domingo, 1 de febrero de 2009

Tratar de quejarse

- No es raro que adelgace, las mujeres lo hacen, siempre. Creo que es un tema central en su existencia, verse flacas, poder entrar en un vestido; es vano querer que no se le tome la importancia que debiera a este asunto, se cree que eliminando el placer por lo delgado se acaba con todos los males, cuando la verdad está en los métodos extraños que se usan, en las dietas extravagantes que acopian toda clase de seres, desde lagartijas hasta un hombre por la noche o por la mañana. No sé, un poco de ejercicio y ya, tampoco es lo más central en la vida: por no tener una nariz de modelo no vas a sufrir tanto, es lo mismo con lo demás del organismo; la imagen se aleja de lo importante: el estado. No siempre se cumple lo de mantenerse en equilibrio la balanza entre el estado y el aspecto: muchos que se ven bien por dentro no lo están, por dentro son horripilantes. Lo primero es mantener bien lo de adentro; quizá a nadie se le ocurra comprar un automóvil solamente porque se ve bien. Esto es igual; ¿qué opinas?
- No veo por qué metes a las mujeres en esto, querido; solamente dije que estás gordo, cerdo, y que nada tienes que ver con el cuidado que dices; sencillamente, se te salió la verdad por querer meter la fuerza en todo esto. No se diga más, iremos esta semana al nutricionista.
- Bueno...

Luego de una noche en Asia

Sin duda era uno de los tipos más fríos con el que había estado luego de una noche sin culpa, y vaya que era apuesto, pero su carácter frío lo derretía como a una pared de nieve. Era una sensación húmeda y desapacible, pensaba que en cualquier momento, si no se movía y persistía en aprisionarlo, su compostura se iba a volver débil y acuosa, igual que el contenido de un vaso. Ella tosería al soltarse el agua de esa apariencia tan atractiva. ¿Qué le hizo acabar con él? No lo recordaba perfectamente; un baile, la primera en la pista, sus amigas buscando un trago, poca gente y ninguna más cerca que su alrededor; deseaba que sus amigas estén bien y que no le hayan puesto nada para aprovecharse de ella, posiblemente de todas. Se imaginaba que esa habitación con buen gusto era una fachada y que en realidad era prostíbulo de lujo con prostitutas costosas, únicamente accesibles a los inversionistas. El hombre que a su lado miraba sin parpadear el techo era una máquina, un producto automatizado de alguna escuela de primer nivel; seguramente, no comía, no rezaba, no iba al baño por no comer y su cuerpo se había adaptado a una limpieza automática; su único detalle era el sexo: hora tras hora trabajando con mujeres dispuestas a todo por escalar posiciones y él, impávido, resistiéndose a los trajes neutros y a la provocaciones. No hay nada mejor para eso que sistematizar el acto, volverlo disponible y a la entera disposición, igual que comprar algo, de ahí que se encuentre en una casa de putas. Por otro lado, no se estaba quejando, lo que era una señal clara de que mal no la había pasado... Quizá era sólo un departamento, quizá ella la pasó bien y terminaron como se termina cuando la pasas así. Todo era muy raro, era hora de marcharse.

Al ponerse de pie el hombre reaccionó de inmediato: le pidió que se quedara, le amaba mucho.

-Me tengo que ir, ¿qué hora es? Mis amigas me deben estar esperando, creo que no les dije nada... ¿cuál es tu nombre?

En los ojos descongelados se deslumbraba rastros tenues de humanidad; ella no lo notó.

- Bueno, qué más da, tal vez nos veremos luego, en otro lugar. Sabes, siento esto como la primera vez... No esa primera vez, no vayas a pensar mal... Hablo de conocernos, siento que apenas te conozco, o sea, que recién y cruzo unas palabras contigo; perdón, tal vez estuve muy beoda.
- ¿En verdad me vas a dejar? ¿No me amas?
- Sí... Me tengo que ir, lo otro, pues, no creo... No te conozco, lo siento si te hice entender mal.

