita el profesor a unos metros delante de ella, los demás hacen un murmullo vocinglero y la miran con compasión. Ella está segura que no le ha cogido con las manos en la masa.
-¡Qué, profesor!- dice nerviosa.
-Deje de escribir: ¡Qué tiene entre las piernas!- vocifera.
-Ayy, profesor, ¿qué acaso lo ignora?- pregunta con sorna y todos estallan de risa en la clase. El catedrático se abochorna y ordena titubeando que se callen.