Sus párpados desbordan lágrimas sin emitir sonidos, está de espaldas vistiéndose y no lo notan, sigue pensando que algo está mal. Un viento con sal le golpea hoscamente el perfil, haciendo que sus cabellos se separen y vayan a un solo lado; es el olor y el ruido del mar lo que que la sacan de ese encantamiento. Descubre que lo que se está poniendo son jirones de su ropa destruida, que hay un cangrejo dentro de sus sandalias sorteando las amarillas correas, que la decoración no existe y que las paredes están rotas y oscuras, que a su alrededor huele mal y que hay luz porque falta poco para mediodía, que tiene un dolor entre sus muslos ensangrentados, que le faltan sus cosas, que cerca de ella, tiradas en el suelo e inconscientes, están sus amigas, que un trozo del conjunto de casas construidas en el cerro le dicen que están cerca de una zona de playa; finalmente, nota el rostro de aquel hombre insensible en una foto en blanco y negro enmarcada en la pared. No cree en apariciones y piensa en la droga y en cuantas veces la pueden haber violado.

sábado, 31 de enero de 2009

Estómago inflado

El conductor y el que le toma de la mano le gritan, agitados, de que aguante, que ya van a llegar; él grita y maldice todos los cielos que conoce, se arrepiente de la vida, como nunca. Un patrullero quiere detenerles, ellos alegan desde la ventana de su auto que si no se apuran su amigo morirá: el policía, al ver desde su lugar el estado del chico, se convence; como nunca. Son escoltados hasta la parte de emergencias, ahí los médicos le ven y saben que está en lo peor, que las opciones son pocas y que, felizmente, no arriesgan sus vidas. Luego de ponerlo en la camilla tratan de meterlo al hospital; el movimiento ha sido demasiado brusco y el tipo ha empezado a soltar los sonidos de perro, cuando éste es apaleado, junto a los balbuceos y a la saliva con sudor de su boca; la sangre bota lejos de sus labios y todos se alejan: dos enfermeros toman a los conocidos de la víctima y los cubren de la explosión estomacal de su compañero; no hace falta decir las diferencias entre el antes y el después del espectáculo. Un cuerpo frío, ya más tranquilo, permanece en la camilla, donde los demás buscan recuperar nervios y consciencia.

Truncando sueños

Uno nunca es buen fotógrafo, y su tesón siempre está a la mala, siempre en algún recodo, metido en el carro con el sol que te trata como a una salchicha. Hoy es una estrella, mañana será un marido y una esposa; marido es una palabra muy particular, ahora que caigo en la cuenta: no tiene una palabra equivalente que exprese lo femenino... Eso a diferencia de Kaede, vaya nombre, a pesar de ese vestido que le sienta tan bien camina como el ser más feliz de este mugroso orbe; bien ahí, con lo mal que la pasamos algunos.

No hay duda de que es una tramposa, solamente me faltan las fotos y acabo, un cheque y la privación de ese trasero que no alcanzaría a pagar ni con tres de los mismos cheques. Hombres, siempre listos a una cosa bonita y tan poco para entregar: ¿qué hace con un despensero? No debería desdeñar de su pericia, pues recuerdo aquel crucero griego y aquel mozo que se las arreglaba con un cinturón para disimular con la pierna... Tan popular ese camarero.

¿Ha pasado mucho tiempo? Mi reloj de pulso es un fracaso tan igual que yo, cuando cobre compraré uno nuevo; no me puedo dar el lujo de trabajar tiempo extra, por más satisfacciones que me alcance. Está feliz, pobre, no sabe la que la espera; su esposo va a matarla; oh, el Viejo Larry, ese tipo es una bestia, yo también lo sería si fuese el hijo negado de uno de los que manejan el gobierno; mañana veré en los periódicos el rostro desfigurado de la chica y me diré que ya no es tan lindo ese rostro, o tal vez lo diga por su vientre partido o por su piel arrugada, extraída del lago... Consolaré mi tedio con una justificación a un amor que sé que no existe, vaya tragedia si existiera...

Compran mucha ropa para una habitación, qué extraño; a pesar de eso, puedo asegurar que no planean fugarse, sería poco probable sin que hayan dicho algo. Sin embargo, ella lo sabe, puede que no sea tan tonta como me la pintan, y se va a la estación con mi cheque, mi prestigio y mis deseos: esto no lo puedo tolerar.


Se acerca a la caseta telefónica y llama al Viejo Larry, le suelta todo de improviso; promete que llegará.

viernes, 30 de enero de 2009

El espectador

-Ya, campeón, hagámoslo; tengo que levantarme temprano mañana.

Su pareja le da un par de manotazos a la parte que ha dejado descubierta el pantalón y se la lame; puesto de pie, se quita el calzoncillo y le saca de un jalón la prenda de su chica. Mientras, revisa de refilón el terreno donde soltará la carga. Calcetines afuera, se tumba y ella se lo para con la izquierda, le pasa la lengua, cuando está lo suficientemente dura, se encaja con ella; luego es silencio. Unos cinco minutos de silencio se caen y se rompen de la cama al momento en que ella le dice que le duele un poco el cuello; es ahí cuando sale como un relámpago de la cama y se coloca detrás suyo, la acerca y, ya dentro, se acomoda. Ahora el silencio no es el mismo, hay un ruido de pieles chocando que lo altera, al cabo de un rato la respiración es un resuello y el golpe de pieles, una batería de jazz repetitiva y sin descanso. Uno muge, o eso es lo que parece, la otra no dice nada, guarda silencio como si éste significara algo.

- ¿Puedo usar tu ducha?

No responde, se acomoda en su lugar y se relaja, mantiene su mente en blanco, despejada. Durante la caída del agua y la tos acuosa del tipo que parece de 40 años, ella duerme... Y una persona extraña la observa con obsesión desde afuera, por la ventana...

Un anónimo menos

Todos somos anónimos hasta que hacemos algo realmente bueno u horrible para que los demás se den cuenta de que pueden insistir con tus hábitos, tus costumbres y hasta con tus deseos para volverte lo que les plazca. Curiosamente, eso le pasó a un hombre como a nosotros, casi de la nada su mujer le pidió el divorcio, lo botaron del trabajo, le cerraron las puertas -cualquier semejanza con un experimento es pura coincidencia-, etc. Recordando el comportamiento de los animales se exaspera y agrede, pero este mundo está hecho para no hacerlo, por tanto eso no lo satisface, y lo repite una vez tras otra, intentando no dañarse, pues, normalmente, lo último es la autodestrucción. Un día la gente se da cuenta de aquel hombre, no se compadece del sentimiento que debería generar su situación, solamente se fijan de que se haya vuelto loco y haya arrojado a su hija por un puente con altura de cincuenta metros.

Impersonal

Olvidarse de referirse a sí mismo.
Ahí alguien clava esos ojos
que son esquirlas de sol reluctante
en su autarquía de celeste cubo.
Toda perfección nuestra no será un redondo
complejo, más lejano de paredes lisas
en conjunción matemática o arqueológica;
ese hueso no será más que un tonto hueso
enterrado bajo la arena
formando un albornoz que de noche se desquita
o desnuda a los pies de una calavera
circular y perfecta:
así es el mundo,
o por lo menos la perfección.

jueves, 29 de enero de 2009

Los monstruos

- Oye, ¿leíste los periódicos? ¿Qué hacemos?
- Nosotros nada, es cosa del ministro...
- Pero van a cortar cabezas, y no la del ministro, pues, seguramente seremos nosotros los degollados...
- Calma, no pasa nada, antes se friega él que nosotros; ni que fuera el primero...
- Está metido hasta las últimas... ¿Has visto que hasta el diario comprado por el gobierno exige su renuncia? Eso viene de la bancada, y es que no lo quieren, hermano...
- A nosotros siempre nos querrán.
- Bueno, sí, no les queda otra a esos maricones, ¿verdad?
- No pues, si eres político, agacha la cabeza y no jodas, carajo... ¡Ja, ja, ja!
- ¡Sí, pues, hablas con los dueños del Perú! Si no nos gustas, te vas mudando...
- ¡Aún te acuerdas de Gonzalo!
- Ja, ja, ja, ja, ja, ja; sí, pobre, aunque no se queja; total, lo mandamos a Suiza...
- Y con recomendaciones, no somos tan monstruos como nos pintamos.
- No, no. Hablaré con el imbécil a ver cómo quedamos.
- Ya, yo me voy con los mineros a ver qué quieres.
- Nos vemos.
- Sí.

Hoy te llamas Francisca

Ella estaba enamorada, eso nadie se lo podía negar; las veces que todos la hubieron visto flotando a su alrededor como una abeja por los escaparates de una pastelería lo afirmaban; ¿y eso desde cuándo? ¡Quién sabe! Uno no cuenta años cuando está realmente en la cárcel del amor... No hubiera podido negar lo difícil de estar al margen de su existencia más inmediata, la chica que solía cambiar cada febrero o diciembre, eso hasta que conoció al amor de su vida, con quien hubiera cumplido tres años sino se hubieran lastimado inútilmente aquella ambivalente noche. Eso fue terrible, y su sonrisa de perlas se quebró para vociferar su terrible condición de no ser amada por alguien que tenía modos disímiles de hacerlo... Después del pequeño escándalo, las miradas compasivas de los vestidos elegantes y los trajes serios de amigos que le consolaban, aunque en el fondo él no estaba mortificado por su ruptura más que por la sensación indescriptible de no sentir roto absolutamente nada de su cuerpo y su esencia siempre grácil... Al cabo de unas horas ella se encontraba en una nube y, al lado, su Zeus se distraía con una petaca con adornos en relieve que parecía estimar con sumo agrado. Cuando el lugar estaba casi vacío, ella permanecía a su lado, rompiendo de algún modo ese silencio que era alejarse y estar cerca de una persona a la que quieres. De pronto él arrojó lo que tenía en su mano y la jaló hasta su habitación; adentro la dejó sobre la cama, ligeramente borracha, para buscar un paquete comprado en la mañana, que era originalmente para su novia; estaba envuelto entre sábanas de papel blanquecino y con una pita con un nudo sencillo. Le alcanzó y le dijo que lo abra; adentro un albornoz azul y delicado se mostraba, por la situación, sin mayor encanto; le ordenó que desvistiera y lo usara. Al volver del baño, que por ser de una casa elegante estaba pulcro, su atuendo interactuaba con la luz mortecina de la lámpara de pared al costado de la puerta, dejando paso libre a los ojos de un amargado hacia un par de pechos morenos con areolas regularmente dilatadas y hacia un cuerpo esbelto y estimable. Se ordenó que descansara la mitad de su cuerpo en una mesa barnizada, donde un florero con margaritas permanecía; furioso arrojó las flores de un movimiento, el agua por el borde opuesto de la mesa aún caía; con la corbata en el hombro y el pantalón abajo, la camisa desabotonada, abusaba de la resistencia de su, hasta hace unas horas, mejor y secreta confidente. No obstante, ella no se quejaba, e incluso estaba feliz de alcanzar una imagen bizarra de su sueño. Él dijo unas palabras que ella en sus cavilaciones no pudo escuchar, entonces él la penetra más fuerte y reacciona: le pide que repita su nombre, ella lo hace, los puños se hunden en la carne blanca cada vez que ella lo repite y él la desaprueba. Finalmente grita que no se llama así, que su nombre es Francisca, su apellido es tal y su vida es la suya, le pertenece y, al parecer, no le importa, por eso la trata como basura, no la besa ni la excita, simplemente obra en un terreno árido... Las lágrimas no pueden empeorar en el instante que se repite entre dolor, desilusión y congoja que por solamente esa noche será Francisca, y, si todo sale bien, lo será por varias noches más.

miércoles, 28 de enero de 2009

Boquita pintada

- Bien, así, más abajo, mírame, mírame aquí, levanta la barbilla, eso, ahora dobla un poco la pierna, ponte sexy, sí, la boca... Me encanta... ¿Un descanso?

La modelo se incorpora y no dice nada, camina con el atuendo de gasa transparente hacia la mesa y abre una botella, está fresca el agua.

- Las fotos están buenas, no hará falta seguir con lo mismo, puedes cambiarte.

La modelo se va, aún sin decir nada, a un biombo que forman cuatro rectángulos y que apenas deja sus tacones a la vista de todos, aunque en ese lugar además de ellos no hay nadie. Presiona para que las fotos pasen por la pantalla del tamaño de una caja de fósforos; es muy guapa, piensa, lástima que deba ser profesional en el trabajo. Un atuendo de seda violeta transparente cae por error al piso que no cubre el biombo y una mano hermosa lo recoge y lo deja a un lado; esa misma mano se adelanta del límite que sugiere la madera y tantea el piso deshabitado, no es buena idea ponerse de rodillas.

- Qué pasa, ¿te falta algo?

Interrumpe el proceso para entender su cigarrillo cuando hace la pregunta, la cerilla es arrojada al suelo, consumida e inerte. Ve la prenda que los dedos blancos buscan perchada en el espaldar de una silla, junto a una carda. Tenida en su mano, se acerca, cada paso decidido y cuidadoso.

- Toma.

Como un rayo le sustrae la prenda. EL silencio es tan total que el ruido de los pasos es lo mismo; y de pronto ella sale con la prenda en la mano, preciosa, ufanándose de que no le merece esa tela.

Un acto de maldad

La madona dormida, y yo que no puedo encontrar a Onetti; hay que desvivirse por ella, no hay otra forma. ¿Qué tan seguida se da una oportunidad así? ¡Nunca! Ni a los padres de cualquier religión, ¡a ellos la imagen y después la nada! Mejor no grito, la despertaré, ¿y por qué yo? No hay que ser inteligente para darse cuenta que no soy una buena persona, a Dios gracias, y que no rezo ni disfruto de servir a mi prójimo cuando se sirve de mí; tal vez es posible pensar en que en el Paraíso tiene una libertad parecida a la nuestra, y que ésta, virgen y todo, anda por ahí como si todo esto fuera su casa. Si duerme, bien por mí, así tendré que saltarme lo más horrible de ser malo: la piedad del otro a punto de ser agredido. Al diablo con Onetti.

Después de unos minutos, el ser divino llora sobre la cama, ultrajado por un ser terrenal y limitado.

martes, 27 de enero de 2009

Sacrificio de intereses

- ¿Esta es la casa?
- Sí, no hay duda, aquí se oye más fuerte.
- Pobre perro.
- Si pudiera, a ellos les daría veneno.
- No creo que haga falta; el ruido no les molesta, es increíble.
- Así son los políticos: sordos para las quejas.
- Me rompe el corazón oírlo más, oírlos a todo cada vez que venimos a esto.
- Descuida, no podremos cambiar la ideología de la gente, pero al menos presionaremos en su presupuesto; de un par de perros más no pasan.
- Eso espero.

Tira con fuerza la bola de carne con el veneno; solamente piensa en que sea verdad que esos compuestos hacen que no sufra...

Soneto a los guarismos

También goza de la astrología
el caminar humilde, desalmado;
que si el fuego mantiene rotando,
haría mejor en parar la orgía:

la gula, el hambre y la codicia,
¿hace cuánto tiempo nos las mandaron?
Hoy cómodas ordenan de lo alto
sin cetro y con mucha más valía.

No se negará que en los gobiernos
se dejó de mandar por todo hombre,
ahora bien se busca en el cohecho...

Apretuja a ricos en el orbe
la gravedad de elefantes yermos,
uno a uno chupa hueco enorme...

Ciruela pomposa

Un sol que no quema se cierne sobre los caminantes, absortos de tanta vegetación en el camino. La brisa fresca provenía de la cima blanca de la montaña, detrás del espacio silvestre por el que vacacionaban. La comitiva avanzaba risueña hacia la casa del duque, con el que debían conversar para poder aplicar un acuerdo mutuo entre sus propiedades. La mujer recordaba que antes había estado ahí, en invierno, y que el clima era tan desastroso que lo mejor fue la recepción de un hombre tan apuesto y dedicado; ay, si era cosa de verla suspirar cuando rememoraba en leves movimientos los bailes con él, capaces de simular o de competir con la elevación de algunas aves con penacho. En el portal, una variedad de árboles verdes y exuberantes ocultaba casi todo el sol de la mitad del camino para entrar a la residencia. Al cabo de un momento, una fruta de una tonalidad intensa descendió en las palmas de la risueña con dulzura, como si arrojar algo ya no fuera una cuestión vulgar, sino más bien un tema de diálogo divino... Acercó su mano y disfrutó del olor intenso de la ciruela, un olor que invitaba a la calma a pesar de ser silvestre. Al momento, el duque apareció y les hizo una filial reverencia, la cual contestaron todos con igual interés. Él no pudo evitar darse cuenta de la fruta que llevaba en su mano, así que preguntó sobre su procedencia. "Es de su jardín..."; "imposible, aquí no prenden las ciruelas".

lunes, 26 de enero de 2009

Soneto al problema de ser un aficionado mercante

Ánimo de musas, falto de calle,
aun con este viento que atosiga
de tanta insistencia por la lira
sobran los ánimos de elevarte

al grado de estrella o almirante,
da igual, a saber que la corrida
siempre pide bajo la pleitesía
de soltar escarcha o tripulantes.

Y si al decir amor me enredo
tornaré el precio del metal lindo
en pago justo para mi provecho.

No seré docto culpable por listo,
pero habrá pan sobre mi lecho,
y aquello es siempre preferido.

Soneto a un futuro sin letras

Y luego de que escuchar con ojos
sea una costumbre perdida
podremos guardar entre la barriga
lo que a muchos pareció estorbo;

de ellos nadie extrañará tampoco
el peso útil para el que pisa,
esto siempre fue cosa merecida
por tener sobre tierra a los doctos,

tan fugitivos ellos en el mundo
que no busca otro oro en barro
que oro de joyería y de laya.

Es culpa del presente lo absurdo
por ser efecto crudo del pasado;
no importa, no da buen uso el habla.

Aprendizaje

La vereda empolvada seguía cuesta arriba, pero nada más podía hacerlo seguir, su cuerpo se había vuelto el mayor obstáculo; cuesta abajo un anciano con el atuendo de la provincia descendía sin reclamo. Según lo que le habían dicho, era una sola casa en esa subida tan forzosa, por lo que pudo suponer que aquel hombre era el que buscaba. Se arrodilló contra él, aunque el otro siguió de largo, sin hacerle caso a quien no podía liberarse de las necesidades más simples, que son las físicas. No obstante, él era consciente de estar al límite del cuerpo y le dijo que esperaba en esa posición hasta que volviera del pueblo que estaba a medio día de camino. El hombre obedeció bajo el sol potente de las regiones asiáticas... Sin darse cuenta permaneció la noche entera en ese lugar, despierto, algo le había hecho pernoctar con los ojos abiertos por toda la noche, y no se dio cuenta de que el viejo había vuelto y que lo esperaba en su casa con un recipiente con sopa. La fuerza que lo tuvo así por horas mutó hacia las fuerzas que lo elevarían hasta un habitáculo de madera muy seca, extrañamente resistente al calor que freía la piel de los extraños. Cuando entró el viejo le alcanzó la sopa, él la bebió de un sorbo y fue feliz, dentro de sí la extraña sensación que tenía se iba desenvolviendo para ser una verdad personal e innegable; y así empezó a entender que su camino sería terrible, pero feliz.